Plasman el paisaje como memoria y territorio en ‘Del cielo al muro’

Nelly Sánchez
31 agosto 2026

La exposición inaugurada en el Museo de Arte de Sinaloa reúne 31 obras del acervo Isic-Masin y propone distintas formas de mirar, recordar e imaginar los territorios

El paisaje puede ser un territorio conocido, un recuerdo de infancia, una ciudad caótica, un espacio de nostalgia o incluso un lugar imaginado y todas esas posibilidades las plantea la exposición Del cielo al muro, que se exhibe en el Museo de Arte de Sinaloa.

Ahí, el paisaje se convierte en un punto de encuentro entre distintas épocas, técnicas y miradas.

En un recorrido por la exhibición, Inna Teresa Álvarez, jefa del Masin, detalló que la muestra explora cómo la pintura y la fotografía registran no solo la evolución geográfica del entorno, sino lo que puede significar el campo, el mar, montañas, ríos, bosques, la ciudad, desde lo figurativo y tradicional hasta lo abstracto, para quienes observan.

La exposición reúne obras de diferentes autores, todas del acervo del Masin - Isic, y propone al visitante diversas maneras de representar el campo, el mar, la ciudad y otros territorios, desde una mirada figurativa hasta propuestas de carácter abstracto.

En una primera sección aparecen paisajes de Sinaloa: vegetación, relieves, con obras de Jaime Gómez del Payán, como El puente negro, de Culiacán; Choix, Sin, y El aguaje, todas óleo sobre tela.

También se exhibe Estero de Maviri, Bahía de San Ignacio, Concordia y Caserío, todas acuarelas sobre papel de Edgardo Coghlan, y el acrílico Serranía en aserradero de El Batel, Sin. México, de Armando Nava.

“Son espacios, como te comento de aquí de Sinaloa”, explicó Álvarez Otáñez.

En la segunda parte del recorrido, la mirada se desplaza hacia los espacios urbanos, en obras como Miami, de Jorge Ezquerro, y Vista del balcón, Río Naza, de Phil Kelly, donde el paisaje adquiere otras dimensiones.

“Aquí vemos que es muy diferente la manera en que se trabaja el paisaje. Nos remite a pensar muchas cosas, sobre todo tal parecer aquí ahí hay como una especie de caos por la manera en que Phil Kelly manejó la línea, aparte los tonos que utilizó, es un poco como el caos que vivimos en las grandes urbes”.

En esta sala se exhiben Tierra verde, de Guillermo Pacheco; Corazón azul bajo mar lunar, de Guillermo Pons, Montains beyond mountains, de Jessica Sánchez; Playas de Julio M. Romero; La despedida, de Manuel de Cisneros; Riachuelo, de Carlos Ríos; Paisaje de Dolores Soto; Quetzalapa Chignahuapan, de Francisco Hurtado, y Viejos adobes, de Enrique Aguayo.

“La obra de Guillermo Pacheco puede ser un paisaje o de Oaxaca o de Sinaloa, tendríamos que preguntárselo a él, pero la verdad es muy interesante la manera en que maneja el paisaje, las texturas, el tipo de tonos que utiliza”.

La exposición, explicó la jefa del Masin, refleja cómo los pintores perciben el paisaje del campo, del mar, de la ciudad, igual hay trabajos más clásicos, o más fáciles de ver como el campo, los espacios abiertos.

“Nos ofrecen la vista de dos volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, acá es una hacienda, igual en un espacio que sabemos que es del campo, o allá hay unas ruinas... Los artistas cuando hacen los trabajos van a los espacios a pintar y obviamente con el paso del tiempo el paisaje evoluciona, cambia por diferentes circunstancias”.

Inna Teresa Álvarez destacó en esta exposición el Paisaje de Dolores Soto.

“Es muy importante porque Dolores Soto fue de las primeras mujeres que entraron a la antigua Academia de San Carlos a estudiar pintura y tenemos este cuadro que pienso que es el más antiguo, no hay una fecha como tal, pero es el más antiguo, puede ser de finales del Siglo 19”.

Soto, agregó Álvarez, fue de las primeras mujeres a las que se les permitió entrar a estudiar pintura en una época en la que no estaba bien visto o no era permitido. Ella fue discípula de José María Velasco.

En la obra La despedida, de gran formato, se observa un lugar completamente solo, nada más hay un una casita, un alumbrado y una persona. Todo está desolado, se ve la la tierra, el horizonte y el cielo con nubes negras amenazantes que añaden al trabajo ese toque de como que de desolación.

Un trabajo del cubano Carlos Ríos, por ejemplo, presenta una vegetación que lleva la mirada hacia un espacio casi selvático;

La fotografía también encuentra un lugar en este recorrido. Una de las piezas premiadas en Bienal juega con la línea del horizonte y la espuma del mar, trasladando visualmente ese trazo hacia la madera y prolongándolo dentro de la composición. El paisaje deja así de ser solamente aquello que está frente a la cámara para convertirse en un ejercicio de construcción visual.

Hacia el final, la exposición se interna en territorios menos reconocibles: en las obras abstractas, la playa, el jardín, las montañas o el campo ya no aparecen necesariamente como lugares identificables y es el espectador quien tiene que reconstruirlos desde las formas, los colores, las texturas y las líneas.

En Amarillo amargo, de Vicente Espinosa, la pregunta que surge es ¿dónde está la playa? La respuesta no está dada, sino que queda abierta a la interpretación de quien observa. Algo similar ocurre con Cosas en el jardín, de Enrique Echeverría, donde la idea de jardín es trasladada a un lenguaje abstracto.

La exposición incluye también Hacia Córdoba, de Gina Dau, inspirado en el paisaje que puede observarse en el camino hacia Córdoba, España, y obras como el Paisaje de Michoacán de Roger von Gunten y Recordando a España, de Alberto Gironella.

El recorrido sigue con Paisaje número 1, de José Zúñiga, donde la abstracción lleva al espectador a imaginar montañas, cielo, tierra y otros elementos sin que exista una única respuesta posible.

“Este otro es de Enrique Echeverría, se llama Cosas en el jardín, y es un jardín, pero vemos diferentes formas, colores, que a lo mejor no relacionamos con un jardín porque es una obra abstracta y el artista concibe el jardín de esa manera”.

La obra de Jesús Martínez es un grabado, vemos la ciudad, pero también un pueblo y las montañas. Es muy interesante este trabajo de Jesús Martínez, que fue discípulo de Francisco Moreno Capdevila.

El acervo del Masin, explicó Álvarez Otáñez, reúne aproximadamente 900 piezas, aunque el número continúa modificándose con nuevas incorporaciones y tiene como núcleo el arte moderno mexicano y la llamada Generación de la Ruptura, además de incluir arte contemporáneo, pintura, dibujo, fotografía y escultura

A partir de ese acervo, el museo ha desarrollado en los últimos años exposiciones de carácter temático. Antes del paisaje, han abordado obras relacionadas con los animales y el cuerpo, en una estrategia que permite generar nuevas lecturas de las obras y acercarlas al público desde diferentes perspectivas.

“Lo interesante de este tipo de trabajos, es que la gente venga y les de, por ejemplo, ganas de ir a España a ver esos lugares o ir a Choix, a conocer ese paisaje tan lindo. A eso nos invita a la exposición, a conocer los lugares, a verlos, a darle significado o a ponerlos a reflexionar sobre qué nos quiere decir”.

Del cielo al muro permanecerá en exhibición durante los próximos meses. Más que ofrecer una definición del paisaje, la muestra plantea una invitación: detenerse frente a una imagen, reconocer en ella un lugar conocido o imaginado y preguntarse qué historia, recuerdo o emoción puede esconder un territorio.

Horarios

El Masin abre de martes a viernes, de 10:00 a 17:00 horas, y sábados y domingos, de 10:00 a 16:00 horas.