El regateo del patriarca

Presbítero Amador Campos Serrano
20 octubre 2026

Acostumbrado a los encuentros con los enviados divinos, la Fe de Abraham adquirió familiaridad en el diálogo con los celestiales personajes, que acostumbraban llevarle el mensaje y el aliento de la esperanza ante la aridez del devenir.

Sin haberlo pretendido, Abraham ha ofrecido su hospitalidad a los ángeles, quienes le reiteran la esperanza, pero esta vez también vendría acompañada del anuncio de una catástrofe, causada por la insensatez del ser humano, en el desacato al mandato del orden establecido.

La inminente destrucción de Sodoma dejara una estela de desgracia, causada principalmente por la falta de sensibilidad de los humanos, quienes, a causa de la soberbia, en la autocontemplación de los propios logros, han olvidando el orden establecido por Dios, el cual se pretende suplir con la audacia de la necedad.

Ante la ceguera de quienes no alcanzan a percibir las consecuencias inscritas en el orden natural, la inminente desgracia sensibiliza a quienes conservan la capacidad de percibir el alcance las nefastas decisiones tomadas con el argumento de la obstinación, dirigiendo sus pasos por el alucinante sendero de insensatez.

Abraham, el patriarca, impulsado por sus nobles sentimientos de compasión cobra fuerza en su audacia iniciando su intercesión a favor de quienes han labrado su propia destrucción: “Señor, si hubiera 50 justos los destruirías junto a toda la ciudad”. A la manera del regateo, cultural costumbre mercantil, el patriarca continúa su propuesta, abogando por los sentenciados.

En el argumento literario del sagrado texto, la bondad divina parece ser rebasada por la sensibilidad humana del hombre, quien, en su compasión, parece tratar de aplacar la implacable ira divina que decreta desgracia y destrucción.

Abraham alcanza toda la grandeza de su humanidad, al convertirse en intercesor de quien carece de merecimientos, llegando a enfrentar a su mismo Dios, desde la debilidad de sus limitadas posibilidades se hace uno con el sentenciado, para desde ahí alcanzar la misericordia divina, que desde su propia experiencia siempre está a su alcance.

El padre de los creyentes lo es, no solo por experimentar la fe en el conocimiento de su Dios y en la confianza plena en Él, sino desde una fe operante en las obras, alcanzando a percibir la presencia divina en las obras salidas de sus manos, sobre todo en el insondable misterio de la grandeza del hombre.

Abraham se pone de parte de quien no lo merece, convirtiéndose en figura de su mismo Dios, quien, hecho hombre, alguna vez llegara a exclamar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.