'Así como ignorar nuestra finitud es un gran misterio, también es la oportunidad de ejercer la gran virtud, de saber cumplir años, y sobre todo, de vivir nuestra vida con dignidad en cada etapa. JM'

30 septiembre 2006

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Héctor Tomás Jiménez

La virtud de sabe cumplir años

Hace un par de días, platicando con Jorge Franco, un viejo amigo de la universidad, orgullosamente mazatleco y un hombre a quién admiro por su entereza ante las adversidades, me comentó que su señora madre, a quién respeto y admiro, Doña Dora Rodríguez de Franco, cumple mañana domingo un año más de su existencia. Fue entonces que pensé en la importancia de saber cumplir años, esa virtud existencial que a veces aceptamos y muchas tantas desdeñamos.
Poco a poco, así como en el reloj cada segundo marca el inicio y el fin de una vida, así se va haciendo cada vez más pequeña nuestra existencia. Un día nacemos, abrimos los ojos al mundo sin saber a ciencia cierta cual será nuestro destino, y así, de repente, un día dejamos de existir físicamente llevándonos consigo todos nuestros anhelos y realidades.
Yo creo que es precisamente ese misterio de la vida lo que a menudo nos asusta, es como un temor a lo desconocido por no saber el momento exacto de nuestra partida. Sin embargo, estoy seguro, que resulta mucho más gratificante ignorarlo que conocer el sino de nuestra existencia.
Así como ignorar nuestra finitud es un gran misterio, también es la oportunidad de ejercer la gran virtud, de saber cumplir años, y sobre todo, de vivir nuestra vida con dignidad en cada etapa.
Siendo niños, el mayor anhelo es disfrutar de nuestro tiempo libre, sin preocupaciones más que la que nos generan nuestros deberes escolares, fuera de ahí, todo es juego y alegría, despreocupación y travesuras, búsqueda constante de nuevas fantasías y nuevas historias, asombro permanente ante lo nuevo que aprendemos y desaprendemos, irreverencia a lo que los adultos veneramos y, sobre todo, incertidumbre frente a lo que no entendemos. Nuestro mundo es de preguntas constantes. ¿Por qué?, ¿Por qué? ¿Por qué? para todo, aún en las ocasiones que sabemos lo que preguntamos.
El mundo de los niños es la curiosidad y la incertidumbre, y los adultos estamos obligados a vivir junto con ellos su desarrollo, pues es también la oportunidad que la vida nos da para recordar nuestra finitud y fragilidad.
En los cumpleaños de nuestros hijos pequeños está la magia de nuestra existencia, la que es más grande cuando nuestros hijos se convierten en adultos y traen al mundo para disfrute nuestro a los nietos, esas criaturitas con las cuales recreamos nuestra existencia y hacemos que la solemnidad de nuestros actos de adultos mayores, se conviertan en momentos de alegrías y de felicidad. ¡En muchos momentos de felicidad!
De adolescente nos olvidamos de los juguetes, de los carritos y las muñecas, de los juegos de té y las casitas, de todo aquello que nuestra inocencia infantil nos llevaba por sueños y fantasías. La juventud es una etapa en la que despertamos al mundo, empezamos a descubrir el sabor de ser adultos, aunque sin las responsabilidades de serlo, descubrimos y empezamos a valorar nuestras diferencias de género, y sobre todo, empezamos a sentir mariposas en el estómago y muchas veces también, angustia en nuestros corazones.
Aquí todavía tenemos la ilusión de que cumplir años nos acerca a la madurez de nuestra existencia, pues nuestra sociedad nos ha condicionado que hay una edad para ser adultos; y algunas veces, aún siendo adolescentes, nuestra madurez emocional llega y empezamos a comportarnos como gente grande, aunque son muchas más las que dejamos la adolescencia sin que la madurez emocional aflore.
Llegar a la etapa de la juventud es una meta ansiada, pues va ligada con la oportunidad de encontrar pareja, con la ilusión de la graduación universitaria, con la opción de viajar y conocer el mundo.
Es cuando nos damos cuenta que hemos crecido como persona, que somos más seguros de sí mismos, que tomamos las cosas con más serenidad y convencidos de lo que nos gusta y de lo que no nos gusta para nuestro futuro. Es cuando empezamos a delinear nuestro proyecto de vida, y cumplir años, empieza a tener realmente sentido, pues ya conocemos el valor del tiempo.
Es la etapa en la que definimos nuestra seguridad económica y empezamos a formar nuestra propia familia, a construir nuestro hogar y pensar en nuestros hijos. Y es aquí, pensando en ellos, cuando empieza tener sentido la virtud de saber cumplir años, pues ahora nos importamos menos y centramos más nuestra atención en ellos, en nuestros hijos, ahora nos preocupa tanto su educación como su futuro.
Esta es una etapa de nuestra vida en la que nos acercamos con mayor devoción y respeto a Dios, pues ya estamos seguros de nuestra finitud y de la importancia de vivir nuestros años que nos quedan de vida, cerca de Él y en paz con nuestra conciencia.
Es entonces, en esta etapa de nuestra vida, en la que nos percatamos que nuestro cuerpo no responde igual que antes a nuestros impulsos, que leer se nos dificulta, y que en nuestras sienes se reflejan las marcas plateadas del tiempo.
Que nuestros afanes están centrados en el bienestar de nuestros hijos y de nuestros adorados nietos, esas criaturitas que nos roban toda nuestra existencia y hacen que la virtud de cumplir años, se torne en un proceso de acercamiento a Dios. Con estas reflexiones, le envío mis parabienes a la Señora Dora Rodríguez, mamá de mi amigo Jorge. ¡Felicidades! JM Desde la Universidad de San Miguel.

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