¿Y si sí?: ¡ya merito! Crónica de una ilusión que hizo descansar a México
El Mundial 2026 regaló a México una pausa necesaria para su enojo cotidiano. Entre la euforia desbordada en el Estadio y la pasión que pintó las calles de verde, la dolorosa eliminación ante Inglaterra dejó una certeza incómoda: el país aún es capaz de unirse, abrazarse y compartir una alegría masiva sin revisar ideologías políticas
Esta es la crónica nacional de una tregua rara. El futbol como detonador y México —con sus heridas, sus comerciantes, sus multitudes y sus desaparecidos— como verdadero protagonista.
México perdió y, como suele ocurrir con las grandes ilusiones nacionales, no se desplomó poco a poco: se cayó de golpe, con dos goles en dos minutos, esa forma tan británica y tan cruel de recordarnos que la puntualidad inglesa también puede ser una forma de la tragedia. No fue una derrota deportiva: fue el regreso intempestivo de la realidad, esa señora que había estado esperando afuera del Estadio Azteca con los brazos cruzados. ¿Y si sí? Ya merito.
El Piojo Alvarado corrió como si quisiera alcanzar una explicación; Quiñones peleó cada pelota como quien se niega a entregar la fe; Jiménez sostuvo el oficio hasta donde alcanzó; Gilberto Mora jugó con esa insolencia limpia de quien lo único que tiene es futuro... de quien todavía no conoce el miedo; y el Tala Rangel, testigo de una portería que jamás perdió la dignidad. Así haya perdido una noche.
México iba ganando en cuatro partidos previos, sin un solo gol en contra y, por primera vez en muchos años... todos los que cada quien tenga de edad, el país no supo qué hacer con tanta felicidad junta. No era una victoria deportiva: fue una suspensión provisional de la intemperie. Durante 90 minutos, cinco partidos, México gritó esa pregunta que ya reemplazó a la ola de 1986 y a la Chiquitibum anunciando chelas... Carta Blanca: ¿y si sí?
Al iniciar el partido ‘tuitazo’ de la Presidenta Sheinbaum: “Desde Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México. ¡Vamos México!” Diez horas antes... a las diez de la mañana, antes de que la euforia tomara posesión de todas las banquetas, las madres buscadoras marcharon de la Estela de Luz a la Glorieta de las y los Desaparecidos. “No estamos contra el Mundial... aunque causemos incomodidad... sólo queremos ser escuchadas”. Y ahí estaba para ellas y los suyos la frase más importante del día. No en la tribuna ni en el vestidor. El rencor descansó. El dolor, no.
Nos vimos una y otra vez desde un dron: Reforma vista desde arriba, las multitudes detrás de las alas del Ángel de la Independencia... que es Ángela... la Victoria Alada, y que desde el amanecer tuvo cerrados los ojos. Preparándose para la la euforia si ganaba México... para la furia si perdía. Las autoridades hablaron de orden, operativos, cortes viales, contención. Veníamos de cuatro muertos por asfixia en la colonia Juárez, de la alegría convertida en avalancha, de la fiesta con vocación de estampida. México celebra como si escapara de algo. A veces escapa.
Televisa y Azteca salieron a hablar con la gente. Le ponen micrófono. La emoción es rating. Seis horas antes del partido ya circulaban por calles y plazas personas con tanta esperanza como si la esperanza se vendiera en semáforos. En balcones, bares, avenidas, azoteas, mercados, camellones: todo era verde. Oficial o pirata. Al diablo con las amenazas de macromultas contra los changarros que transmitieran futbol; al diablo con perseguir la playera verde de fayuca... la que no deja regalías a la FIFA pero sí le deja identidad a quien no puede pagar la original. Si la alegría viene en clon, que pase. Ya bastante original nos salió la tristeza.
La política no existió. Y, hay que decirlo, fue su mejor aportación. Ningún político/a podrá colgarse la medalla de la victoria ni, mucho menos, la de la alegría de millones. Está en su naturaleza. Lo más decente que hicieron fue no estorbar.
Ironía británica. El Reino Unido fue la primera potencia europea en reconocer la Independencia de México; en 1826 firmamos el Tratado de Amistad, Navegación y Comercio. Doscientos años exactos después, durante 90 minutos no hubo amistad ni navegación. Comercio sí. Muchísimo. Pero parecía deporte. Y conviene no olvidar que el futbol entró a México por los mineros ingleses de Pachuca, Hidalgo, con aquel Pachuca Athletic Club de 1892. Nos trajeron el juego, y hoy vinieron a cobrarnos la patente. Les pagamos con ruido. Y tres goles.
Por aquí han pasado ingleses queridos: Rod Stewart en 1989; David Bowie en 1997; The Rolling Stones en febrero de 1998; Paul McCartney siete veces desde 1993 hasta 2024, con su misa laica del Zócalo en 2012; Dua Lipa; Elton John en tres visitas; Tim Roth; Elizabeth Taylor, que vino en 1963 a encender La noche de la iguana; Daniel Craig, que convirtió a la capital en escenografía de espías y desfile de Día de Muertos. Hoy vinieron Harry Kane, Jude Bellingham, Bukayo Saka, Declan Rice, Pickford y Marcus Rashford. A ellos les tocaron serenatas en Santa Fe y abucheo masivo al pisar el Azteca. Ojalá queden con ganas de regresar, no como Freddie Mercury, abucheado en Puebla en octubre de 1981. Queen suspendió la gira mexicana y decidió que nunca volvería.
La grandeza de Javier Aguirre en este Mundial no está en haberle prometido al país una fantasía, sino en haberle devuelto seriedad a una ilusión. No vendió humo, no se disfrazó de profeta, no intentó convertir una cancha en programa de gobierno. Condujo a México con oficio, carácter y una rara virtud nacional: sentido de realidad. Su frase lo resume mejor que cualquier elogio: “No arreglamos los problemas de un país, sólo jugamos futbol”. Y sin embargo, durante varios días, lo hizo jugar como si todavía fuera posible creer en algo sin sentirse ingenuo.
No se arreglaron los desaparecidos, ni la violencia, ni el inmundo y paupérrimo debate público convertido en fonda de insultos... de un lado y del otro, ni el golpeteo político, ni la rabia de todos contra todos. Pero algo ocurrió: el país dejó descansar su enojo cotidiano. Como en una pausa de hidratación.
El Mundial 2026 se acaba en México y deja una evidencia incómoda: sí podemos compartir una alegría masiva sin preguntarle al de junto por quién votó. Sí podemos abrazarnos sin revisar ideologías. Sí podemos llenar una avenida, un bar, una plaza, una calle, un país, por algo que no exige odiar al otro.
En el mediotiempo ‘El Canelo’ Álvarez arenga desde el terreno de juego “¡que todo mundo sepa los chingones que somos! A levantar el ánimo del subsuelo. Presenta a Maná. Esta vez para cantar su versión rockera de El Rey... una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar. Dios salve a José Alfredo. Y a la Chiquitibum. Y tanta dicha que pasó, como pasó.