Los momentos decisivos
La forma de reaccionar ante las ofensas y las traiciones separa o une a las familias; cuando se abren al perdón fortalecen su amor.
Es un misterio el corazón
El corazón humano tiene honduras y misterios que guarda, capaz de las cosas más abominables como de las más admirables, capaz de convertir el odio en amor, de perdonar y de maldecir, de abrazar y de traicionar, de crear lazos que ni la muerte separa, capaz de olvidar pronto los favores recibidos.
No exageramos al afirmar que las crisis de violencia son crisis de amor. Cuando falta el amor falta el componente que une y restaura a las personas, a sí mismas, a la sociedad. La violencia agrede, el amor recompone los inevitables conflictos. Quien se ama de verdad merece y busca el amor, al que no le falta amarse.
Las crisis de identidad
Las crisis de amor son dolorosas, especialmente “cuando nos separen a ti de mí, y a mí de ti, de ese yo cuyo mío eras tú” escribe el poeta inglés Robert Graves. Lo doloroso, aparte de la separación, es perder el sustento de la identidad, especialmente cuando está sostenida en el otro, cuando ya no está o cuando ya no quiere estar. No es fácil asimilarlo.
La crisis de identidad nos da la oportunidad de replantearnos, de ir más a fondo para descubrirnos. De ver, aceptar y reconocer lo que hemos ocultado, lo que antes negábamos, de abrazar lo que no nos gusta ni hemos querido indagar quizás por miedo y descubrir maravillas.
Nos indica de qué estamos hechos y desnuda el alma, la desnudez ayuda a bajarle a la presunción y reducir el falso orgullo de ser merecedores.
Dichoso el que abraza su desnudez porque se abraza a sí mismo tal como se ve en ese momento. Lo que alcanzamos a ver de nosotros no reduce ni comprende nuestro ser entero. Ese ser camina al lado, misterioso, portentoso, inefable.
Podemos etiquetarnos, pero esa etiqueta no nos representa. El juicio, la etiqueta que nos ponemos y le colgamos a alguien, lo reduce. La conducta misma en un momento dado no nos comprende pero resulta decisiva.
Somos tan propensos a juzgar por eso sufrimos de más y hacemos sufrir a otros. Todo intento de enjuiciarnos termina reduciéndonos al tamaño de nuestra cabecita. En la medida en que ampliamos nuestro corazón comprendemos más y caben mejor los demás.
Las huellas del tiempo.
Alguien que ha sido maltratado desde niño es probable que tenga una imagen distorsionada de sí mismo. Esa imagen se refuerza con la repetición, y la repetición va formando una creencia personal que cala dentro y condiciona. Solemos actuar de acuerdo a la imagen que creemos y la proyectamos.
No resulta del todo fácil cambiar una imagen acostumbrada ni cambiar una creencia a no ser que el peso de las evidencias, la desnudez, una fuerte crisis, el dolor, nos abran los ojos. Benditas crisis son estas.
La autoestima refleja esa creencia y esa imagen íntima. Cambiarla por decreto sería temerario. Tiene uno que desnudarse de esa vieja creencia y la conducta reflejar nuevos comportamientos que refuercen esa nueva imagen.
La autoestima se refuerza con obras son amores, no solo con creencias. Viéndolo para creer, pero creyéndolo para ser.
Las rupturas esperanzadoras
Volviendo a las rupturas, resultan insoportables cuando mi ser deja de sostenerse en el otro, descubrir el vacío interior duele más que la separación: lo que duele es estar separado de uno mismo: encontrarse con un vacío afectivo crónico.
Ese mismo vacío que intentamos llenar con el otro, que en un momento le resulta demasiado pesado y demasiada responsabilidad para cargarlo.
Esto sale a flote cuando el otro se ausenta, cuando los hijos se van, cuando el familiar deja de estar, cuando no hay amigos cercanos. Entonces no nos queda más remedio que empezar a aceptarnos o de renunciarnos.
Al principio puede doler estar con quien uno no se siente a gusto, peor con quien no se soporta. Es el juicio y la conciencia que martillan clamando urgentemente aceptarnos, o sea abrirnos al perdón, este refuerza el amor y restaura el corazón.
Ese malestar es un buen indicio, puede conducirnos, si no nos resistimos, al camino del amor que empieza en el perdón. Quien se perdona se abraza. Quien se abraza se acepta tal como se ve, quien se deja querer permite que la lluvia del amor refresque su alma y limpie el lodo de su corazón.
Judas y Pedro
Observemos, ambos cometieron el mismo mal: traicionar y negar a quien amaban. Pedro sustentó su amor en sí mismo, incluso sacó la espada para defenderlo cortándole la oreja a Malco que intentaba apresar a Jesús.
Judas pactó en secreto y le vendió con 30 monedas de plata, antes su avaricia era notable porque robaba las monedas del bolso común de ellos.
Judas se arrepintió y devolvió las monedas, pero la imagen que arrastraba de sí mismo y la evidencia de su maldad pesaron más ante la crisis que sufrió, su desesperación lo ahorcó. Su pecado, nos cuentan, no fue la traición sino cerrarse a la misericordia divina.
Pedro le siguió de lejos, Jesús en vez de reprocharle con ardor herido le preguntó 3 veces si lo amaba. Pedro comprendió que así reparaba sus 3 negaciones y soltó en lágrimas, ahí reconoció su pequeñez y empezó a apacentar a sus ovejas.
El arrepentimiento, nunca sabemos, puede marcar la vida infinitamente.