Madres que no sonríen
16 noviembre 2015
"Elisa despierta mojada por el sudor, triste y de mal humor"
Elisa despierta mojada por el sudor, triste y de mal humor.Se sienta, le molesta despertar cada mañana. Observa en silencio el interior de la casucha de cartón, el camastro desvencijado y a los tres chiquillos mugrientos y vestidos con harapos que duermen a su lado; imperturbables.
No hay un hombre que la ayude a protegerlos o a buscar el sustento para tres bocas hambrientas. No hay un eco en la mirada impotente de Elisa cuando ve el anafre que espera el carbón para ser encendido y cocinar algo para sus hijos, pero ¿cocinar qué?
Son las seis de la mañana de un 10 de mayo. El tiradero de basura aún se halla tranquilo. En ese lugar repleto de olores extraños no hay festejos ni regalos para las madres, sólo les espera el trabajo para poder subsistir.
Elisa se incorpora aflojerada y mira su entorno. En la colonia cercana alguien canta Las Mañanitas, luego Amor de madre, y llora, y piensa, y pregunta: ¿qué les voy a dar? Si fuera uno, como quiera saldría del apuro, pero son tres y están chiquitos, ellos no saben nada, sólo piden comida, como pajaritos.
Se coloca los huaraches y sale a recorrer ese mundo pestilente que no le gusta, y siente odio renovado por el hombre que se fue "a buscar una mejor vida" y prometió regresar por ella y los retoños... mentira, una vil mentira repetida cientos de veces para escapar de la carga, de la sangre que lo juzga cada día entre el hambre y la miseria.
No despertó a los niños, ¿para qué hacerlo?, sabía que al abrir los ojos pedirían comida.
Salió sigilosa para ver si ya había llegado el primer camión a descargar. Quiere ser de las primeras y agarrar algo de comida que esté en buen estado, si no, va a ser otro día de comer sólo tortillas remojadas en agua con sal, porque eso si hay en la basura, muchas tortillas.
Se encaminó hacia el lugar donde descargan los camiones
"El día que tú naciste nacieron todas las flores, y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores". Se le mojó la cara y se la restregó, no era un buen momento para acordarse de su madre, pero fue inevitable: "Te vas a morir de hambre si te largas con ese borracho inservible, y óyelo bien, cuando te aviente a la calle llena de chamacos hambrientos, no quiero que vuelvas a esta casa porque ya no es la tuya ¡arréglatelas como puedas!"
Su madre cumplió la sentencia y se murió tan rápido, que no la abrazó nunca más.
El camión llegó. Había pocos pepenadores a esa hora. Sus pies se hundieron entre la porquería. Buscó, batió y rebatió con desesperación la inmundicia. Miró codiciosa varias papas semi podridas, los jitomates y cebollas en una mezcolanza asquerosa con chiles y repollos. Un largo respiro, como si con eso descansara su alma, brotó cuando se topó con una caja de galletas aguadas y un paquete de avena caducada.
Después de hurgar un poco más y encontrar un par de zapatos viejos y una muñeca sucia y rota, regresó al cuartucho con su valiosa carga. Contempló a los pequeños. Aún dormían, tal vez soñaban con un pastel de chocolate y un enorme vaso de leche, tal vez con un papá que no se "emborrachara" y una mamá que sonriera.
MELLY PERAZA
Escritora maza-tleca que inició su carrera literaria rebelándose a su destino de ama de casa.
Promotora de círculos de lectura del Isic y autora de las novelas "La rama seca", "Cazador de sombras" y "Se le hizo tarde al tiempo".