VÉRTIGO: 'La cazadora de águilas'

Ernesto Diezmartínez Guzmán
13 diciembre 2017

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La cazadora de águilas  (The Eagle Huntress, GB-Mongolia-EU, 2016), ópera prima  documental de Otto Bell, se estrenó este pasado fin de semana en la Ciudad de México en el circuito cultural de siempre -es decir, en la Cineteca y salas afines- y apostaría doble contra sencillo que nunca llegará a la pantalla grande a Culiacán. No se preocupe: la película ya está disponible en DVD de importación y muy pronto, seguramente estará en línea.

Se trata de una convencional  feel-good movie  tan obviamente tramposa como disfrutable. Estamos en el Macizo de Altái, una cordillera que se encuentra entre Mongolia, China, Rusia y Kazajistán. En ese lejano lugar conocemos a Aisholpan, una sonriente jovencita de 13 años que proviene de una familia nómada kazaja. La niña va a la escuela, quiere ser doctora cuando crezca pero en este momento su único sueño es seguir los pasos de su papá, alguna vez campeón en el torneo anual de "cazadores de águilas".

Sucede que en esta remota sociedad nómada kazaja, los hombres han seguido una tradición milenaria: capturan aguiluchos dorados -no tan grandes para poder volar, no tan chicos para que no se mueran fuera de su nido- a los que entrenan pacientemente para convertir al animal adulto, la majestuosa águila dorada, en una imponente cazadora de zorros. Cada año, decenas de cazadores de águilas de toda la región participan en un torneo en el que un grupo de muy serios jueces califican al cazador y a su ave. El papá ha ganado en dos ocasiones y el abuelo fue también un cazador, así como lo fue el papá del abuelo y el abuelo del abuelo. No tendría nada de particular que el retoño mayor de la familia quiera seguir esos mismos pasos, pero Aisholpan es una mujer, así que los viejos de la tribu no ven con buenos ojos ese desafío a las buenas costumbres.

Para fortuna de Aisholpan, su padre Nurgaiv es bastante liberal: cree que las mujeres deben tener las mismas oportunidades que los hombres, así que ayuda a su hija a capturar un aguilucho, la entrena concienzudamente a ella y al ave y, luego, la acompaña al torneo anual a donde han llegado 70 cazadores de toda la región. Aisholpan no solo es la única mujer en el torneo sino, además, el competidor más joven. Su reto es doble. O triple. O cuádruple.

No diré qué pasa en el torneo; baste agregar que, independientemente del resultado, Aisholpan tiene luego que demostrarle a los demás y demostrarse a sí misma que, independientemente de lo que digan los viejos de la tribu, ella es una verdadera cazadora de águilas, por lo que al final la veremos en los abiertos escenarios nevados cazando un elusivo zorro con su enorme y feroz pajarraco en el brazo.

El cineasta debutante Bell y su cinefotógrafo Simon Niblett -con la ayuda del editor Pierre Takal- logran algunas escenas notables, gracias a la combinación de las clásicas tomas fordianas en espacios abiertos, al uso de drones en las fluidas tomas aéreas y hasta la colocación de una cámara en el cuerpo de una de las águilas doradas. Eso sí, esta virtuosa puesta en imágenes choca a veces con una narración algo tramposa -es obvio que algunos pasajes fueron recreados- y con una edificante resolución que roza con lo disneyano. Pero, bueno, tampoco hay razones para quejarse; después de todo, Aisholpan se merece eso y más.

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