Mónica, Julieta y Eugenia
En México despertamos este 2026 sin la presencia de tres mujeres que iluminaron nuestro rumbo. Amanecimos sin ellas, mas la estela que dejan en nuestra historia social —en la literatura, en la escritura y en la ciencia— las vidas de Eugenia Revueltas, Mónica Maristain y Julieta Fierro dan claridad, belleza y entendimiento por lo brillante de su inteligencia.
No importa lo íntimo o lo lejano que pueda parecer, un buen día despiertas y ves la trágica noticia en un post. Te queda la duda y otro post te confirma su muerte. Así apareció la mañana del 16 de diciembre la foto de Mónica Maristain; incredulidad total. Periodista, escritora y editora; un verdadero referente literario. Quienes transitamos en la escritura quisimos ganarle algunas líneas. No todos lo conseguimos; sus estándares eran altos y su crítica aguda. En particular le agradezco su conocimiento sobre la vida y obra de Roberto Bolaño. Fue por ella —con El hijo de míster playa— que me adentré ávida a su mundo. Cada texto que leo de Bolaño va acompañado de la mirada, literal, de Mónica. También fue la última persona que entrevistó al colega Javier Valdez, antes de su asesinato. La vi dos veces: en un evento de Las rastreadoras y la otra en la mesa de un restaurante donde, paciente, recibió mis libros. Me quedo con su mirada y con su última incursión pública en la presentación de su libro, como premonición, Leeré hasta mi muerte.
El 19 de septiembre me encontraba en un acto público en el que pedimos un minuto de silencio por la muerte de “la divulgadora del Universo”, eso era la física, la astrónoma y científica mexicana, Julieta Fierro. El nombre más conocido entre los divulgadores científicos de México es sin duda el de ella. La conocí en el museo de San Ildefonso cuando la algarabía de los presentes me hizo acercarme a la sala central. La doctora Fierro, como en un acto de magia, jalaba el mantel de una mesa sin que se tambaleara ninguno de los objetos que había sobre ésta. La más intrépida y sonriente académica que he conocido. No había evento que anunciara su presencia y que no abarrotara. Niños y jóvenes, personas de cualquier edad querían escucharla; tenía una forma única de conectar con el público de todos los niveles de conocimiento. Entre sus libros, hay uno que se anunció como “prohibido”, El libro de las cochinadas, pues por su contenido y definiciones quizá nadie más se hubiera atrevido a publicarlo; ella y su colega Juan Tonda se atrevieron. Entre sus aficiones estaba el ballet. Me gustaba verla en las clases con su leotardo y mallones rosas; disfrutaba tanto, como creo que lo hizo en todos los ámbitos de su vida.
Una leyenda viviente. Una mujer rodeada de personajes emblemáticos que enorgullecen la historia musical, artística y académica de nuestro país, de una sencillez y generosidad inigualable, y de un humor tan inteligente y cálido que cuando estabas con ella no querías sino seguirla escuchando. Así recuerdo la vida de la doctora Eugenia Revueltas; profesora en letras hispánicas, ensayista y académica que recorrió incansable, hasta sus últimos días, los pasillos de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Especialista en Juan Ruiz de Alarcón, era su total admiradora, de él aprendió que un caballero es quien se comporta no el que hereda... La última vez que la vi fue en un homenaje por sus 55 años de cátedra, a sus 90 años de vida. Tuve la fortuna de que presentara mi primer libro, Raíces perdidas, en el museo León Trotsky, y de que escribiera unas líneas en la contraportada: “Una intuitiva voz narradora que devela la sinuosa y compleja interioridad femenina”. El 27 de octubre pasó a otra esfera, Eugenia Revueltas.
Tres queridas mujeres que amamos, que nos enorgullecen y que nos dejan un vasto legado para seguir descubriendo su infinito universo. En paz descansen Mónica, Julieta y Eugenia, sus vidas quedan en nosotros.
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