VÉRTIGO: 'Coco'
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Antes de que inicie Coco (Ídem, EU, 2017), décimo-noveno largometraje de casa Pixar, la infaltable música con la que se presenta toda cinta animada de la casa Disney es tocada con mariachi.
No nos recuperamos de la sorpresa y los directores, el veterano Lee Unkrich (codirector de Toy Story 2/1999, Buscando a Nemo/2003, Toy Story 3/2010 y otras más) y el debutante Adrián Molina nos recetan un inventivo prólogo narrado con banderines de papel picado.
En estos espléndidos minutos iniciales, hasta el espectador más escéptico habrá bajado la guardia. Yo qué le digo: es inútil resistirse a Pixar.
Estamos en Santa Cecilia, en un pequeño pueblo muy mexicano. Ahí, el inquieto niño Miguel (voz de Luis Ángel Gómez Jaramillo en español) sueña con ser un cantante como el legendario y ya fallecido Ernesto de la Cruz (voz de Marco Antonio Solís en español), pero su familia le ha prohibido acercarse a una guitarra: todos recuerdan que el odiado tatarabuelo abandonó mujer e hija para ser músico.
Por supuesto, Miguel no se da por vencido y en pleno 2 de noviembre entra en la capilla de su ídolo para robarle su guitarra, lo que provoca que el chamaco entre a la tierra de los muertos, en donde está toda su familia fallecida y, claro, su admirado cantante. Ahí, se encontrará con el pícaro esqueleto Héctor (voz en español y en inglés de Gael García), quien le ayudará en su búsqueda.
Coco tiene la estructura clásica de El mago de Oz (Fleming, 1939): he aquí a un Dorothy mexicano –con todo y carismático perrito Toto xoloitzcuintle llamado Dante- que se escapa a un mundo mágico para descubrir que todo lo que busca lo tiene en su casa, con su familia.
La mirada turística de los cineastas es inevitable –ese México lleno de colores llega a ser empalagoso- pero la riqueza de la animación es, para variar, apabullante.
Es claro que los realizadores se saben en terreno minado, así que la cautela abunda. Y, sin embargo, hay vueltas de tuerca inesperadas, una muy necesaria burla a un tótem de la cultura nacional y un emotivo desenlace que da justo en el blanco. Tanto así, que uno sale del cine conmovido y recordando más que nunca a los que no debemos olvidar.
Y no serán olvidados. Van sus nombres: mi padre Leobardo, mi tía Luciana, mi tío Ramón, mi hermano Alberto, mis abuelos Luz y Alberto, mi sobrina Allison.
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Foto: Tomada de filmaffinity.com