86, un número de contrastes

19 noviembre 2014

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MAYRA ZAZUETA

 ¿En qué es en lo que se piensa prime­ro al escuchar el número 86?
Quienes somos aficionados al futbol rememoramos de inme­diato la XIII Copa del Mundo, celebrada en nuestro país en 1986.
Los amantes del séptimo arte recuerdan 1986 por las ex­traordinarias películas exhi­bidas ese año, como La misión, Platoon, Cuenta conmigo y El nombre de la rosa, entre otras.
Ese año es igualmente recor­dado por dos tragedias que sacu­dieron al Mundo: la explosión del transbordador espacial "Challen­ger" el 8 de enero, y una explo­sión, el 26 de abril, en el reactor de la planta nuclear de Cherno­bil, que liberó a la atmósfera 200 veces más radioactividad que la producida por las bombas de Hi­roshima y Nagasaki juntas.
Y no faltará quien invierta el orden de los dígitos y recuer­de los trágicos hechos del 2 de Octubre del 68, o quien vaya más allá y divida ese número 86 entre dos, de lo que resulta un número que duele, que lastima: 43. El número de estudiantes victimados en Iguala, Guerrero.
Lamentablemente el 86 tiene ahora también un significado que irrita: ese número repre­senta el número de millones de pesos que costó la mansión en la que habitan el Presidente Enri­que Peña Nieto y su familia, en Lomas de Chapultepec, conoci­da como la "casa blanca".
La Oficina de la Presidencia se ha apresurado a señalar que la mansión es propiedad de la esposa del Primer Mandatario, la actriz Angélica Rivera, ma­nifestando que fue un regalo para ella de Televisa, pero muy pocos mexicanos se tragan tal versión. ¿Qué empresa regala una casa de esas dimensiones, de esas proporciones y de ese valor a sus empleados?
Ayer, el Primer Mandatario declaró incluso que ha pedido a su esposa que aclare cómo se hizo de esa propiedad, sobre la que se han escrito muchísimos comentarios en la prensa y en las redes sociales.
Me llama la atención el án­gulo abordado por Alejandro Páez Varela en su artículo de la semana anterior en SinEmbar­go.mx. Dice que es una casa sin libreros, lo que él no considera extraño, habida cuenta que algo que se critica al Presidente es que no es afecto a la lectura.
Ese enfoque me llevó a plan­tearme dos preguntas hipoté­ticas, u ociosas si se quiere. La primera: ¿cuántos libros cabrán en esa enorme casa? La segunda, relacionada con lo mismo: ¿cuán­tos libros podrían comprarse con esos 86 millones de pesos?
Es difícil saber cuántos libros pueden caber en esa man­sión, solamente pueden hacerse aproximaciones, como tiros al blanco. Pero en la cuestión del número de libros que podrían comprarse con los 86 millones sí puede hacerse un cálculo muy cercano a la realidad.
Si se piensa en un precio pro­medio de 70 pesos por libro, se puede concluir que con lo inver­tido en la construcción de "la casa blanca" podrían adquirirse 1 mi­llón 228 mil 570 volúmenes.
Ahora, tomando como refe­rencia el número de escuelas públicas de educación básica que hay en el País, se puede aventurar el cálculo de que a ca­da uno de las 171 mil 851 plante­les de ese nivel podrían dársele por lo menos 10 de los libros que podrían comprarse con lo invertido en la referida casa.
Por supuesto que no estoy su­giriendo que la finca sea vendida para comprar libros. Se trata sim­plemente de cálculos de aproxi­mación y de referencia para dar­nos una idea del despropósito de vivir en una finca de valor estra­tosférico, habiendo tantas y tan penosas carencias en el País.
Tampoco sugiero que el Presi­dente y su familia se vayan a vivir a un departamento o a una vivien­da de Infonavit. Es comprensible que el Mandatario busque vivir en una residencia segura y con to­dos los servicios y comodidades, lo que sin embargo dista mucho de lo invertido en esa mansión.
Lo que en verdad preocupa es el presumible delito de tráfi­co de influencias.
Este delito se configura cuan­do alguien hace uso o saca pro­vecho de su amistad, cercanía, incluso del parentesco con un gobernante o un funcionario con poder de decisión, para obtener, ya sea un puesto en el gabinete, una curul, o exenciones fiscales y millonarios contratos de obra.
De acuerdo con investigacio­nes periodísticas de medios muy respetables, esto último parece que es lo que está detrás de la mansión presidencial. Se maneja como un hecho que ésta es un regalo de la Constructora Higa, a la que Peña Nieto otorgó millo­narios contratos de obra cuando gobernó el Estado de México, y a la que le había asignado ya la construcción del tren de alta ve­locidad México-Querétaro, con­trato que se vino abajo ante los cuestionamientos, no solo de le­gisladores de diversos partidos, sino de empresarios y medios de comunicación, criticando la falta de transparencia en el proceso de adjudicación de la obra.
Como puede verse, no se trata simplemente de criticar el que los gobernantes y sus familias habiten en mansiones que por su costo millonario resultan ofensivas para los millones de mexicanos que viven en extrema pobreza, sino del uso abusivo del poder para beneficiar a los ami­gos y familiares, y sacar, además, provecho de esas relaciones to­talmente cuestionables.
jdiaz@noroeste.com