A Madrazo le está lloviendo sobre mojado. La causa de que así sea no hay que buscarla en el azar, sino en el propio candidato de los priistas.

25 febrero 2006

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NOROESTE / REDACCIÓN / SHEILA ARIAS

El candidato del PRI ya no siente lo duro, sino lo tupido. Las revelaciones sobre las fincas que Arturo Montiel adquirió siendo Gobernador del Estado de México aparecen un día sí y otro también. Reforma ha inventariado cuatro casas y un departamento en París; además de otra propiedad que está siendo investigada en Cádiz, España. La corrupción y el cinismo de Montiel no son nuevas, pero confirman un patrón y aparecen en el peor momento para los priistas.
Los males, sin embargo, no terminan allí. El escándalo que está protagonizando el Gobernador de Puebla no tiene precedentes. Primero, por la putrefacción moral que muestra de un sector de la clase política y del empresariado.
Segundo, porque el cinismo y la desfachatez de Mario Marín empeoran aún más las cosas. Bajo el viejo sistema presidencialista el Gobernador ya habría sido obligado a renunciar. En el contexto actual, será muy probablemente la Suprema Corte de Justicia quien tenga la última palabra.
Pero independientemente de ese proceso, que debería concluir con la remoción del Gobernador, el impacto que esto tiene y tendrá sobre el PRI y su candidato es enorme. Porque no se trata sólo de corrupción, sino de una forma de autoritarismo y abuso de poder que creíamos desterrados.
Y para colmo, la reacción inicial de Roberto Madrazo fue la de defender a Mario Marín. Por eso no sorprende que Bernardo de la Garza, del Partido Verde, haya decidido abandonar la Alianza por México.
A Madrazo le está lloviendo sobre mojado. La causa de que así sea no hay que buscarla en el azar, sino en el propio candidato de los priistas. Su vía crucis comenzó con el conflicto con Elba Esther Gordillo.
A la distancia uno no puede dejar de preguntarse por qué siendo presidente del PRI decidió traicionar a la maestra y luego defenestrarla. Pero además, también llama la atención que no midiera las consecuencias de sus actos. Porque sólo un ingenuo podría suponer que un personaje como Gordillo haría las maletas tranquilamente y se iría en silencio a su casa.
Otra faceta que resulta sorprendente es la forma como resolvió el proceso de selección interna del candidato del PRI a la Presidencia de la República. Las negociaciones con el TUCOM, el apoyo soterrado a Montiel y la posterior decapitación del Gobernador del Estado de México fueron tres actos de una misma obra. La astucia y la malicia de que hizo gala Madrazo quedarán, sin duda, para los anales. De un solo tajo se libró de sus oponentes. Pero el cálculo de fondo y de largo plazo también fue equivocado.
En las condiciones actuales del PRI, huérfano de Presidente desde el 1 de diciembre de 2000, la verdadera apuesta debió haber sido a la renovación y a la competencia abierta y democrática por la candidatura a la Presidencia de la República.
Madrazo pudo haber jugado esa carta desde la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, pero en lugar de eso se apoderó de toda la estructura burocrática para impulsar su propio proyecto. De ahí las tensiones permanentes y los conflictos con una serie de gobernadores y líderes.
A Roberto Madrazo le ha faltado altura y visión de largo plazo. Pero no sólo eso. También le ha faltado sentido común. Los meses que lleva en precampaña y campaña han confirmado ampliamente lo que mucha gente decía.
La imagen del entonces Presidente del PRI era buena hacia el interior de su partido, pero muy mala hacia fuera. La última encuesta de Reforma lo confirma ampliamente: Roberto Madrazo es el candidato que tiene el índice de resistencia más alto: el 39 por ciento de los entrevistados dijo que jamás votaría por él contra 15 por ciento de AMLO y 13 por ciento de Felipe Calderón.
El problema del candidato del PRI es obvio: su techo es su piso. La última encuesta de Reforma lo sitúa con una intención de voto del 29 por ciento. No hay duda de que a su favor está el electorado duro del PRI, pero difícilmente jalará al ciudadano independiente que no tiene filiación ni simpatía por ningún partido.
Ese es su verdadero talón de Aquiles. Y por eso resulta casi imposible que logre revertir la ventaja que le lleva el abanderado de la Alianza por el Bien de Todos.
La comparación, en ese sentido, con López Obrador no deja de ser curiosa. En el centro y sur de la República, AMLO se ha convertido en un candidato teflón. Nada le pega ni se le pega. Comete errores y dice barbaridades, pero la gente no los escucha o no los registra. Tampoco importa que prometa cosas absurdas como ahorrar cien mil millones de pesos en el primer año de su administración o que salga con el disparate de construir treinta universidades y 200 preparatorias. Nada de eso cuenta. AMLO ha logrado que su nombre se identifique con un gobernante honesto que sí cumple.
Madrazo, en cambio, lleva una losa que no se puede quitar. Al oír su apellido la gente piensa en un hombre mentiroso y deshonesto. La identificación es automática. Y no se trata sólo de una campaña; aunque hay que reconocer que los carteles que le levantaron los maestros a lo largo de toda la República: ¿Y tú le crees a Madrazo?, reforzaron esa imagen y esa asociación. Pero la cuestión de fondo es otra y está asociada a la historia reciente.
Durante su campaña por la Presidencia del PRI, Madrazo asumió una serie de compromisos. Se pronunció por las reformas estructurales (laboral, fiscal y energética) y anunció una oposición responsable y leal frente al Gobierno de Vicente Fox.
Pero una vez al mando del PRI asumió una actitud ambigua y abandonó el discurso reformador. Fue un giro de 180 grados. Todo el mundo lo vio. Y otro tanto hizo con el desafuero de López Obrador: la declaraciones reiteradas de que los diputados votarían en conciencia terminaron con una férrea ordenanza: votar a favor del desafuero. Todo el mundo, de nuevo, lo vio.
En realidad, Roberto Madrazo no es mucho peor que otros políticos. Porque finalmente no hay político que no mienta por acción o por omisión. Estoy seguro incluso que sería un Presidente menos riesgoso que López Obrador, ya que como dice Luis González de Alba: es menos malo un mafioso (Al Capone) que un iluminado (Mussolini).
Pero el problema no es ése. Roberto Madrazo se ha vuelto para un amplio sector de la población en la encarnación misma de los peores vicios de la política: la mentira, la deshonestidad y la corrupción. Por eso lo abominan y les parece que lo peor que le podría pasar a este país es que él ganara la Presidencia de la República.
Negro está, pues, el panorama para Roberto Madrazo y no se ve cómo podría mejorar.