Comunidades de cuidado: en la búsqueda y en la enfermedad

Pie de Página
02 septiembre 2021

Las Rastreadoras del Fuerte buscan a sus familiares desaparecidos. El vínculo que genera el dolor es tan fuerte que las mujeres se convierten en familia. En la pandemia, en su whatsapp, entre fotos de cuerpos encontrados y ubicaciones de fosas, circularon oraciones por una de sus compañeras enferma de covid, colectas para los medicamentos, recetas y remedios caseros. Estas comunidades de cuidado le plantan un cerco a la sombra de desaparición que se posa sobre la vida toda y la asfixia

Daniela Rea

Pie de Página

1. Manos sobrevivientes

Las manos de Fina son delgadas como ella. Esta mañana de primavera en Los Mochis, Sinaloa, esas manos dan los toques finales a los recuerdos de boda de una de sus grandes amigas y compañeras.

Con sus manos, Fina arregla moños, pega estampas con anillos y palomas, acomoda mandiles y diademas con velos de novia en una caja que repartirá más tarde en el baile, para ambientar el festejo.

Fina se recupera de coronavirus. Se ve más delgada de lo que era antes de la enfermedad, pero trae buen ánimo; pesaba 74 kilos y llegó a pesar 49, hoy apenas sube los 50 kilos. Verla hoy, aquí, dispuesta a celebrar una boda, es una buena noticia. Fina tiene diabetes y esa condición prendió las alertas de su familia que temió lo peor, la posibilidad de hospitalizarla e intubarla.

Pero el cuerpo de Fina resistió y pasó los poco más de 20 días de enfermedad en su casa, con oxígeno. Su esposo y su hija también se enfermaron al mismo tiempo. “Me vine levantando de la cama el 2 de julio (del 2020), los pasé en mi casa con el cuidado de mi hijo y ya cuando se recuperó mi hija también ella”, relata.

“Yo escuchaba los sollozos de mis hijos de que yo estaba muy mal, me tomaron fotos con oxígeno, con suero, me miraba muy mal y las borraron para que yo no las viera... fue difícil también para ellos, porque cuando uno tiene covid es como tener la peste, nadie se te quiere acercar, uno sufre mucho en el cuerpo y en lo emocional”.

Fina.

Fina tiene secuelas del long-covid, como se le llama a los síntomas que persisten meses después de la enfermedad y que pueden ser migrañas, sudoración, insomnio, mareos, pérdida del olfato. Fina se enfermó el 11 de junio del 2020 y a la fecha tiene taquicardias, dolor de rodillas, fatiga crónica, migrañas. “El covid es como el demonio, esa enfermedad me dejó con traumas, con miedo a la muerte”.

En la sala de su casa aún quedan cajas y cajas de medicamentos que compró y que le regalaron para pasar la enfermedad. Están en la misma mesita en donde tiene la foto de su hermano Luis Reynaldo Herrera Ruiz, quien fue desaparecido el 17 de enero del 2016. Luis era su hermano menor, el más cercano. Cuando eran niños Fina retaba a otros niños para recuperar las canicas que él perdía. Ahora, muchos años después, ella intenta recuperarlo.

Cuando sale a campo, a búsqueda, Fina carga una mochila con agua bendita, un rosario, un amuleto, una cruz de palma bendita y una veladora. “Si encuentro a mi hermano le voy a poner todo esto, se lo voy a poner a su osamenta para que no me lo cambien, que no me den gato por liebre”, dice mientras tuerce sus dedos con el listón y ajusta los moños a los recuerdos.

Durante este tiempo que su cuerpo libraba una batalla contra el virus Sars-Cov2, Fina pausó la búsqueda, la temperatura alta y la falta de respiración le impedían tomar el teléfono celular. Confió que el trabajo lo harían sus compañeras que persiguen las huellas de sus desaparecidos en el noroeste del país, en el estado de Sinaloa.

Las Rastreadoras del Fuerte son un grupo de mujeres comandadas por Mirna Nereida Medina, que desde el año 2014 buscan en fosas clandestinas a sus familiares desaparecidos. El vínculo que genera el dolor es tan fuerte que, en palabras de ellas mismas, las compañeras, las otras mujeres que buscan, se convierten en su familia.

Durante las casi tres semanas que Fina estuvo enferma, en el WhatsApp de las Rastreadoras del Fuerte, entre fotos de cuerpos encontrados y ubicaciones de lugares dónde buscar fosas clandestinas, circularon también oraciones por su compañera, colectas para los medicamentos, recetas y remedios caseros para aminorar la enfermedad. Las mujeres que antes movían cielo mar y tierra para encontrar lugares donde excavar, ahora enfocaban sus fuerzas en tener lo que su compañera y amiga requiriera para salvarse de la enfermedad.

“Recibía audios de mis compañeras que me apoyaban y lloraba de alegría y ahí supe que sí hay gente que me quiere mucho, recibí más apoyo de ellas, de esta comunidad que de mi propia familia, de los periodistas que he conocido en esta búsqueda también me apoyaron”.

Por la pandemia las Rastreadoras cancelaron las búsquedas en campo los primeros meses de encierro total, pues no querían exponer a las compañeras a contagiarse y enfermarse, menos con el riesgo que muchas de ellas tenían por sus comorbilidades, como la edad, la diabetes, la hipertensión, el sobrepeso. Después decidieron continuar con las búsquedas, pero divididas en grupos pequeños para no exponerse y las reuniones dejaron de ser presenciales en la oficina, se hicieron por WhatssApp.

Fina no ha sido la única víctima de covid-19 entre las Rastreadoras. Otras cuatro compañeras también: Soledad, Juana machetes, Mari perfumes, Blanca Soto, ninguna de ellas de gravedad.

En México la covid-19 ha cobrado la vida de casi 250 mil personas. En Sinaloa, el estado donde vive Fina y sus compañeras Rastreadoras, han muerto casi 6 mil 500 personas.

2. Buscadoras acompañantes

Cuando un familiar es desaparecido, su ausencia deja una sombra sobre quienes le buscarán: estigma social de que andaba en “malos pasos” o que era “uno de ellos” y por eso se lo llevaron; miedo a denunciar por el riesgo de sufrir amenazas tanto de criminales como de autoridades. Por eso Fina aguantó y no denunció la desaparición de su hermano.

Un día, en el año 2017, un grupo de mujeres que buscaban a sus desaparecidos, como Fina, encontraron cuerpos en una fosa clandestina en el poblado de Nuevo Orizonte “y transmitieron en el Facebook, en vivo, y mi hija los vio y me dijo mira mamá, unas señoras andan buscando, vamos a contactarlas para que nos orienten cómo buscar”, dice Fina.

La urgencia de sentirse acompañadas era tanta que de inmediato Fina y su hija salieron de casa y condujeron hasta el lugar que anunciaron en la transmisión. Pero cuando llegaron al predio las mujeres ya se habían retirado. Fina volvió a casa y miró la cuenta de Facebook de esas mujeres, reconociendo en cada una de ellas lo mismo que ella: la necesidad de hacer algo para encontrar a su ser querido. En esa cuenta encontró el teléfono de una señora, Mirna Nereida Medina, y le marcó.

“Me atendió rapidito, yo tenía miedo de ir a la oficina, de que me siguieran, de que me desaparecieran a mí también. Tenía mucho miedo de arrimarme a personas a preguntar, de ir a la fiscalía”, recuerda Fina mientras sigue trabajando las artesanías para la boda.

En 14 de julio del 2014 Roberto Corrales Medina fue desaparecido. Su madre Mirna Nereida, una maestra jubilada que se sostenía atendiendo un puesto de artículos para auto, comenzó la búsqueda de su hijo. Como casi todas las personas, lo primero que hizo al saber de la desaparición fue acudir a las autoridades “porque no sabía qué hacer” hasta que se dio cuenta que las autoridades no buscaban. “Le prometí a mi hijo Roberto que lo buscaría y eso hice”.

Después del desdén de las autoridades, Mirna comenzó a subir fotografías a redes sociales de su hijo y así se dio cuenta que había otros muchachos desaparecidos. Mirna buscó a sus familias y comenzaron a seguir pistas de los lugares donde les decían que podrían haber cuerpos enterrados.

El 19 de julio del 2014 las mujeres realizaron la primera excavación de una fosa clandestina, aquella vez la lluvia deslavó la tierra y dejó ver una rodilla. Las autoridades llevaron el cuerpo a una funeraria y hasta allá acudieron las familias para tratar de ver e identificar el cuerpo. “La gente supo y se fue acercando a la funeraria, se hizo noticia y aparecimos en las redes y mucha gente se nos unió ese día”.

Ellas se juntaron a buscar. Semanas después el periodista Javier Valdez –que fue asesinado en el año 2017 por su trabajo periodístico– las entrevistó y publicó una nota sobre las mujeres que rascan la tierra para buscar a sus hijos desaparecidos. Él fue quien les bautizó con el nombre Rastreadoras.

Hoy en México es común saber de historias de mujeres que en distintas partes del país buscan en campo a sus familiares desaparecidos. Pero en el año 2014 cuando las Rastreadoras escarbaban la tierra, era una cosa inusual.

La salida masiva de familias a los campos, desiertos, barrancos, a buscar fosas clandestinas se ubica en octubre del 2014 cuando los padres de los 43 estudiantes desaparecidos salieron a los montes alrededor de Igual a buscar a sus hijos, a los pocos días encontraron una fosa clandestina con casi una treintena de cuerpos, que no correspondían a los de sus hijos. Pero si esos cuerpos no eran de los estudiantes, ¿entonces de quiénes eran? Y así fue como familiares de personas que habían sido desaparecidas antes en esa región agarraron valor y se sumaron a las búsquedas.

Mientras las familias comenzaban a salir a los campos de Guerrero, en el sur del país, a buscar a sus desaparecidos, las Rastreadoras ya tenían un par de meses de experiencia en campo (antes, en el 2011, se registraron búsquedas de fosas clandestinas por familiares de Tijuana, pero los hallazgos no eran de manera masiva como en el caso de Sinaloa). Y esta experiencia, acumulada en los últimos años, ha permitido el registro de desapariciones a partir de la confianza de la sociedad, que se traduce en una cifra más sólida de registro de personas desaparecidas en la Zona norte de Sinaloa, mientras las Rastreadoras suman a 1800 personas en esa región, la Fiscalía apenas a 1000.

En estos años las Rastreadoras han encontrado 239 cuerpos (hasta abril del 2021), cada cuerpo encontrado pasa por la “criba de información”, es decir que de manera paralela e independiente a lo que hace o tendría que hacer el estado, ellas verifican las características del cuerpo con las características de los desaparecidos registrados en sus bases de datos, y así saber si ese cuerpo encontrado podría identificarse. Así, han podido identificar a 160 cuerpos.

En el verano del 2017 Mirna dio con el cuerpo de su hijo, ese cuerpo fue el número 76 de la lista de encontrados. Mirna no encontró a su hijo completo, sólo algunas vértebras, un brazo, un diente, un dedo, una parte de su rodilla.

Ofelia Flores, otra compañera de las Rastreadoras, se sumó hace casi 4 años al colectivo. El 29 de octubre del 2017 su esposo José Candelario Espinoza Ochoa fue desaparecido y Ofelia supo de las rastreadoras por las noticias y las redes sociales. No dudó en acercarse a pedirles apoyo. El 11 de noviembre se sumó al colectivo y una semana después, el 19 de noviembre, encontraron una fosa donde estaba el cuerpo de su esposo. “Fueron dos cuerpos, fue impactante. Yo no sabía de qué se trataba, pero me alegré de que él era”. Al encontrar a su esposo Ofelia dejó a las Rastreadoras e intentó reiniciar su vida, trabajó en su duelo, buscó un empleo, pero en febrero, 3 meses después, volvió a buscar a sus compañeras. “Casi todas las que encontramos a nuestros familiares no nos vamos, nos quedamos en el colectivo, el compromiso que se hace es muy fuerte”. ¿Por qué? Porque el dolor reúne, porque ahí sus palabras y sus emociones encuentran un lugar para existir.

Érika es otra integrante de las rastreadoras. Ella se sumó por la búsqueda de Susana, una de sus mejores amigas, que sigue desaparecida. En el campo Érika es de las más activas: escarba y escarba, parece no cansarse. “La confianza de las compañeras nos compromete” y no es fácil responder a este compromiso, dice. “¿Por qué? Porque nos ganan las emociones, porque no tenemos recursos materiales y económicos para salir a buscar, porque el clima del desierto es hostil, porque muchas nos debilitamos, porque cada quien tiene su carácter, sus manías, su edad y no es sencillo mantener la camaradería siempre”.

Ofelia suma la complejidad de ser una colectiva: “lo más difícil de sobrellevar es el dolor, la soledad y la situación económica de todas nosotras”. Con la desaparición de sus hijos, esposos, muchas se encargaron de sostener económicamente su hogar, por lo que deben repartir su tiempo y energía entre la búsqueda, la casa, el trabajo, los hijos. Y si no alcanza, hacer dobles, triples jornadas laborales. “Cuando alguna compañera tiene emergencias económicas cooperamos, somos como una familia”, dice Ofelia. O mejor que una familia, pues la mayoría de las veces cuando estas mujeres salen a buscar son abandonas por la familia.

En pandemia, dice Érika, interrumpidas las búsquedas, activaron otras cosas: buscar despensas para repartir a las familias, trabajar en las leyes de búsqueda. “Es difícil mantener el ánimo ante la frustración de que aún en pandemia las desapariciones no pararon”.

3. Derecho a la alegría

Sobre el atrio de la Iglesia un grupo de mujeres vestidas en trajes rosas, violetas, lilas, con peinados y maquillaje elaborado rodean a Mirna Nereida. Se ven gozosas, guardan su cubre bocas unos momentos y con su sonrisa amplia voltean a la cámara. Esta es la foto de unas amigas acompañando a una de ellas en su boda.

Para entender la particularidad de esta imagen hay que mirarla con otra a su lado, la imagen de este mismo grupo de mujeres enfundadas en pantalones de mezclilla, camisas de manga larga, botas, sudor y polvo en el rostro.

En la primera imagen celebran el matrimonio de Mirna Nereida, a quien conocieron buscando a sus hijos, hermanos, esposos desaparecidos; de eso va la segunda imagen, de los días de búsqueda de fosas clandestinas en medio del calor húmedo de Los Mochis.

Las compañeras de búsqueda fueron también madrinas, Fina y Ofelia se encargaron de los recuerdos y adornos; Reyna de servir la comida en la boda. El vínculo entre la búsqueda y la boda es tal, que el vestido de Mirna lo compraron juntas en la Ciudad de México, cuando terminaron una búsqueda de fosas clandestinas en Poza Rica, Veracruz, y pararon en la capital del país a tomar su vuelo de vuelta a casa.

Probablemente la primera imagen, la de ellas mirando a la cámara con vestidos elegantes, no existiría sin la segunda imagen.

Aquel verano del 2017 cuando Mirna encontró a Roberto en una fosa y volvió después al mismo lugar para buscar el resto de huesos de su hijo se despidió de las personas que le acompañaron, sus mujeres buscadoras, las solidarias de a pie, periodistas, activistas. Les dijo que ese día terminarían sus búsquedas porque necesitaba concentrarse en su luto.

“Y los veo a todos los que me habían ayudado, y veo a los que no habían encontrado a sus seres queridos y veo que no era justo retirarme, sentí que Roberto me había pedido seguir la búsqueda acompañando a las familias hasta que todas encontremos a nuestros desaparecidos”, recuerda bajo el árbol de su patio, días después de su boda.

Probablemente la imagen de sus compañeras como madrinas de honor en su boda no existiría sin la imagen de esas compañeras como rastreadoras. Porque esta comunidad de acompañamiento y de cuidado que nació del dolor de tener a un desaparecido, que se formó en la urgencia y la desesperación, que se ha ido fortaleciendo en la certeza de que solas son frágiles y que unas a otras se necesitan ha permitido que otros espacios de la vida sean posibles, como el amor, como la felicidad. Estas comunidades de cuidado le plantan un cerco a la sombra de desaparición que se posa sobre la vida toda y la asfixia.

“Sentí como si fuéramos una familia gigante, vi a todas felices dentro de todo nuestro dolor, me sentí como el ave fénix, me sentí feliz, y eso está bien porque somos seres humanos y no sólo estamos hechos de dolor”.

Mirna

Este trabajo fue apoyado por el Fondo de Emergencia para Periodistas COVID-19 de la National Geographic Society. / This work was supported by the National Geographic Society’s COVID-19 Emergency Fund for Journalists.