Mazatlán se rebeló al miedo por medio de la diversión: el desfile y su comunión con la libertad
El tradicional desfile del Carnaval siempre saca lo mejor de los mazatlecos. Esta vez, además, mostró una comunión profunda con sus raíces y con la realidad que hoy atraviesa Sinaloa
Los plebes andaban corriendo entre los carros alegóricos cuando todavía faltaba una hora para que arrancara el desfile. Puro grito, carcajada y el retumbar en el pecho cada vez que sonaba la tambora. Uno me echó un chorro de burbujas en la cara y salió muerto de risa. Ya que.
Todo empezó a la altura de los “monos bichis”, no había pierde. Las reinas caminaban por el malecón con sus vestidos onerosos y brillantes; al ver la cámara, regalaban una sonrisa sincera pero espectacular, de esas que solo presumen las mujeres sinaloenses. Desde temprano, las sillas ya estaban apartando lugar, práctica odiosa para algunos, pero también tradición de toda la vida. Esta vez nadie hacía corajes. Eran miles los asistentes; tantos que se perdían en el horizonte.
Imposible no pensar en el contexto de seguridad. Los marinos desfilaban entre la multitud con sus fusiles y hasta un cañón antidron. Es el precio de la paz en estos tiempos. Aun así, el ambiente no perdió lo relajado: hasta ellos sonreían ante el desmadre de los plebes.
El desfile arrancó con el “Corrido de Mazatlán”, esa pieza que compuso José Alfredo Jiménez y que aquí suena distinto cuando la tambora y la tuba retumban su identidad en las entrañas. Ahí iban los carros alegóricos, y con ellos parecía irse también el dolor y las penurias.
Sí, Sinaloa está de la chingada en muchos sentidos. La violencia pesa y todos los días se le exige a quienes deben cuidarnos que hagan su trabajo. Pero los mazatlecos, y los turistas que ya se sienten en casa, encontraron en la diversión una forma de rebelión. Tomaron las calles, volvieron a adueñarse del malecón y de su risa. Porque nadie nos puede quitar el sueño de sentarnos junto a las palmeras con una cubeta de heladas al pie y dejar que las lentejuelas y las luces del Carnaval nos iluminen la cara.
En medio de la fiesta también hubo espacio para la memoria. Un pequeño grupo de buscadoras salió con la frente en alto y más alto todavía el rostro de sus desaparecidos. Caminaron al frente, sabiendo que incomodan, que duelen, que recuerdan lo que muchos quisieran olvidar. Per el pueblo se levantó para aplaudirles. Fue un aplauso sincero, valiente. Algunas lloraron, de emoción o de dolor, quién sabe; pero después de tantos años caminando solas, fueron arropadas por la cara más noble del sinaloense, ese que no deja de bailar, pero tampoco suelta la mano de una madre que perdió todo cuando su hijo no volvió a casa.
Con el corazón apachurrado por esa escena, seguí avanzando hasta toparme con un carro que derrochaba identidad: una gaviota monumental que se recortaba contra el púrpura del atardecer mazatleco. Luego apareció la reina Anahí I, imponente, en una especie de catedral brillante acompañada de tamboras y música regional. El saludo desde las alturas desató gritos y aplausos en todo el malecón.
En los rostros se veía un júbilo sin poses, una risa amplia y el calor de un pueblo que no se rinde. Los más plebes miraban con los ojos como platos la espectacularidad de la máxima fiesta del Pacífico; los más viejos se deshacían en recuerdos al ver pasar su historia y añoranzas frente a ellos.
Hoy quedó claro que la revolución también puede empezar bailando en la calle. Que se puede gozar y, al mismo tiempo, reconocer las luchas que siguen abiertas. Mazatlán gritó al unísono con sus bandas que quiere paz, pero no está dispuesto a soltar su identidad. Y entre tamboras, luces y carcajadas también grité junto a la banda el gran orgullo de ser de Mazatlán.