La paz como consigna
Vestidos de blanco y con la certeza de que el miedo ya no puede ser el único habitante de las calles, miles de culiacanenses volvieron a marchar. A dos años del estallido de una crisis de violencia que fracturó la cotidianidad, la economía y el tejido social de Sinaloa, la segunda marcha por la paz, convocada por la Iglesia católica, organizaciones civiles y sectores productivos, se transformó en mucho más que una manifestación: es el diagnóstico fiel de una sociedad que se niega a normalizar la barbarie.
Lo que se vio este domingo de La Lomita a Catedral, por la avenida Obregón, de Culiacán, no es un destello de optimismo ingenuo, sino un acto de profunda resistencia civil. Marchar en un entorno marcado por la sombra del crimen organizado y la incapacidad institucional requiere un valor extraordinario. En cada pancarta, en el rostro de los jóvenes que crecieron bajo la penumbra de esta guerra, y sobre todo en el dolor persistente de las madres buscadoras y de familias enteras truncadas por la tragedia, flota una misma exigencia: el derecho elemental a vivir sin zozobra.
Esta movilización deja al descubierto una verdad incómoda para los tomadores de decisiones: la crisis de seguridad en Sinaloa superó los márgenes de la estadística delictiva para instalarse como una catástrofe humana que trastocó las dinámicas comunitarias y productivas.
Cuando la ciudadanía sale masivamente a las calles a exigir paz, está señalando la urgencia de un pacto social profundo y un replanteamiento radical de las estrategias de seguridad.
Las consignas de este domingo recordaron que las ciudades no sólo se miden por su extensión o su infraestructura, sino por la libertad con la que sus habitantes pueden transitar en ellas.
Culiacán está de pie, pero el peso de sostener la esperanza recae, injustamente, sobre los hombros de quienes ya han perdido demasiado.