El diálogo con los libros

Presbítero Amador Campos Serrano
22 septiembre 2026

Perdido en los anaqueles de un librero, está ahí, días, semanas y años, esperando ser visitado para entablar el diálogo que revivirá las antiguas experiencias: Es el libro y su inquebrantable paciencia para transmitirnos su mensaje.

Desde la remota historia, cuando el hombre conoció el secreto de comunicar sus pensamientos y sus ideas, en la magia de la escritura, estos salen de su aletargado anonimato, en la fugacidad de los momentos, para revivir sentimientos y emociones, más allá del estrecho limite del lugar y del tiempo. El diálogo se entabla, aún cuando los originales autores ya hubiesen partido de este mundo material, hace centurias o tal vez milenios de años y a pesar de la lejanía de culturas encerradas en el perímetro de un distante lugar.

Importadas son las culturas en la lectura de un libro o un códice, viajando a través de distancias y milenios, abriendo el silencio de tumbas ocultas en la privacidad del anonimato, para reencontrar el perdido mundo de los sentimientos desconocidos.

Pero este diálogo no es incondicional, ni anárquico, exige un cumulo de paciencia en la escucha, a fin de captar lo que el otro nos dice, desde una mentalidad, muchas veces, lejana y diferente, también es necesaria una buena dosis de disciplina, para ordenar el tiempo necesario en la escucha de este silencioso diálogo.

En un mundo donde cada vez más impera la cultura del ruido y de la imagen, parece perderse el ancestral mensaje codificado en las páginas impresas con caracteres gráficos, en las cuales duermen personajes y leyendas, en latente sueño, a la espera del genio del intelecto que habrá de regresarlos al mundo de los vivos.

Dentro de un empastado, maltratado a causa del correr del tiempo o de la estulticia del hombre, los libros esperan con estoica paciencia la experta mano que un día habrá de acercarse para valorar cada centímetro de su valioso contenido.

Es el esperado momentos del diálogo, en afinidad con una misma virtud; la paciencia. El cofre es abierto vertiendo un cumulo de riqueza, en un caudal oculto para muchos, quienes ostentan con presunción el distintivo títulos de sabios y entendidos.

Desde el estante repleto de de volúmenes, los libros ven pasara a quienes se acercan de manera curiosa, posando su distraída mirada en busca de banalidades, pero ellos esperan la selectica mirada de quien se acerca para valorar su contenido.

Aquella mirada ha pasado de largo, pero de pronto se regresa hacia el sugestivo título, para muchos desapercibido, la mirada se detiene, mientras las diestras manos sacuden el polvo acumulado en el correr del tiempo y hurgue en las añejas paginas. Una sonrisa mutua se esboza: El buen libro ha encontrado a su lector.

La próxima vez, al recorrer los volúmenes del atiborrado estante, con paciencia y detenimiento la vista fija su atención, pensando: “Ahí estas viejo amigo esperando continuar nuestro diálogo común”.