Blindaje ¿de papel?

Editorial
25 septiembre 2026

La presencia militar en Mazatlán se ha vuelto parte del paisaje: patrullajes a marcha lenta por el malecón, retenes en las entradas de la ciudad y marinos fuertemente armados recorriendo zonas turísticas y colonias periféricas, incluso a pie.

Pero el contraste es innegable, pues mientras el arribo de contingentes militares es palpable, la sensación de la vulnerabilidad de los mazatlecos no desaparece.

Los hechos delictivos continúan sucediendo, a veces a unas cuantas calles de donde las tropas acampan o patrullan.

Este despliegue masivo plantea una reflexión incómoda pero indispensable: ¿es la presencia militar una estrategia de contención real o una escenografía para tranquilizar al turismo y a la opinión pública?

Proteger a un puerto clave para la economía del estado es comprensible, pero reducir la política de seguridad a la simple acumulación de botas en las calles ha demostrado ser una solución cosmética.

El uniformado inhibe el delito en la esquina donde está parado, pero no desarticula la estructura criminal que opera en la sombra, ni previene los brotes violentos que fracturan la vida cotidiana de las familias mazatlecas.

Mazatlán no necesita una militarización permanente que naturalice el miedo y normalice convivir con fusiles de alto calibre en cada semáforo. Necesita inteligencia, fortalecimiento de las policías locales, procuración de justicia y una estrategia integral que vaya al fondo del problema.