Dichosos los pobres

Presbítero Amador Campos Serrano
03 noviembre 2026

Reclinados sobre la hierba del campo, nacida de manera natural en un terreno marcado por una visible inclinación, la multitud escuchaba con atención las palabras del Maestro de Nazaret, quien enunciaba de manera firme y segura los principios y enseñanzas de su doctrina, algunos entretenidos en juguetear con las hierbas del entorno, repetidas veces eran interrumpidos de su distracción ante el impacto del profundo contenido en las enseñanzas.

Fue en uno de esos momentos cuando la atención general volvió a agudizarse a la escucha de una sentencia; “Dichosos los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios”, los términos eran utilizados de manera clara y sencilla, lejos de la demagogia de quienes buscaban el proselitismo popular de una manera egocentrista, el que ahora hablaba se imponía con una autoridad emanada de la congruencia entre palabra y vida, sin embargo era incomprensible el sentido de la frase, al proclamar cono dichoso aquello considerado como su desdicha personal, porque ellos eran pobres.

El transcurrir del tiempo, con su continua movilidad y renovación, resalta la permanencia constante en su centro gravitacional, de donde surgen los perenes valores y principios.

Conservada a perpetuidad como escrituras sagradas, la palabra de Cristo, por si misma profunda y penetrante, causa turbación y seguirá llamando la atención en nuestra despreocupación, afianzados en falsas seguridades, con una escala de valores, para nosotros perfecta, pero no para Dios, quien se fija en el interior del hombre y no en la superficialidad.

Para compaginar el sagrado texto, frente a una realidad comprometida muchas veces con intereses particulares, dialogando con el poder terreno, aun en el interior de la institución eclesial, surge de manera casi inconsciente el rechazo, pero... ¿Cómo rechazar la Palabra del Señor?, la interpretación parece ser el camino indicado, para minimizar el sentido de la expresión, tal vez Jesús hablaba en metáfora o de una manera que se dijera una cosa y se entendiera otra.

En la expresión de Jesús, lejos de estériles elucubraciones en el tipo del escepticismo de inspiración Kantiana, de negación de la realidad, los pobres son aquellos conocidos en todo el mundo como tales, Jesucristo no se refiere a ellos desde una abstracción de la realidad, desde una pseudopureza doctrinal espiritualoide, contemplando nuestro ambiente desde otro plano de la realidad; la palabra pobres, sería solo una referencia a un orden espiritual, separado de la materia.

Mirando a profundidad su misión aquí en la tierra, fiel a la palabra de su fundador, la iglesia se esfuerza en profesar su profetismo y haciendo actos de humildad en la que fue originada, proclama en sus buenos pastores, la fuerza de su voz; “Bienaventurados los pobres, los que sufren, los que tienen hambre y sed de justicia, porque de ellos es el Reino d los Cielos”, ese reino ofrecido por el Padre, pero que ya desde ahora se hace presente entre nosotros.

Sin relegar a nadie, a causa de su condición social, aquellos que sufren por sus privaciones y necesidades el rechazo de los demás, son quienes tienen las preferencias a los ojos del Señor.

Los pobres, son los carentes de lo necesario y ante quienes se tiene, “justos motivos” para rechazarlos, desprovistos están del lastre de bienes materiales, que impiden, muchas veces, el encuentro con Dios, por ello mismo, se encuentran más fácilmente cerca de Dios, teniendo en Él su consuelo y su esperanza.

El Papa Juan Pablo I, el llamado Papa de la sonrisa, en el corto periodo de su pontificado, nos dio un mensaje lleno de esperanza, en medio de un mundo sumido entre conflictos, cuando afirmo: “Los pobres son el verdadero tesoro de la iglesia”.