Vértigo
09 noviembre 2015
""127 horas" /(***): tres asteriscos"
127 Horas (127 Hours, EU-GB, 2009) estuvo nominada a seis Óscar, incluyendo el de Mejor Película, pero la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood metió, para variar, la pata. Los académicos obviaron la nominación más merecida de todas: la de su director, Danny Boyle.Es cierto. Sin duda, el filme no hubiera funcionado sin la presencia de un carismático James Franco, quien aparece en el 95 por ciento de los encuadres del filme. Y no hay que minimizar, tampoco, la importancia del frenético montaje de Jon Harris y de la energética banda sonora de A. R. Rahman. Sin embargo, quien hace posible que todo encaje y sin fisuras es, insisto, el director Danny Boyle.
Basado en una aventura vivida y sufrida por el aficionado al montañismo Aron Ralston durante 5 interminables días de abril de 2003 en el cañón Blue John, al este de Utah, Boyle nos entrega una incansable e imaginativa crónica de sobrevivencia humana que es, al mismo tiempo, una crónica de sobrevivencia fílmica.
Y es que, ¿cómo puede salir avante una película cuando el personaje central está imposibilitado de moverse durante una hora entera? Fácil, dice Boyle: que las cámaras de Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak no descansen buscando ángulos insólitos, mientras el sufrimiento del protagonista (¡y el nuestro!) es aliviado/exacerbado por los innumerables flash-backs y/o alucinaciones que pueblan el filme.
Llegado el momento, Boyle no se tienta el corazón para mostrar los extremos a los que tuvo que llegar Ralston para salvar su vida y, sin embargo, uno entiende que esas imágenes eran necesarias. Vaya: con todo y lo que tenemos que ver o no ver, porque no sería raro que usted cerrara los ojos en algún momento-, 127 Horas no se siente como una vulgar explotación del sufrimiento humano.
De hecho, cuando Ralston termina su odisea estática valga el oxímoron-, sus gritos, sus saltos, sus risas, atestiguadas por nadie en la inmensidad del cañón Blue John, terminan siendo la perfecta justificación moral y existencial de la película.
La vida hay que vivirla, aunque uno esté atrapado en un hoyo y aplastado por una piedra. O, mejor dicho, la vida vale la pena vivirla precisamente por eso: por esa piedra que ha estado ahí, desde siempre, esperando interponerse en nuestro camino. Por eso, al final, hay que tomarle una foto a la desgraciada.
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