Vértigo

Ernesto Diezmartínez Guzmán
08 noviembre 2015

""Ámame o muérete" (+): churrito"

Ha sido un largo y sinuoso camino hacia abajo. Me refiero a la carrera fílmica del australiano americanizado Robert Luketic, quien debutara hace 10 años con la ingeniosa comedia postfeminista Legalmente rubia (2001).
Por desgracia para él -y para la salud de la comedia hollywoodense del nuevo siglo- cada nueva cinta de Mr. Luketic ha resultado ser peor que la anterior. Si Una cita con tu ídolo (2004) es blanda, Si te casas te mato (2005) es una ofensa al buen humor y La cruda verdad (2009) linda con la tortura cinefílica.
A decir verdad, su más reciente largometraje, Ámame o muérete (Killers, EU, 2010) sí es un poco más lograda que las cintas anteriores aunque, partiendo del nivel de las películas ya mencionadas, esa hipotética mejoría es muy relativa.
La trama, escrita por Bob DeRosa, parte de una premisa que empieza a estar demasiado manoseada. Enamorado a primera vista de la neurótica Jen (Katherine Heigl), el espía asesino Spencer (Ashton Kutcher) abandona su letal forma de vida para sentar cabeza e irse a vivir a los suburbios.
Sin embargo, tres años después, algo insólito sucede: un compañero de trabajo trata de matarlo a cuchillazo limpio. Luego, otra compañera lo agarra a patadas voladoras. Después, el mensajero lo quiere dejar como coladera. El asunto es que alguien le ha puesto precio a su cabeza: 20 millones de billetes verdes, para ser exactos. Y, por supuesto, más de un vecino quiere ganarse esa lanita extra.
La trama inicia de forma prometedora y Heigl está muy bien como la histérica esposa que descubre que su perfecto marido es un asesino de la CIA, pero la narrativa visual de Luketic no puede ser más plana, más convencional.
Así pues, lo que se supone que debería funcionar como una parodia de una cinta de acción y espionaje -una especie de Mentiras verdaderas (Cameron, 1994) del nuevo siglo- resulta poco más que una sosa comedia de muertos y balazos, con un muy competente reparto criminalmente desperdiciado.
Heigl logra rescatar algunas carcajadas en la medida que su asombro va creciendo al descubrir la chambita secreta de su marido y Tom Selleck se impone en su papel de papá misterioso y sobreprotector, pero Catherine O'Hara no recibe una sola oportunidad de hacer reír como ella sabe hacerlo. A lo mejor por eso se lleva alcoholizada toda la película: lo hace para olvidar.
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