Orquestando

15 noviembre 2015

"Orquestando"

Guianeya Román

Con la querida Minerva comparto el vicio de los libros, ella compra por metros, y yo por kilos.
Clientas de la calle Donceles en la Ciudad de México, también conocida como telégrafos, las librerías de viejo ocupan varias cuadras desde la esquina de Donceles con Alameda, hasta llegar al Zócalo.
Hay volúmenes de todos los temas y precios, incluyendo aquellos antiguos, valiosos, encuadernados en piel o primeras ediciones, o los autografiados por su autor; además ofrecen descuentos especiales a estudiantes, maestros, personas de la tercera edad y a quienes vivimos en el interior del país mostrando la credencial de elector.
Ahí encontré "Higinio Ruvalcaba, violinista, (una aproximación)" compilado por Eusebio Ruvalcaba, editado por Conaculta, de la colección Memorias mexicanas, impreso en 2003.
Debe de ser difícil escribir la honesta biografía de su propio padre, lo que hizo el autor fue una semblanza escueta de su vida, que complementa con las cartas de amor entre sus padres a lo largo de 10 años de romance clandestino, ya que en un principio Higinio aún estaba casado con su segunda esposa.
El resto del libro es una colección de programas de mano, reseñas de prensa de los conciertos ofrecidos por el violinista, y su tercera esposa, la pianista Carmela Castillo Betancourt.
Higinio Ruvalcaba (1905-1976) es una leyenda entre los músicos sinfónicos mexicanos; su historia va pasando de boca en boca.
En una época en la que la educación musical en México era casi imposible, él logró hacerse un nombre y ganarse el respeto de sus colegas, de 1928 a 1936 fue concertino de la Sinfónica Nacional entonces llamada Sinfónica de México bajo la dirección de Carlos Chávez.
Un honor impresionante para alguien que nunca recibió educación formal, aprendió a la buena de Dios, por su puritita voluntad; a los cinco años construyó su propio violín rudimentario, su padrino Félix Paredo, mariachi de profesión lo adoptó como alumno.
Para que se den una idea de la precariedad de su formación autodidacta, tocaba al revés.
Después conoció al violinista Mario Mateo que le exigiría que tomara el violín de la manera correcta. Por muchos años Higinio se dedicó a las mujeres, y la parranda, hasta que conoció a la que sería su tercera esposa, Carmen Castillo Betancourt, quien logró convertirlo en mejor persona y artista.
Él no era ningún desconocido, pese a tener un violín barato que en nada ayudaba a su sonido, logró el primer puesto del prestigiado cuarteto Lenner, con quienes trabajó por 25 años. Además de hacer música de cámara, de presentarse como solista con las escasas orquestas sinfónicas de aquellos años, junto con su esposa Carmen difundieron extensamente el repertorio para duetos de violín y piano de distintos autores, juntos no sólo deslumbraron en Bellas Artes, sino que llevaron su talento a diferentes rincones de la República.
El violinista no fue el consentido de las autoridades culturales del país. En un documental sobre el intérprete que se encuentra en Youtube, cuentan que cayó de la gracia de Carlos Chávez porque en uno de los ensayos previos al estreno de La Consagración de la Primavera de Stravinsky, el violinista pudo dirigir de memoria y con mayor claridad que el titular.
Vivió de la música de concierto lejos del aparato cultural, además del cuarteto Lerner y el dueto que formó con su esposa, grabó parte de las bandas sonoras de la época de oro del cine nacional y colaboró en las estaciones de radio.
Grande debió de ser el genio de este intérprete que antes de los 20 años de edad había escrito 22 cuartetos, según los críticos de muy buena manufactura, algunos de ellos se encuentran en youtube.
El éxito de Juan Enrique Guzmán en Inglaterra es motivo de alegría, y de un placer morboso, en la pasada emisión del Concurso de Canto Sinaloa no llegó a la final porque un jurado argumentó que pese a su buena técnica, calidad interpretativa, afinación y línea melódica, su timbre era desagradable y nunca iba a encontrar trabajo... le voy a enviar una copia de Expresión del 28 de julio.
Por otra parte, el triunfo de Juan Enrique es un botón más que prueba la eficiencia del maestro Carlos Serrano en el Taller de Ópera de Sinaloa; ojalá que la próxima temporada se reanuden los conciertos semanales que son claves en la formación de los nuevos cantantes. No habrá mejor legado de la administración de María Luisa Miranda que dejar un Taller de Ópera que trascienda las fronteras nacionales, y no hay mejor conducto para lograrlo que el maestro Serrano, con su equipo integrado por el maestro David Ramírez y Marcela Beltrán.

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