Orquestando

09 noviembre 2015

"'El valor real de las melodías negras'"

Guianeya Román

La segregación racial estaba profundamente arraigada en Estados Unidos, en las primeras décadas del Siglo 20 las diferencias entre las oportunidades de vida de unos y otros eran profundamente marcadas.
Sin embargo al calor de la esperanza y pensando con mucho optimismo, Antonin Dvořák, que en 1892 estuvo como profesor en el conservatorio nacional en Nueva York, daba por hecho que la música americana sería aportada por afroamericanos, en aquel tiempo aún minoría racial.
Cuando escribió su Sinfonía del Nuevo Mundo se basó en algunos himnos de los espirituales de los negros; tras estudiar y conocer esta música escribió su ensayo Real Value of Negro Melodies, (El valor real de las melodías negras) que apareció en el New York Herald el 21 de mayo de 1893.
No se equivocó, pero se adelantó mucho a su tiempo, pasarían décadas antes de que su profecía se hiciera realidad. En cualquier país la educación para una carrera sinfónica implica un gasto muy fuerte; las personas de color de clase media sufragaban sus estudios con el esfuerzo paterno y el apoyo de la iglesia local.
Hubo concertistas como Will Marion Cook que estudió en Berlín con Joseph Joachim, quien lo reconoció como un virtuoso; sin embargo, cuando volvió a su patria fuera de las puertas de bares y cantinas marginales no encontró ninguna oportunidad. Escribió una ópera basada en La Cabaña del tío Tom de Harriet Beecher, pero nunca pudo estrenarla.
Se han recogido los nombres de muchos talentosos artistas de color que se dedicaron a la interpretación de música sinfónica, de dirección orquestal, y la composición; la mayoría de ellos fueron alumnos de maestros europeos, pero ninguno logró nada más allá de presentar un musical en Brodway restringido a la gente su gheto. Terminaban formando orquestas con las que interpretaban, muy a su pesar, jazz.
En el país del norte los llamados barrios marginales de entre guerras agrupaban además de negros, a los judíos conversos o no, emigrados de los países europeos, quienes traían con ellos toda la tradición, cultura y educación musical.
En el viejo continente el jazz causaba furor, los intelectuales de la época lo acogieron como la nueva música y figuras tan destacadas como Stravinsky se convirtieron en fervientes admiradores. Y aunque nadie puede negar la negritud en el origen del jazz y blues, los norteamericanos blancos sí le negaron la carta de residencia y reconocimiento como música culta.
No fue este el único desprecio que sufrió el jazz, los afroamericanos que se formaron en algún conservatorio consideraban como un insulto que se les encasillara en el género popular y se negaban a interpretarlo o incorporarlo a su lenguaje musical.
Gershwin, un judío americano que creció en estos barrios bajos del este de Manhattan, fue quien escribió y popularizó la primera ópera negra, la que hasta la fecha es un título clásico tan famoso como Carmen de Bizet; pero menos interpretado, ya que en la partitura lleva como condición solamente ser actuado por cantantes de color.
Porgy and Bess es un drama triste y patético como la mayoría de las óperas, en este caso aun cuando los protagonistas no mueren, la separación es desgarradora. Además, la historia recoge momentos deprimentes y estereotipados como la vida en el sitio marginal de Charleston, Carolina del Sur, en donde los protagonistas se ven sumergidos en la pobreza, las adicciones al juego, al alcohol y las drogas.
Bees, la protagonista es una prostituta alcohólica y drogadicta; Porgy, el héroe de la historia, es un minusválido que se transporta en una plataforma de madera con ruedas y vive de limosnas.
El argumento le puede parecer desconocido, pero las arias y la música de esta ópera están tan dentro de nosotros que se sorprenderá de cuántas de ellas conoce, por ejemplo Summer time, y I got plenty o' nuttin. Muchas de ellas forman parte del repertorio de intérpretes como Frank Sinatra, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald...
Porgy combina lo mejor de la música popular americana de los 30 con la rigurosa escuela sinfónica. Tiene como base el jazz, e incluso en su instrumentación lleva un banjo; está escrita para orquesta completa y no hay un solo detalle en las arias de los numerosos solistas y del coro que no esté rigurosamente articulado; el libreto está escrito en una imitación del gullah especie de argot afroamericano.
Gershwin aprovecha hasta en el menor detalle la riqueza sonora de las voces; exige un coro profesional bien preparado; toda la obra se desarrolla en la calle del barrio, y los coralistas siempre están en escena; entre ellos hay 12 voces solistas con participaciones menores, pero claves para el desarrollo de la pieza.
En 1934 invitaron a Gershwin a escribir una ópera jazz para estrenarse en el Metropolitan de Nueva York; pero Gershwin sabía que el Met jamás permitiría una obra estelarizada por negros. Sin dejar de lado la propuesta se interesó en la novela Porgy de DuBose Heyward; escribió durante 18 meses; Porgy and Bess se estrenó en Broadway en 1935 logrando 124 representaciones. Desde entonces ha sido un éxito. La ópera de Seattle presenta este título en este verano hasta el 20 de agosto; con Lisa Daltirus y Gordon Hawkins en los papeles principales. La dirección concertadora es de John DeMain.

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