El grito de una generación
A menudo se acusó a la Generación Z de apáticos, de vivir sólo a través de las pantallas y de padecer una supuesta ignorancia política. Hoy, las calles de medio mundo desmienten ese cómodo diagnóstico con contundencia.
No son brotes aislados de rebeldía, sino una fractura estructural y global donde los jóvenes han decidido plantar cara a un sistema que parece haberlos borrado de la ecuación del futuro.
El epicentro actual se localiza en Europa, pero las réplicas son mundiales. En Francia, las movilizaciones de estudiantes han escalado a una crisis nacional, motivadas por el abandono de las aulas, el hacinamiento y unas políticas de austeridad que han roto el histórico ascensor social francés.
Casi en paralelo, ciudades de Italia y España se llenan de tiendas de campaña donde una juventud precarizada protesta contra el colapso del derecho a la vivienda bajo el lema de una generación que se sabe sin casa.
A esto se suman marchas masivas en Alemania en rechazo al rearme y la remilitarización obligatoria, así como ecos recientes de revueltas drásticas en Nepal o India. Y México no se queda atrás con movilizaciones en Guadalajara por la falta de agua limpia.
Aunque las banderas cambien de idioma, el diagnóstico de fondo es idéntico: la imposibilidad de integrarse dignamente en la sociedad.
La respuesta de los estados, lamentablemente, ha seguido un manual obsoleto. El recurso sistemático a la represión policial, con miles de menores detenidos y escenarios de caos en urbes como París o Milán, revela el profundo temor de una clase política incapaz de articular respuestas efectivas ante la asfixia económica y la crisis del coste de vida.
Tratar de contener este malestar como si fuese un mero problema de orden público es no entender lo que está pasando. Los jóvenes no están pidiendo privilegios; están exigiendo las bases mínimas para poder sobrevivir.