Prejuicios antifilosóficos

Rodolfo Díaz Fonseca
26 febrero 2026

Algunas personas tienen prejuicios antifilosóficos; es decir, sostienen una concepción peyorativa sobre el quehacer de la filosofía, pues piensan -como dice Francesc Torralba en su libro “La filosofía sana”- que “es un saber estéril y una actividad inútil, una especie de disciplina que pertenece al pasado, un vago recuerdo del bachillerato”.

Agregó: “Muchos la conciben como una disciplina fracasada, incapaz de responder a los interrogantes que ella misma se propone; un discurso abtruso solo inteligible para una pequeña comunidad de iniciados que sufren el mismo padecer”.

Por si estas concepciones no fueran drásticas, las coronó con algún pensamiento que corre sobre quienes se dedican a la filosofía: “El filósofo es considerado, por lo general, una figura prácticamente irrelevante en la vida social, política, mediática”. Salvo raras excepciones, añadió, “es un ser ajeno a los quehaceres de la vida cotidiana, a las maquinarias del poder político, social y económico; un ser que desarrolla una vida paralela, extraña, que está ocupado en problemas que, según parece, no interesan a nadie y que, según dicen los críticos, pertenecen a otros tiempos”.

Sin embargo, precisó Torralba, necesitamos deshacer estos prejuicios, pues todo ser humano es un filósofo en potencia, utilizando categorías aristotélicas, por lo que es natural que se pregunte sobre el sentido de la vida y la razón de su existencia. “Es un discurso cuyo fin, como veremos, es sanar el alma y el mundo”, indicó.

Notaremos la coincidencia de términos entre Torralba y Amiel, a quien citamos en otra columna. Amiel habla de bañar el alma, mediante la introspección, y Torralba, de sanar el alma, mediante la filosofía. Incluso, remitiéndose al filósofo Pierre Hadot, dice: “Es, ante todo, un ejercicio espiritual. Todavía más, se trata de una conversión que afecta a la totalidad de la existencia”.

¿Tengo prejuicios?