Vértigo
07 noviembre 2015
"'Enemigos públicos' / (***): tres asteriscos"
Hay mucho qué admirar en Enemigos públicos (Public enemies, EU, 2009), el más reciente largometraje del especialista en policías y ladrones Michael Mann (productor de la teleserie Miami vice/1984-1990, director de Fuego contra fuego/1995, Colateral/2004 y la muy menor adaptación fílmica de Miami Vice/2006).Lo admirable es la impecable ambientación de época con todo y banda sonora ad-hoc, el montaje visual y sonoro de las muchas escenas de acción que presume la cinta, y el trabajo de algunos de sus actores. Sin embargo, también me topé con varios elementos que nunca me terminaron de convencer. El resultado, desde mi perspectiva, es el de una película indudablemente valiosa, pero que se quedó a un buen trecho de tocar la auténtica grandeza.
La cinta es la trepidante crónica de los 14 meses, de mayo de 1933 a julio de 1934, en los que el célebre asaltabancos John Dillinger (Johnny Depp) puso en jaque y en ridículo al gobierno de Estados Unidos y a al recién creado FBI, pues no sólo robó todo banco que quiso y cuando quiso sino que, cuando llegó a ser capturado, se escapó de la cárcel -dice la leyenda, no corroborada aquí, que con una pistola de madera-, llevándose, además, el auto de la alcaidesa. Más aún: Dillinger, aficionado al beisbol, a las mujeres, al whiskey y al cine (hombre, ¿qué hay de malo en todo esto?), se convirtió en una auténtica celebridad que sonreía a la primera provocación, daba declaraciones cínicas, posaba despreocupado en las fotos y -por lo menos eso también dice la leyenda- no le robaba el dinero que llevaban en las manos los cuenta-habientes, sino solamente lo que se encontraba en las bóvedas de los bancos.
Y algo más: se sabe que Dillinger odiaba el uso exagerado de la violencia y no le gustaba matar "civiles", a diferencia del psicopático Baby Face Nelson (Stephen Graham) que asesinaba por gusto. Si a este cuadro le agregamos que Dillinger hizo todas sus gracias en plena Depresión, cuando los bancos no eran exactamente bien vistos (¿y cuándo lo son, por cierto?), entonces podemos entender la fuerza mítica de su nombre y sus acciones. No extraña, por lo tanto, que Dillinger haya merecido, antes de Enemigos públicos, por lo menos dos filmes en los que él es el personaje protagónico los dos reseñados aquí hace una semana-, además de aparecer en casi una veintena de películas desde que lo encarnó Lawrence Tierney en 1945.
Al llevar a la pantalla grande, en casi dos horas y media, esta emblemática historia de ladrones carismáticos, huídas imposibles, robos audaces y rudos agentes de la ley, Mann creó varias secuencias extraordinarias y, por lo menos, una imagen que es no sólo de lo mejor que veremos en el año sino de los mejor que ha hecho el cineasta en toda su carrera: el éxtasis de balas que dispara y que recibe, al morir, un orgiástico Baby Face Nelson. Pero, escribí antes, Mann tomó algunas decisiones desconcertantes que, en mi opinión, terminan por minar este, de todas maneras, espléndido filme.
El más importante es el casting de Johnny Depp y, por añadidura, la definición del John Dillinger imaginado por Mann y sus coguionistas.
Para acabar pronto, Depp nos entrega un gángster demasiado cool para ser cierto: en ningún momento creí que estaba viendo la historia de John Dillinger sino, por el contrario, que estaba atestiguando la gozosa actuación de Johnny Depp como Dillinger. Nunca pude comprar la idea que Depp era capaz ya no digo de robar un banco, sino de quitarle un dulce a un niño.
Es cierto, Depp se ve muy bien empuñando su tommy-gun, dando órdenes terminantes al asaltar, golpeando a uno que otro de vez en cuando, pero su presencia no transmite ningún tipo de amenaza. Compare usted el Dillinger de Mann/Depp con el mejor que me ha tocado ver, el interpretado por Warren Oates en el subvalorado filme de John Milius de 1973, y entenderá las diferencias: el Dillinger de Oates también tiene carisma, es adicto a la fama, disfruta su chamba de asaltar bancos, pero en ningún momento nos hace olvidar que puede empuñar un arma. El tipo puede ser atractivo, sí, pero también peligroso.
La actuación de Christian Bale como el Némesis de Dillinger, el obsesivo -y dueño de su propia leyenda- agente federal Melvin Purvis ha sido muy criticada en casi todas partes.
No acostumbro ser un contreras, pero creo que Bale sale mejor librado que Depp al encarnar al famoso G-Man Purvis que hizo caer no sólo a Dillinger sino al ya mencionado Baby Face Nelson y a Pretty Boy Floyd (Channing Tatum).
Es cierto, Bale está inexpresivo, concentrado, se diría que casi aburrido, pero no podía ser de otra manera: es el seco rostro de la Ley, el brazo implacable y profesonal del todopoderoso Edgar J. Hoover (Billy Crudup). Sin embargo, cuando él mismo no puede con el paquete, pedirá los debidos refuerzos, entre ellos al experimentado ranger Charles Winstead (Stephen Lang, memorable) que, poco a poco, impondrá su inteligencia y jerarquía, a tal grado de ser él -y no Purvis- quien recibe el recado postrero que Dillinger le envía a su amada india-francesita (Marion Cotillard). Dicho de otra manera, es muy claro de qué lado está Mann: de su carismático Dillinger, de su estrella Depp.
El otro asunto que me ha hecho dudar es el vídeo en alta definición en el que está realizado el filme. El cinecrítico David Edelstein, del New York Magazine, ha escrito que a través de la cámara de Dante Spinotti, Mann nos entrega una cinta que tiene un look "fascinantemente raro". En efecto: en lo personal, todavía no sé si la imagen general de la película terminó por gustarme.
Hay momentos en donde la inmediatez estilística del vídeo se justifica con creces (los asaltos bancarios, las muchas huidas, la nocturna balacera climática), pero hay otros en donde, la verdad, no tiene sentido: por ejemplo, ¿para qué hacer un brusquísimo paneo en interiores, cuando lo único que provoca es que no veamos nada, a no ser manchas e imágenes barridas?
En todo caso, más allá de mis dudas y mis peros, Mann demuestra nuevamente ser uno de los más grandes autores contemporáneos del cine estadounidense. Qué tan grande, qué tan importante, que lugar ocupa frente -o al lado- de otros, puede ser discutido. Pero nadie puede poner en duda que el hombre sabe hacer cine. Y lo hace bien.
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