Abismo educativo

Editorial
11 septiembre 2026

Cada que la OCDE hace públicos los resultados de la prueba PISA, el diagnóstico suele caer en el reduccionismo fácil. Resulta tentador culpar a las redes sociales, al TikTok o al celular de la falta de comprensión lectora y la incapacidad para resolver ecuaciones básicas en México y América Latina. Pero acusar a la tecnología es querer tapar con un dedo una grieta sistémica más profunda. Los teléfonos no construyeron las deficiencias de nuestros salones de clase, sólo las hicieron más evidentes.

El rezago que arrastra México no se explica únicamente por distracciones digitales. Se explica por un modelo educativo institucionalmente exhausto. Mientras el debate público se pierde en sesgos ideológicos sobre los contenidos de los libros de texto, los problemas estructurales permanecen intactos: escuelas sin infraestructura básica, presupuestos desajustados, una formación docente relegada a un segundo plano y una desconexión total entre los programas académicos y las competencias socioemocionales o de pensamiento crítico que exige el Siglo 21.

A esto se suma una desigualdad entre regiones del País. Evaluar con el mismo rasero a un estudiante de un contexto urbano que a un joven de una comunidad rural marginal es ignorar que la brecha educativa es, ante todo, una brecha de oportunidades. La falta de continuidad en las políticas públicas -donde cada administración intenta reinventar la educación desde cero en lugar de consolidar lo que funciona- condena a los alumnos a ser conejillos de indias de la improvisación sexenal.

¿Qué falta? Falta entender la educación como un proyecto de Estado y no como una moneda de cambio político. Se necesita priorizar la profesionalización y el acompañamiento constante a los maestros, garantizándoles salarios dignos y herramientas pedagógicas modernas. Hace falta inyectar recursos no sólo en becas directas, sino en la infraestructura física y tecnológica de los planteles, fortaleciendo el razonamiento lógico, la comprensión lectora y la resiliencia en el aprendizaje.

Reducir la crisis educativa a una batalla contra las pantallas es un diagnóstico facilón. La tecnología está aquí para quedarse; lo que urge reconstruir es la capacidad del Estado para enseñar a razonar, analizar e imaginar en un mundo cambiante.