La Cuba que no amanece
Fidel Castro enterró, exilió y vio morir a todos sus adversarios, después murió en la cama, viejo, enfermo, pero sin castigo. Jamás pagó por el daño que le causó a millones de cubanos que siguen esperando la caída de la dictadura comunista en la isla.
Hoy, después del asalto de Estados Unidos a Venezuela y de la “caída” de otro dictador, Nicolás Maduro, los cubanos vuelven a mirar el horizonte con la esperanza de que salga el sol en la oscura, triste y miserable isla del Caribe.
Pero esos cubanos con la esperanza renovada no están en la isla, viven en Miami, en Madrid o en Estocolmo, el cubano que sigue atrapado en la isla hace mucho tiempo que perdió toda esperanza.
Después de 65 años de dictadura, los cubanos que pudieron marcharse ya se fueron. En Cuba, la gente sabe que aún sin petróleo, sin alimentos o sin energía eléctrica, el régimen no se va a ir a ningún lado.
Si las dictaduras se preocuparan por sus gobernados, simplemente no existirían. La primera condición para ser dictador es ser un asesino despiadado, un egoísta absoluto, un megalómano insufrible. La segunda condición es rodearse de otros asesinos, otros egoístas.
Ya en 1962, durante la llamada “crisis de los misiles”, Fidel Castro pidió a la extinta Unión Soviética que lanzara armas nucleares en contra de Estados Unidos, si éste se atrevía a invadir la isla, sin importarle destruir el mundo, de pasada.
Así que a todos los que miran con esperanza la pronta y expedita caída del régimen en Cuba, deberán esperar un poco más, lo que aguante en pie ese paquidermo muerto y anquilosado al que sólo lo mantiene en pie el esqueleto. Y que seguramente prefiere ver morir de hambre al país entero antes de abandonar el poder.