La herida abierta
Este domingo vimos cómo en nuestras ciudades se movilizaron cientos con un solo clamor: sus desaparecidos. Y es que el 30 de agosto no se conmemora un mito ni una abstracción, se conmemora a las víctimas de desaparición, esa realidad sangrante en México.
El Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas nació en 2010 por mandato de la Asamblea General de las Naciones Unidas, pero con una raíz profundamente latinoamericana. Surgió del dolor convertido en resistencia: del clamor de las Madres de Plaza de Mayo y de las organizaciones continentales que intentaban nombrar el horror de las dictaduras militares de América del Sur.
Hoy, la geografía de la barbarie ha mutado, pero el dolor se mantiene. En el México contemporáneo, el concepto formal de “desaparición forzada” desborda su propio origen, la tragedia ya no se limita únicamente a la violencia del Estado represor de la Guerra Sucia; se ha transformado en un fenómeno masivo, atravesado por el crimen organizado, la colusión gubernamental, la impunidad estructural y una crisis de identificación forense que supera las decenas de miles de cuerpos e investigaciones en el limbo.
En el México de hoy la desaparición no se vive solo en la sombra de los centros clandestinos de detención, como antaño, ahora habita en las colonias, en los campos, en los desiertos...
Frente al cansancio de las instituciones y la indolencia burocrática, la lección de humanidad la han dado las colectivas de búsqueda. Esas mujeres -madres, hermanas, hijas- que cambiaron el luto por palas, varillas y botas de trabajo, y que este domingo salieron a manifestarse. Son ellas quienes escarban la tierra para devolverle la dignidad a un país desgajado, arriesgando en el proceso su propia vida.