Día Mundial de las Aves Migratorias: cada observación cuenta y la ciencia ciudadana es un pilar de la conservación
Este año el lema de la efeméride es: ‘Cada ave cuenta: tus observaciones importan’, una campaña global que resalta el papel de la ciencia ciudadana en el monitoreo y conservación de las aves migratorias. Experiencias en México, Colombia y Costa Rica muestran cómo los registros aportados por observadores locales y comunidades están ayudando a identificar refugios críticos, restaurar hábitats y orientar decisiones de conservación para aves migratorias en América Latina
Astrid Arellano / Mongabay Latam
Cada año, millones de aves cruzan continentes siguiendo rutas invisibles que conectan ecosistemas y países, ajenas a las fronteras humanas. En ese viaje enfrentan amenazas crecientes: pérdida de hábitat, cambio climático, contaminación e incluso colisiones con edificios que interrumpen su paso por las ciudades. En este contexto, el Día Mundial de las Aves Migratorias funciona como un recordatorio global de que su supervivencia depende de algo más que su resistencia: requiere acción colectiva y cooperación internacional.
En 2026, la conmemoración pone el foco en una idea tan simple como contundente: “Cada ave cuenta: tus observaciones importan”. El lema subraya el papel de la ciudadanía y las comunidades locales en la recolección de datos, hoy indispensable para comprender el estado de las poblaciones de aves, sus rutas migratorias y los factores que inciden en su declive o recuperación.
El llamado es claro: millones de observaciones pueden convertirse en conocimiento para proteger a las aves. Desde conteos en patios y parques hasta monitoreos a gran escala, estos registros —a través de plataformas como eBird e iNaturalist— convierten a las personas en actores de la conservación. Cada dato, por pequeño que parezca, alimenta bases que permiten mapear distribuciones, detectar cambios migratorios y orientar decisiones en política ambiental.
“El lema de este año —que cada registro cuenta— es quizás lo más importante”, señala Nick Bayly, director del programa de Ecología de Migración de SELVA, organización basada en Colombia. “No es necesario ir a un bosque o una reserva natural; se puede contribuir desde el parque del barrio, el jardín o el patio de casa”.
En un contexto donde las ciudades —con factores como la contaminación lumínica— afectan la migración, generar información desde los espacios donde vive la mayoría de las personas resulta clave, añade el especialista. “Incluso registrar dos o tres especies cerca de casa aporta datos valiosos para entender las amenazas que enfrentan las aves y detectar concentraciones inesperadas en entornos urbanos”, sostiene.
En Mongabay Latam conversamos con especialistas en México, Colombia y Costa Rica sobre los proyectos de ciencia ciudadana que están aportando a la conservación de las aves en América Latina.
Colombia: un plan basado en la ciencia ciudadana
Durante mucho tiempo, las aves migratorias que invernan en los Andes tropicales fueron un enigma para la conservación. Se sabía que millones descendían cada temporada Norteamérica hacia los bosques de elevaciones medias de Centro y Sudamérica, pero no estaba claro dónde se concentraban ni qué hábitats eran realmente clave para su supervivencia. Mientras tanto, algunas especies comenzaban a desaparecer silenciosamente.
Entre 2015 y 2016, esa incertidumbre impulsó a científicos y organizaciones a desarrollar un Plan de Inversión para conservar los bosques de elevaciones medias, utilizados por aves migratorias durante su temporada no reproductiva. Liderado por la organización colombiana SELVA junto a la red Partners in Flight, el esfuerzo se centró inicialmente en tres especies que atraviesan algunos de los declives más acelerados entre las aves migratorias terrestres del continente: la reinita de Canadá (Cardellina canadensis), la reinita cerúlea (Setophaga cerulea) y la reinita alidorada (Vermivora chrysoptera), que han perdido entre el 60 % y el 70 % de sus poblaciones.
“Reconocimos que todas estaban utilizando la misma ecorregión cuando migran hacia Centro y Sudamérica”, explica Nick Bayly, de SELVA. Con el tiempo, el enfoque se amplió más allá de las aves hacia el ecosistema completo: bosques andinos que regulan el agua, el clima y la erosión, y que también son refugio para numerosas especies amenazadas.
Con esa visión, el proceso de planeación reunió no solo a especialistas en aves migratorias, sino también a organizaciones locales, comunidades rurales y productores agrícolas vinculados a actividades como el café y el cacao bajo sombra. La idea era mostrar que incluso territorios transformados podían seguir funcionando como hábitat para las aves si conservaban árboles y fragmentos de bosque. “Son sistemas agroforestales que todavía pueden proveer recursos importantes para muchas especies”, explica Bayly.
Pero una de las piezas más importantes para construir el plan no surgió desde laboratorios ni expediciones científicas tradicionales, sino desde miles de observaciones ciudadanas en toda América Latina. Los datos registrados en eBird, la plataforma global de ciencia ciudadana para el monitoreo de aves, permitieron identificar con una precisión inédita dónde se concentran estas especies a lo largo de los Andes tropicales. En la actualidad, el plan une esfuerzos a lo largo de 12 países, desde Canadá, hasta Perú.
“Hace diez años la información era muy general; prácticamente se coloreaba todo el norte de Sudamérica”, recuerda Bayly. Hoy, con millones de registros y herramientas como eBird Status and Trends, es posible conocer elevaciones, abundancias y áreas prioritarias de conservación. Estos datos revelaron, por ejemplo, que Colombia alberga cerca del 50 % de la población global de la reinita de Canadá en temporada no reproductiva. “La ciencia ciudadana nos da una precisión antes imposible”, afirma el especialista.
Los datos de eBird no se quedaron en mapas ni modelos: en Colombia comenzaron a guiar decisiones concretas sobre el territorio. A partir del Plan de Inversión, SELVA cruzó zonas prioritarias para aves migratorias con áreas protegidas, resguardos y coberturas de bosque, identificando sitios clave que permanecían fuera del Sistema Nacional de Áreas Protegidas.
Uno de esos lugares apareció al sur del país: la Zona de Reserva Campesina La Tuna, ubicada en el municipio de Santa Rosa, en el departamento del Cauca. Los modelos construidos con datos de ciencia ciudadana indicaban que allí podía existir un hábitat crítico para especies como la reinita cerúlea, aunque los registros directos en la zona eran todavía escasos. La razón era simple: se trata de un territorio remoto, de difícil acceso y con muy poca presencia histórica de observadores de aves.
“El siguiente paso era verificar en terreno si realmente estaban presentes las especies focales”, explica Nick Bayly. Para hacerlo, investigadores de SELVA trabajaron junto a las comunidades locales, recorriendo los bosques de elevaciones medias que aún permanecen en pie. El esfuerzo implicó largas jornadas para alcanzar las zonas adecuadas, pero las observaciones terminaron confirmando lo que anticipaban los registros ciudadanos en eBird.
“Encontramos poblaciones impresionantes de reinita cerúlea”, recuerda Bayly. En campo observaron bandadas mixtas con hasta cinco o seis individuos a la vez, algo poco común por su declive poblacional. La evidencia confirmó que La Tuna es un hotspot de aves migratorias en los bosques andinos.
A partir de ese trabajo conjunto con las comunidades, el proyecto avanzó hacia acciones concretas de conservación. A finales de 2024 se apoyó la creación oficial de la Zona de Reserva Campesina La Tuna, de 3500 hectáreas. Además, mediante un proceso de zonificación participativa, las comunidades acordaron destinar cerca de 18 000 hectáreas de bosques de elevaciones medias a conservación estricta.
México: conservar a las aves migratorias en la frontera
En la región fronteriza entre México y Estados Unidos, una pequeña ave migratoria ha encontrado un punto clave que le sirve como escala, refugio y sitio de anidación dentro de la larga ruta del Pacífico. La golondrina risquera (Petrochelidon pyrrhonota), una de las especies de golondrina más abundantes del continente, ha llamado la atención de observadores de aves por su presencia constante y su comportamiento reproductivo. En Rancho Bonito, una comunidad ubicada en Ensenada, Baja California, recientemente se registró una concentración masiva con un conteo estimado de 400 individuos.
“Un detalle muy curioso es que Rancho Bonito ofrece todo lo que la golondrina requiere”, explica Carlos Adrián Ceceña, gestor ambiental y coordinador del Programa de Aves Urbanas (PAU) de Ensenada. En el lugar se ha observado a las aves recolectando lodo y barro de una represa cercana y de un pequeño arroyo, materiales clave para la construcción de sus complejos nidos. “Hay indicios de que están anidando ahí y que no se trata solo de un sitio de paso para alimentarse”, añade.
Este hallazgo se enmarca en el BioBlitz de la Frontera, una iniciativa de ciencia ciudadana que busca registrar la mayor cantidad posible de especies —no solo de aves, sino también de flora y fauna en general— dentro de una franja de 15 kilómetros a ambos lados de la frontera. El proyecto es coordinado por la Nueva Generación de Investigadores del Desierto Sonorense (N-Gen), Botanical Community Development Initiatives (BCDI) y el San Diego Natural History Museum, junto con más de 40 organizaciones aliadas.
Desde 2018, ha acumulado más de 143 000 observaciones de más de 6600 especies, gracias a la participación de comunidades que documentan la biodiversidad mediante plataformas como iNaturalist y eBird, donde las personas pueden registrar avistamientos de aves, subir fotografías, identificar especies y compartir la ubicación de sus observaciones. Más allá de los datos, esta iniciativa propone entender la frontera como un territorio de intercambio ecológico y colaboración científica, donde registrar la biodiversidad también es una forma de comprenderla y defenderla.
“El BioBlitz busca recopilar datos para llenar los vacíos de información que hay en muchas áreas”, explica Ceceña. “Por eso es importante que haya más ojos en todos lados; es una invitación a la población en general para que haga aportes a la ciencia. Finalmente, son datos muy valiosos que muchos investigadores pueden utilizar para sus estudios y estrategias de conservación”.
Durante la jornada de observación ciudadana del 25 de abril de 2026 en Rancho Bonito, se documentaron varios grupos de 15 a 25 golondrinas risqueras separados por muy pocos metros. Las aves fueron vistas recolectando lodo y arcilla, construyendo nidos adheridos en viviendas y estructuras cercanas. El sitio combina cañones y formaciones rocosas con cavidades aptas para la nidificación, además de agua permanente que sostiene la cadena de insectos de la que dependen. Este mosaico de pastizales, matorrales, cactáceas y zonas arboladas convierte a Rancho Bonito en un punto de alta diversidad biológica.
Sin embargo, este entorno enfrenta crecientes presiones por el desarrollo urbano y los proyectos de infraestructura en la región. Ceceña advierte que una de las principales amenazas es un proyecto carretero actualmente en debate público y con una consulta ciudadana programada para este mes, que contempla el desmonte de 96 hectáreas, incluidas zonas cercanas a la represa y el riachuelo donde se concentra la actividad de las aves.
Para el gestor ambiental, iniciativas como el BioBlitz de la Frontera permiten que más personas comprendan el valor de estos ecosistemas y sus servicios ambientales. “Si la gente conoce lo que tiene y participa en protegerlo, quizá las leyes también puedan cambiar en el futuro”, concluye. “Por eso es importante que todos nos involucremos y sigamos generando información”.
Costa Rica: ciencia ciudadana para proteger los hábitats
En las montañas húmedas de Costa Rica, la reinita cerúlea (Setophaga cerulea) se ha convertido en un indicador de un ecosistema bajo presión. Cada año recorre miles de kilómetros desde Norteamérica para invernar en bosques de elevación media, hoy fragmentados por la expansión agrícola, la ganadería y la pérdida de cobertura forestal.
La historia del proyecto que hoy busca protegerla comenzó en 2006, con una observación inesperada. Ernesto Carman, fundador de la Asociación Ambiental Cerúlea, realizaba conteos en la Reserva Las Brisas, ubicada en las laderas del volcán Turrialba, cuando encontró algo inusual: 13 reinitas cerúleas alimentándose juntas en una bandada mixta. Hasta entonces, la especie era considerada rara y escasa en Costa Rica. “Llamé a mi mentor y me dijo: ‘Tuviste mucha suerte, seguramente una tormenta en el Caribe las sopló hacia tierra’”, recuerda Carman. Pero el patrón se repitió año tras año. “Cuando ocurrió tres veces seguidas, ya no era accidente”, recuerda.
A partir de ahí, los registros se transformaron en un esfuerzo colectivo. Se organizaron conteos abiertos con participantes de distintas partes del país, recorriendo fincas y caminos para buscar la especie. El salto llegó cuando el proyecto comenzó a colaborar con SELVA y el Corredor Neotropical de Aves Migratorias, así los monitoreos incorporaron metodologías estandarizadas que terminaron confirmando lo que los observadores ya intuían: aquella zona era uno de los sitios más importantes para la reinita cerúlea durante su migración otoñal hacia Sudamérica.
Gran parte de esa evidencia quedó registrada en eBird. Para Carman, la herramienta fue decisiva para darle visibilidad internacional a lo que ocurría en Costa Rica. “Permitió visibilizar todas esas observaciones que estábamos realizando en la zona y que luego otras personas comenzaron a hacer también”, explica. “Si hablamos de ciencia ciudadana, eBird es una plataforma vital”.
Pero mientras los datos crecían, también se hacía evidente el deterioro del paisaje. Aunque la Reserva Las Brisas seguía siendo un refugio clave, gran parte del entorno había sido transformado por monocultivos de banano y piña, ganadería y expansión urbana. “No queríamos quedarnos solo en decir que era un sitio importante”, dice Carman. “Queríamos usar esos datos para mejorar el hábitat”.
Así nació el Corredor Azul, una iniciativa de restauración y trabajo comunitario que hoy abarca cerca de 300 kilómetros cuadrados. El proyecto promueve viveros de especies nativas, restauración ecológica y acuerdos con propietarios para recuperar zonas usadas por la reinita cerúlea y otras especies migratorias. Muchas de las plantas cultivadas provienen de árboles donde las aves fueron observadas alimentándose.
“La reinita cerúlea fue la especie clave, el enganche para atraer atención y recursos”, explica Carman. Pero el objetivo pronto se amplió hacia la protección integral del ecosistema, incluyendo especies residentes amenazadas como el guacamayo verde, anfibios y mamíferos como el tapir y el jaguar.
La participación comunitaria se volvió central en el proceso. A través de actividades de educación ambiental y jornadas de observación de aves, el proyecto comenzó a involucrar a niñas, niños, productores rurales y voluntarios. “La educación ambiental es la herramienta para abrir los ojos”, dice Carman. “Muchas personas creen que para ver especies impresionantes tienen que irse muy lejos y de repente descubren que están en su propio patio”.
Ese trabajo también permitió consolidar una reserva dentro del Corredor Azul. En febrero de 2026, la Asociación Ambiental Cerúlea adquirió 81 hectáreas de bosque en Guayacán de Siquirres, gracias al apoyo de donantes y al financiamiento gestionado por el equipo. Ese primer terreno dio origen a la Reserva Natural Cerúlea, concebida como la base de un proyecto de conservación a largo plazo. Ahora, la organización impulsa una campaña de recaudación de fondos destinados a adquirir una finca vecina de 57 hectáreas para expandir la reserva y proteger un mayor territorio.
Para Carman, una de las mayores fortalezas de la ciencia ciudadana es su capacidad de ampliar el alcance del monitoreo con recursos limitados. “Si fuéramos solo nosotros, necesitaríamos años para cubrir el territorio”, explica. En una región donde la pérdida de hábitat sigue siendo la principal amenaza, estos proyectos apuestan por algo más que datos: construir un sentido de pertenencia.