Día Mundial de las Abejas: tres iniciativas de mujeres indígenas para proteger a estos polinizadores en Latinoamérica
En 2026, esta jornada destaca la relación histórica entre las comunidades humanas y estos polinizadores fundamentales para la biodiversidad, la alimentación y los medios de vida rurales, y en Mongabay Latam compartimos tres iniciativas
Por Astrid Arellano / Mongabay Latam
Desde la recolección de miel en los bosques hasta la crianza en colmenas tradicionales, la relación entre las personas y las abejas ha evolucionado junto con las culturas y los territorios. En muchas comunidades indígenas y rurales de América Latina, estos polinizadores no solo garantizan la reproducción de cultivos y plantas silvestres: también forman parte de la medicina tradicional, la alimentación y la identidad cultural. En estos territorios, el cuidado de las abejas está ligado al respeto por el bosque, el agua y la biodiversidad.
Este 2026, el Día Mundial de las Abejas —que se conmemora cada 20 de mayo— lleva por lema “Juntos con las abejas, por las personas y el planeta. Una asociación que nos sostiene a todos”, destacando la relación histórica entre las comunidades humanas y estos insectos esenciales para la vida.
La celebración pone especial atención en cómo los conocimientos tradicionales y las innovaciones contemporáneas pueden complementarse para fortalecer una apicultura sostenible. También destaca el trabajo impulsado por mujeres y jóvenes que desarrollan iniciativas para proteger a las abejas, mejorar la producción de miel y sostener economías locales sin romper el equilibrio con la naturaleza. En un contexto marcado por la deforestación, los pesticidas y la pérdida de hábitats, estas iniciativas representan formas de resistencia ambiental y fortalecimiento comunitario.
En Mongabay Latam conversamos con tres lideresas indígenas de México, Perú y Ecuador que han convertido el cuidado de las abejas en una herramienta de autonomía económica, conservación y defensa del territorio.
México: abejas para defender el territorio
Varios jobones reposan bajo la sombra del solar maya del colectivo Suumil Móokt’aan, en Sinanché, Yucatán. A simple vista parecen troncos ahuecados y colocados horizontalmente en el traspatio, pero en su interior habita una de las especies más importantes para la cultura maya: las abejas meliponas. El zumbido apenas se percibe entre las plantas medicinales, las hortalizas y el humo que sale de la cocina. Allí, las abejas viven cerca de las familias, como lo han hecho durante generaciones.
“Empezamos con un jobón”, cuenta Valiana Aguilar, campesina maya y una de las impulsoras del colectivo familiar y comunitario, conformado por unas 12 personas adultas y sus hijos e hijas. En Yucatán, explica, así se les llama a los troncos donde tradicionalmente se crían las meliponas, abejas nativas sin aguijón que han acompañado a los pueblos mayas desde tiempos ancestrales. Aunque en otras regiones algunas comunidades han comenzado a tecnificar la crianza con cajas y colmenas modernas, en Suumil Móokt’aan decidieron conservar el método tradicional. “Queremos reivindicar cómo nuestras ancestras y ancestros criaban estas abejitas”, dice.
Los jobones permanecen dentro del solar y no son trasladados a la milpa, como se les conoce a las parcelas para la siembra ubicadas fuera de la comunidad. La decisión no es casual. “No son animales aparte de nosotros. Son integrantes de nuestra familia y por eso era necesario tenerlas cerca, para poder ver sus necesidades y darles un cuidado profundo”, explica Aguilar.
En la visión maya, el solar no es solo un patio o un jardín alrededor de la vivienda. Es el espacio donde transcurre la vida cotidiana y donde se articula la relación con el territorio. Allí se cocina, se aprende, se siembra, se cura y se convive. Las casas tradicionales, diseñadas de forma circular para resistir los vientos y huracanes de la península, conviven con plantas medicinales, árboles frutales, animales como gallinas y cerdos, y pequeñas hortalizas que complementan la alimentación de la milpa.
Para las familias de Suumil Móokt’aan, reivindicar el solar también significa defender una forma de vida campesina que durante años fue desplazada bajo discursos de modernidad y desarrollo. Hace seis años, después de haber migrado fuera de su comunidad a buscar oportunidades, Aguilar decidió regresar a Sinanché para reconstruir ese modo de vida junto a otras familias y jóvenes mayas.
Hoy, el colectivo impulsa talleres de meliponicultura, encuentros de mujeres campesinas y proyectos de agroforestería para regenerar tierras erosionadas tras décadas de monocultivo del henequén en la región. También trabajan en procesos de fermentación y transformación de cosechas como una forma de fortalecer la autonomía alimentaria y la salud comunitaria. En todos esos espacios, las abejas ocupan un lugar central. “No podemos tener milpa, árboles o comida si no hay abejas”, afirma Aguilar.
Pero la permanencia de las meliponas enfrenta amenazas cada vez más visibles. Las sequías extremas, el aumento de las temperaturas, la deforestación y el uso de agroquímicos han provocado pérdidas masivas de colmenas en distintas partes de la península. “Lo que se le hace a las abejas se nos hace también a nosotras, especialmente a las mujeres y las niñeces, por el uso del glifosato”, afirma.
Frente a ello, Suumil Móokt’aan apuesta por fortalecer el cuidado comunitario del territorio desde lo cotidiano. “Esa es nuestra fuerza” agrega. “Podemos hacer frente a estas empresas e industrias desde nuestra comunidad y no sentirnos solamente tristes por su avance, sino poder hacer algo, volver a la tierra, volver a estar en nuestros territorios de nuevo y no ser desplazados”.
Para Aguilar, proteger a las abejas no es solo conservar un insecto polinizador: es defender la memoria del monte, la vida comunitaria y la posibilidad de que las nuevas generaciones puedan seguir habitando sus territorios.
“Sabemos que las abejitas meliponas solo polinizan los árboles nativos”, concluye. “Cada vez que probamos una gota de esta miel, estamos probando la memoria del monte y de nuestro territorio. Eso es algo muy profundo: es un amor sin precedentes, revolucionario al mismo tiempo, porque nos involucra y nos conecta con el territorio”.
Ecuador: las mujeres abeja que curan a las comunidades
En la orilla del río Pastaza, en la comunidad de Wachirpas, territorio de la Nacionalidad Achuar de Ecuador, la vida de las abejas meliponas se entrelaza con la de las mujeres que las cuidan. Allí nacieron las Wapas Nuwa —“Mujeres abejas”—, una iniciativa comunitaria liderada por Jiyunt Uyunkar, que busca fortalecer la salud, los saberes ancestrales y la organización femenina a través del cuidado de las abejas y las plantas medicinales.
La historia de Uyunkar está marcada por una relación temprana con la medicina del bosque. De niña, recuerda, sufrió problemas respiratorios recurrentes que la llevaron constantemente al hospital. “Los médicos decían que tenía bronquitis, por lo cual mi padre siempre me llevaba al hospital en Taisha”, dice. Sin embargo, los tratamientos farmacológicos no lograron una mejoría.
Entonces su padre, chamán y médico tradicional de la comunidad, volvió a los conocimientos del bosque para atenderla: preparaba plantas medicinales y las combinaba con miel de abejas recolectada en la selva. “Me daba miel pura antes de dormir, mezclada con polen”, cuenta Uyunkar. Con el tiempo, esa medicina del territorio la ayudó a recuperarse, asegura.
Años después, ya adulta, Uyunkar comenzó a preguntarse cómo acercar las abejas a la vida cotidiana sin depender exclusivamente de la recolección en el bosque. A través de búsquedas en internet e intercambios con otras experiencias de meliponicultura, estableció contacto con un apicultor maya de México que llegó a su comunidad para compartir técnicas básicas de crianza en cajas.
Su iniciativa surgió también como respuesta a una preocupación creciente: el aumento de enfermedades en la comunidad —sobre todo en los niños que sufrían dolores de estómago o afecciones en las vías respiratorias—, a la par que presenciaba una pérdida progresiva de los conocimientos sobre plantas medicinales frente al avance de los medicamentos comerciales.
“Pensé que teníamos que hacer algo”, recuerda. Así, convocó a otras mujeres a reunirse alrededor de la guayusa, una planta tradicional amazónica que se bebe como práctica de reflexión y para la limpieza del cuerpo y la mente. Entre conversaciones cotidianas comenzó a tomar forma la idea de trabajar colectivamente con las abejas.
“Empezamos a conversar y, de chiste en chiste, fueron saliendo las preocupaciones: cómo estamos nosotras como mujeres, cómo nos sentimos de vivir en la comunidad y qué está pasando con el uso de nuestras plantas medicinales. Así fueron saliendo ideas”, dice Uyunkar. “Después de una conversación muy larga, les comenté que he pasado mucho tiempo soñando cómo podríamos trabajar con las abejas”.
De esa primera reunión nació Wapas Nuwa. En sus inicios, llegaron a organizar alrededor de 15 colmenas, cuidadas de manera rotativa por las mujeres del grupo. Sin embargo, durante la pandemia de Covid-19, cuando muchas de ellas enfermaron y tuvieron que pausar temporalmente sus actividades, perdieron a las abejas.
“Toda la comunidad cayó enferma. Había niños curiosos que abrieron las cajas y pasó lo que pasó. Perdimos nuestras colmenas y quedó solo una; eso para mí fue como una señal de que el camino sigue”, recuerda Uyunkar. “Esa colmena vive hasta ahora: se llama Wapas Nuwa y con ella retomé la iniciativa”.
Para 2021, las mujeres comenzaron a criar abejas en sus propios hogares, combinando el aprendizaje tradicional con técnicas más recientes de meliponicultura a través de un financiamiento de la organización Conservación Internacional Ecuador. Hoy reúne a alrededor de diez mujeres activas en distintas comunidades de la zona. Para Uyunkar, más que un proyecto productivo, Wapas Nuwa es un espacio de organización y sanación colectiva, donde la salud, la alimentación y el territorio están profundamente conectados.
En los últimos años, el trabajo del colectivo se ha trasladado a cuatro comunidades cercanas afectadas por enfermedades graves. Las mujeres de Wapas Nuwa han realizado recorridos para identificar plantas medicinales, preparar remedios y compartir conocimientos. En uno de esos encuentros, relata Uyunkar, la combinación de medicina tradicional y miel ayudó a mejorar rápidamente a varias personas enfermas.
Hoy Wapas Nuwa trabaja para lograr una infraestructura comunitaria propia: una casa que les permita compartir sus conocimientos, donde puedan procesar miel y plantas medicinales, con una bodega y una tienda local.“Desde Wapas Nuwa queremos enviar sabiduría y amor hacia la naturaleza y las abejas”, concluye. “No dejemos que se mueran; cuidar a las abejas es asegurar nuestra vida”.
Perú: una escuela de abejas nativas
Bajo la sombra de los árboles y junto a las huertas familiares de la comunidad nativa Boras de Pucaurquillo, en la cuenca del Ampiyacu, en Perú, pequeñas cajas de madera resguardan nidos de abejas que representan salud, alimento y una nueva fuente de ingresos para decenas de familias amazónicas.
Hace algunos años, Mélida Álvarez —lideresa indígena bora— comenzó a interesarse por las abejas al ver la dificultad que enfrentaban muchas familias para conseguir miel como alimento y medicina. En las comunidades, explica, la miel es utilizada para tratar la tos, los resfríos, dolores reumáticos y otras enfermedades comunes. “A veces había niños enfermos y era difícil encontrar miel en el monte”, recuerda.
La situación comenzó a cambiar cuando la organización Camino Verde llegó a la cuenca del Ampiyacu impulsando talleres sobre meliponicultura y manejo sostenible de abejas nativas. La propuesta despertó el interés de Álvarez, quien decidió aprender y compartir esos conocimientos con otras familias.
Así creó la “Escuela de Abejas Nativas”. Esta iniciativa comenzó a consolidarse en 2024 y actualmente trabaja con siete comunidades de la cuenca, principalmente con mujeres interesadas en criar abejas en sus casas. Mélida Álvarez aprendió a trasladar una pequeña porción de nidos desde troncos del bosque hacia cajas especialmente diseñadas para su manejo y conservación.
“Yo he tenido solo tres nidos sacados del monte”, explica. “Ahorita tengo doce nidos en mi huerta y ya no voy al monte a traerlos, porque las abejas también deben de estar en el monte, sin que nadie las moleste”. El proceso no solo ha facilitado el acceso a la miel, explica, sino que también ha reducido la presión sobre el bosque. Antes, encontrar un nido implicaba internarse durante días en la selva, cortar el tronco donde habitaban las abejas y transportarlo hasta la comunidad. Ahora, las familias pueden multiplicar los nidos desde sus propias huertas sin necesidad de seguir extrayéndolos.
Hoy, gracias al acompañamiento técnico y a una beca del Programa de Mujeres Indígenas de la Amazonía, de la organización Conservación Internacional Perú, las abejas se han reproducido y Álvarez calcula que existen entre 50 y 60 nidos distribuidos entre las comunidades, y al menos 18 familias cuentan con colmenas propias.
La crianza requiere paciencia y cuidados específicos. Las cajas deben permanecer bajo sombra para evitar que el calor obligue a las abejas a abandonar el nido y el proceso de cosecha puede tomar entre dos y tres meses. Cuando la miel madura, se extrae cuidadosamente con jeringas para mantener limpio el interior de la colmena. El resultado es un producto altamente valorado en la zona: una botella de miel pura puede venderse hasta por 250 soles, generando ingresos que ayudan a cubrir gastos familiares y necesidades básicas.
Para ella, las abejas son fundamentales no solo por sus propiedades medicinales, sino también porque sostienen la vida en el bosque. “Sin ellas no tendríamos frutas”, dice. “Ellas son las que hacen esos trabajos”.
El sueño de Mélida Álvarez es que más mujeres y familias puedan criar abejas nativas en sus huertas y alcanzar al menos cien nidos por comunidad. Mientras tanto, continúa recorriendo las localidades del Ampiyacu para enseñar lo aprendido y acompañar a quienes desean comenzar. “Hay que proteger a las abejas”, insiste. “Cuando las veo trabajando en las flores, yo las cuido porque son importantes para nuestra vida”.