Comprender para liderar sin desgastar

José Mario Rizo Rivas
18 febrero 2026

Uno de los errores más costosos en el liderazgo es confundir compromiso con sacrificio absoluto. Para la mayoría, el trabajo es importante, pero no es el centro de su existencia. Ignorar esta realidad deteriora relaciones, destruye equipos y erosiona resultados.

El liderazgo comienza con una verdad simple: no todos ven el trabajo como lo ve quien dirige. Y eso no es un defecto; es la riqueza de la diversidad.

Quien ocupa un puesto directivo suele llegar ahí porque el trabajo ocupa un lugar central en su vida. Para él, dedicar horas extra o sacrificar tiempo personal puede parecer natural. El problema surge cuando esa elección personal se convierte en expectativa silenciosa para los demás.

Exigir compromiso no es exigir renuncia.

Poner el ejemplo no es imponer un modelo único de vida.

Cuando un líder espera que sus colaboradores trabajen más horas “porque él lo hace”, que pospongan su vida personal “porque ella lo hace”, o que vivan mentalmente conectados al trabajo las 24 horas, deja de liderar y comienza a invadir.

Hacer bien su trabajo

Ser productivas

Recibir reconocimiento justo

Y, al final del día, volver a su vida real

Cuando esto no se respeta, aparecen consecuencias inevitables: rotación constante, resentimiento silencioso, conflictos legales y, en el peor de los casos, sabotaje pasivo.

Javier era el ejemplo perfecto de disciplina y resultados. Llegaba antes que todos, se iba después de todos, respondía correos a medianoche y nunca decía “no” a una tarea. Su ascenso fue rápido y merecido.

Pero cometió un error fatal: pretender que todos vivieran como él vivía. Nunca lo dijo abiertamente, pero su mirada juzgaba a quien salía a tiempo, sus comentarios premiaban a quien sacrificaba fines de semana, y sus evaluaciones favorecían a los que imitaban su ritmo.

Para Javier, eso era “poner el ejemplo”. Para su equipo, era una exigencia disfrazada.

El resultado fue devastador: alta rotación, conflictos internos y un ambiente donde el compromiso se volvió obligación y el entusiasmo desgaste. Javier no entendió que liderar no es lograr que los demás renuncien a su vida, sino crear condiciones para que cada persona rinda bien sin perderse a sí misma.

Estudios recientes confirman que la falta de equilibrio entre vida y trabajo es una de las principales causas de renuncia voluntaria. Según Gallup, el 53 por ciento de los empleados que abandonan una empresa lo hacen por problemas relacionados con el liderazgo y la cultura laboral, no por el salario.

Además, la Organización Mundial de la Salud advierte que el estrés laboral crónico es ya una epidemia silenciosa, con efectos directos en productividad, salud mental y costos legales para las empresas.

Un buen líder entiende que el trabajo termina cuando suena el silbato del día, y que respetar ese límite no debilita la productividad: la sostiene.

Cuando el trabajo lo ocupa todo, termina quitándolo todo.

El liderazgo verdadero no exige la vida de otros; la respeta.

Liderar no es imponer sacrificios, es inspirar resultados sin desgastar personas.

Un líder que comprende esto no solo construye equipos más fuertes, sino empresas más sostenibles. Porque la gente no renuncia a su empleo: renuncia a quien no la respeta.

La pregunta es inevitable: ¿Está usted liderando para que la gente dé lo mejor de sí... o para que renuncie a lo mejor de su vida?