Entre carreras y sonrisas, Mariana encontró su vocación docente transformando el juego en aprendizaje

Carlos Robles
15 mayo 2026

La docente considera que el movimiento y el juego ayudan a niñas y niños a desarrollar confianza, autonomía y habilidades para la vida cotidiana

MAZATLÁN._ Mientras niñas y niños corren, saltan y ríen en la explanada escolar, la maestra Mariana Hernández Victorino observa cada movimiento con atención.

Para ella, la educación física en preescolar es más que poner a los pequeños a hacer ejercicio, representa una oportunidad de acompañarlos en una etapa para descubrir sus emociones, desarrollar la confianza y conocer las capacidades de su propio cuerpo.

Con una voz firme, pero cercana, Mariana, docente del Jardín de Niños Eloísa Aguirre del Valle, dirige dinámicas y juegos que, aunque parecen simples, tienen detrás una intención educativa, pues cada carrera, salto o actividad, busca fortalecer la motricidad, pero también la convivencia, la seguridad y la autonomía de los niños en sus primeros años de formación.

Detrás de esta energía existen 12 años dedicados a la docencia y 7 dentro del nivel preescolar, iniciando Mariana su historia en el área de natación en colegios privados, para saltar al sistema escolar de manera formal en el año 2018, incorporándose en nivel kínder, llevando desde entonces consigo la idea de que los niños aprendan mientras juegan.

“Siempre busco que el niño se divierta aprendiendo, que no sienta que el aprendizaje viene solamente de las letras o de los números, sino de una experiencia divertida a través del juego”, comentó.

“El niño de preescolar quiere sentirse escuchado, quiere sentirse presente y acompañado por el adulto. Busca sentirse cómodo y sentirse abrazado”.

Al inicio, recuerda haber enfrentado el nerviosismo propio de sus primeras clases, donde más allá de organizar actividades, el verdadero reto fue aprender a comunicarse con niños pequeños que apenas empiezan a relacionarse fuera de casa.

Con el paso del tiempo, entendió que, en preescolar, los alumnos necesitan sentirse escuchados, acompañados y seguros.

“Al principio sí me daba miedo saber utilizar las palabras correctas para que los niños me entendieran, porque en preescolar los pequeños son otro reto completamente distinto. Con el tiempo aprendes su idioma y aprendes también a dirigirte con más seguridad hacia ellos”, declaró.

Para Mariana, la educación física suele ser vista únicamente como recreación, cuando en realidad ayuda a que los niños aprendan a moverse con intención y a resolver situaciones de la vida cotidiana.

Desde cruzar un obstáculo, hasta coordinar movimientos simples, cada actividad forma parte de un aprendizaje integral que impacta en su desarrollo, por lo que considera que el patio escolar funciona como un espacio emocional, donde muchos niños buscan sentirse comprendidos, sobre todo en una etapa donde aún dependen mucho del acompañamiento adulto.

“El niño viene sabiendo caminar y correr, pero no sabe con qué intención hacerlo. En preescolar aprende a moverse con intención y a resolver situaciones de la vida cotidiana. La educación física en preescolar se basa mucho en aprender jugando. Nosotros trabajamos jugando y nos pagan por jugar”, expresó.

“El niño siempre quiere descubrir cosas, conocer sus capacidades y sentirse más capaz. Retarlos con actividades para ellos es divertido y el aprendizaje viene dentro del juego”.

Aunque asegura que nunca hubo un momento exacto en el que decidió convertirse en maestra, Mariana recuerda que desde pequeña encontraba en el movimiento y el deporte una parte importante de su personalidad.

Fue durante su etapa de secundaria cuando descubrió que la educación física podía convertirse en su camino de vida, y sin venir de una familia de docentes, decidió abrirse paso por su propia cuenta, impulsada por el gusto de trabajar con niñas y niños para enseñar a través del movimiento.

“Desde la secundaria yo creo que fue cuando dije ‘esto puede ser para mí’. Quería ser maestra de educación física, aunque en ese tiempo muchos lo catalogaban como una carrera para hombres y éramos muy pocas mujeres las que seguíamos ese camino”, expresó.

Para Mariana, parte de su sensibilidad como docente proviene de los recuerdos de sus propios maestros, de quien aún conserva enseñanzas, canciones y formas de dirigirse a los alumnos, además de lo que ha podido aprender de sus compañeras educadoras.

Por otro lado, el ser madre de una bebé de 9 meses le ha permitido comprender todavía más el papel afectivo que desempeñan las docentes durante la infancia, sobre todo en etapas como el preescolar.

“Siempre hay algo que aprenderle a otros maestros. Hay maestras muy buenas para hablar con los niños, otras muy maternales, y trato de llevarme un poco de cada una a mi trabajo”, comentó.

Finalmente, para este Día del Maestro, Mariana reconoce que la docencia implica sacrificios y largas jornadas, pero asegura que pocas profesiones permiten vivir momentos tan genuinos como los que ocurren diariamente en un jardín de niños.

De tal forma que, entre juegos, carreras y palabras de aliento, la docente confirma cada día que hizo bien en elegir el enseñar desde el movimiento, pero, sobre todo, desde el corazón.