El fin de una era
La partida de Cuauhtémoc Cárdenas a los 92 años marca el cierre definitivo de una época y obliga a detener la mirada en la paradoja que dio forma al México contemporáneo.
Nieto directo del patriotismo posrevolucionario e hijo del General Lázaro Cárdenas, el “Ingeniero” estaba destinado, por linaje, a habitar las cómodas alturas del régimen unipartidista. Sin embargo, optó por la grieta.
El fraude electoral de 1988 y la famosa “caída del sistema” no sólo sepultaron la certeza del voto en aquel verano, sino que revelaron la vocación histórica de Cárdenas. Frente a un despojo evidente que amenazaba con empujar al País al abismo del conflicto civil, su respuesta no fue la revuelta armada ni la claudicación complaciente. Su apuesta fue la vía institucional: encauzar la indignación colectiva hacia la construcción de contrapesos, la creación del Instituto Federal Electoral (IFE) y la apertura de cauces pacíficos para la alternancia.
Primer Jefe de Gobierno electo en la Ciudad de México y referente moral indiscutible de la izquierda, Cárdenas encarnó un nacionalismo democrático que dista mucho de las polarizaciones del presente.
En sus últimos años, lejos de rendir pleitesía ciega al poder en turno -incluso cuando este se decía heredero de sus luchas-, mantuvo una distancia digna y sobria. Criticó excesos, señaló autoritarismos y recordó que la democracia no concluye con la victoria de una facción, sino con el respeto a la pluralidad y a la soberanía de las instituciones.
México despide hoy no a un gobernante de grandes estridencias, sino al catalizador de su transición democrática. Cuauhtémoc Cárdenas deja un legado urgente: la demostración de que la verdadera transformación de un país exige principios firmes, templanza política y, sobre todo, una lealtad inquebrantable a la democracia.