Artemis. La misión que llevará a la primera mujer a la Luna está por despegar

Animal Político
31 marzo 2026

La misión con la primera astronauta en orbitar nuestro satélite está a punto de despegar. Una historia de promesas y récords, cuando parecía que el camino (espacial) no estaba hecho para ti

Hay conversaciones que te cambian sin avisar y te hacen imaginar un futuro en el que la humanidad se transforma. A mí me ocurrió en octubre de 2019, dentro de una sala de conferencias nada espectacular, con aspecto de cualquier edificio burocrático de gobierno, incluida una alfombra cuyo desgaste hacía suponer varias décadas de uso.

Era de las pocas periodistas latinoamericanas acreditadas en aquel briefing de prensa en la sede central de la NASA en Washington D.C., donde se llevaba a cabo el Congreso Internacional de Astronáutica. Frente a nosotros, personal de la agencia hablaría de un programa que acababa de recibir su nombre oficial ese mismo año: Artemis.

Lo que dijeron me dejó congelada: la próxima misión tripulada a la Luna ocurriría en la próxima década y llevaría, por primera vez en la historia, a una mujer. Esa era la razón del rimbombante nombre del programa espacial, alusivo a la mitológica hermana gemela del espacialmente célebre Apollo.

Aquel anuncio me provocó un inevitable nudo en la garganta, como cuando presientes que uno de tus sueños más grandes está por cumplirse. La brecha de género en la historia de las hazañas espaciales es rotunda y Artemis prometía algo de justicia.

Lo más emocionante era que se trataba de una confirmación oficial en el centro de control mundial de la NASA y no de una nota de prensa que leía por ahí sobre un posible plan a futuro. Artemis tenía presupuesto, un cronograma y el peso institucional de la agencia espacial más poderosa del mundo.

Salí de aquella sala pensando en una cifra: 12.

Doce hombres habían pisado la Luna entre 1969 y 1972. Los doce, blancos y de nacionalidad estadounidense. En los años que siguieron, ese famoso “pequeño paso para el hombre” —frase célebre de Neil Armstrong en 1969 al pisar la Luna— en realidad nunca se tradujo en un “gran salto para la humanidad”...en su conjunto.

Hoy, casi siete años después de aquel briefing en Washington D.C., me encuentro a solo unas horas de estar en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Cabo Cañaveral, Florida, para atestiguar con mis propios ojos un avance histórico en el cumplimiento de esa promesa.

Christina Koch: la mujer que ya cambió la historia antes de llegar a la Luna

De aquella sala salí con una pregunta que no me dejó en paz durante meses: ¿quién iba a ser esa primera mujer en viajar a la Luna?

En 2019 había varias candidatas en el cuerpo de astronautas de la NASA, pero ninguna con el historial que estaba construyendo una ingeniera de Carolina del Norte que en ese mismo momento estaba orbitando la Tierra a 400 kilómetros, como parte de la expedición 61 de la Estación Espacial Internacional. Esa astronauta había participado en hitos que la harían convertirse en ícono de las mujeres en la ciencia.

No es necesario buscar demasiado para entender por qué Christina Koch está en esta misión. Todo empezó con un póster.

En 1968, el astronauta Bill Anders tomó, desde la cápsula del Apollo 8 —la misión que sería la versión gemela de Artemis II dentro del programa Apollo— una fotografía de la Tierra vista desde el espacio que hizo historia.

Once años después nació Christina Koch, que de niña tenía colgado un póster con esa imagen en su cuarto. Fue entonces cuando decidió que quería ser astronauta, lo que no imaginó es que sería la primera mujer en hacer el mismo recorrido de la foto que tanto le emocionaba.

Lo que siguió fue una carrera construida con una lógica particular. Koch decía que no iba a vivir según una lista de verificación. Así que después de estudiar ingeniería eléctrica y física en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, en lugar de tomar el camino más directo a la NASA, se fue a la Antártida.

Pasó temporadas en la estación Amundsen-Scott del Polo Sur, en uno de los entornos más hostiles del planeta, formando parte de equipos de rescate en el océano y el glaciar. Aprendió a sobrevivir en el aislamiento. A confiar en sus compañeras y compañeros. A funcionar cuando el margen de error es cero.

En 2013 fue seleccionada astronauta entre más de 6 mil aspirantes. Y en marzo de 2019, el mismo año en que yo escuché aquel briefing en Washington, despegó hacia la Estación Espacial Internacional. Me pregunto si imaginaba o sabía, ya en ese momento, que cambiaría la historia para siempre.

Se quedó 328 días. Estableció el récord de la mujer que más tiempo ha permanecido en el espacio en un solo vuelo, superando los 289 días de Peggy Whitson. Y en octubre de ese mismo año, precisamente horas antes de que yo escuchara sobre Artemis, protagonizó junto a Jessica Meir la primera caminata espacial conformada únicamente por mujeres.

El detalle de que por fin se haya roto ese techo espacial de cristal no es menor: los trajes espaciales de la NASA fueron durante décadas diseñados con el cuerpo masculino como referencia. La infraestructura del espacio en su conjunto fue pensada y hecha, literalmente, pensando en “ellos”.

Durante sus seis caminatas espaciales, Koch acumuló 42 horas y 15 minutos en el vacío.

Cuando le preguntaron qué sentía al convertirse en la primera mujer en orbitar la Luna, Koch respondió dirigiéndose al público: “La pregunta es si ustedes están emocionadas, porque vamos a llevar todas sus aspiraciones y sueños con nosotros.”

Medio siglo mirando la Luna desde lejos

Hay una frase del último hombre que pisó la Luna que quedó grabada en los registros de la NASA. Era el 14 de diciembre de 1972 y el comandante Eugene Cernan, antes de subir al módulo que lo llevaría de regreso a la Tierra, dijo: “nos vamos como vinimos y, si Dios quiere, como volveremos: con paz y esperanza para toda la humanidad.”

Lo que Cernan llamó “un futuro no muy lejano” se convirtió en más de cincuenta años de ausencia.

La explicación más honesta la dio John Logsdon, exdirector del Space Policy Institute de la Universidad George Washington: “el programa Apollo no era sobre ir a la Luna. Era sobre demostrar el liderazgo tecnológico de Estados Unidos.” Una vez probado, la urgencia desapareció. En 1966, la NASA había recibido casi el 4.5 % del presupuesto federal estadounidense, unos 5 mil 900 millones de dólares de entonces. Después del Apollo 11, el apoyo político y social comenzó a decrecer. La guerra de Vietnam, los ajustes fiscales y la percepción de que “ya se había logrado el objetivo” llevaron al Congreso a recortar el presupuesto. Las misiones Apollo 18 y 19 fueron canceladas oficialmente.

Entre 1977 y 1990, hubo muy pocas misiones robóticas cuyo propósito fuera estudiar la Luna. El satélite fue casi abandonado para dar prioridad a misiones no tripuladas que exploraban otros rincones del Sistema Solar. La Luna dejó de ser un destino y se convirtió en un escenario del pasado.

Durante treinta años, distintos gobiernos comenzaron a desfinanciar a la NASA. El fin de la Guerra Fría, que había impulsado la carrera espacial, corrió el eje: ya no había adversario que vencer, ya no había bandera que plantar en suelo lunar antes que nadie. Lo que había sido el mayor esfuerzo tecnológico de la historia humana quedó reducido a exhibiciones en museos y fotografías en libros de texto.

Artemis: cuando la Luna volvió a tener nombre propioLos intentos de regresar no tardaron en llegar, pero tampoco en naufragar. Cada administración presidencial en Estados Unidos modificó las prioridades de la NASA, cancelando o reformulando proyectos lunares. Ir a la Luna implica inversiones multimillonarias, planificación a largo plazo y estabilidad presupuestaria y esa combinación rara vez sobrevive los cambios de gobierno.

Lo que hoy conocemos como Artemis tomó forma concreta en diciembre de 2017, cuando el presidente Donald Trump en su primer periodo firmó la Space Policy Directive 1, que ordenó a la NASA priorizar el regreso a la Luna con socios comerciales e internacionales.

Pero Artemis no es solo un nuevo intento de hacer lo mismo. A diferencia del Apollo, no busca solo plantar una bandera, sino establecer una presencia humana sostenible: infraestructura para estancias prolongadas, colaboración con empresas privadas, aliados internacionales. Y en el fondo, hay una nueva tensión geopolítica que lo acelera: China avanza con su propio programa lunar, lo que ha reactivado una carrera espacial con tintes distintos a los de la Guerra Fría, pero con la misma lógica de fondo.

Esta vez, sin embargo, hay algo que Apollo nunca tuvo: una tripulación que no se parece a las doce de siempre.

Además, la NASA ha emprendido una activa campaña mundial para invitar a todas las naciones a formar parte de esta misión. México firmó los Acuerdos de Artemis en 2021, siendo el primer país de América Latina en hacerlo y el número 14 del mundo. A la fecha, más de 60 los han firmado.

Artemis II: qué es y qué está a punto de ocurrirLa primera vez que vi la nave Orión, donde 4 astronautas pasarán alrededor de 10 días probando la “carretera” a la Luna, fue en 2018 en el Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston, Texas, de la mano de Juan Carlos López, un mexicano que en ese momento trabajaba en su diseño.

La tripulación decidió ponerle a la nave un nombre inspirador: Integrity. En esta travesía que está por comenzar, no aterrizarán en la Luna, pero no por eso es un proyecto menor. Artemis II es una misión de verificación: el viaje trazará un arco alrededor del lado oculto de la Luna, llegando a unos 7 mil 400 kilómetros más allá de su superficie, la distancia más lejana a la que los seres humanos habrán viajado jamás.

El camino no ha sido sencillo. Hace unos días, Luis Saucedo, el ingeniero mexicano que es el jefe a cargo de Orión, me contó que después del vuelo de Artemis I, el escudo térmico sufrió daños inesperados, los cuales han sido corregidos. Y en esta nueva fase de la misión, el cohete ya tuvo que regresar al hangar. Una fuga de hidrógeno líquido durante el ensayo del conteo regresivo en febrero obligó a posponer la misión, y luego un problema con el flujo de helio provocó otro retraso. Cada aplazamiento ha sido una prueba de que la NASA no se apresura. Esta vez quieren hacerlo bien, porque Artemis II es la primera misión tripulada al espacio profundo desde el Apollo 17 en 1972.

El cohete SLS con la nave Orión llega al pad de lanzamiento 39B en el Centro Espacial Kennedy, el mismo lugar desde donde despegó el Apollo 11 hace más de medio siglo. Esta vez, la tripulación no se parece a la de entonces.

Una tripulación de primicias

Además de Koch, en la nave Integrity irán también Reid Wiseman como comandante; Victor Glover, quien será el primer hombre afroamericano en viajar hacia la Luna; y Jeremy Hansen, el primer canadiense y primer no estadounidense en hacer el viaje.

La tripulación es, en sí misma, un argumento. Apollo fue producto de la Guerra Fría: dos superpotencias compitiendo en blanco y negro, con la humanidad como audiencia. Artemis intenta contar otra historia. O al menos, ensayarla. ¿Cómo podemos ir juntos? ¿Quién más tiene espacio en el espacio?

Por qué importa más allá del coheteLa exploración espacial siempre ha reflejado quién tiene el poder de soñar en grande. Durante décadas, ese privilegio fue estrecho: hombres, blancos, estadounidenses o soviéticos. De las poco más de 600 personas que han ido al espacio en misiones orbitales, solo alrededor de 80 han sido mujeres. El número habla por sí mismo.

Artemis no es solo una misión técnica. Es también una redefinición de a quién pertenece el futuro. Los trajes se están rediseñando. Los protocolos médicos se están repensando para cuerpos que no son el cuerpo masculino estándar. La composición de las tripulaciones está cambiando. Son avances imperfectos, lentos, insuficientes todavía. Pero son reales.

En horas, estaré en el Centro Espacial Kennedy viendo despegar el cohete operativo más poderoso que tiene la humanidad. Y estaré pensando en aquella sala de conferencias nada espectacular en Washington en 2019; en la funcionaria que dijo que la primera mujer iría a la Luna y en cómo sonó eso entonces: a promesa enorme, casi inverosímil.

La promesa tiene nombre y será cumplida. Se llama Christina Koch. Y lleva consigo —dice ella— todos nuestros sueños.

Texto: Ana Cristina Olvera Peláez. Es periodista y divulgadora científica especializada en ciencia, tecnología y exploración espacial.