Billy the Kid

19 agosto 2009

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FIFA

Fue la primera película, "The Left Handed Gun", 1958, protagonizada por Paul Newman, que vi en el cine Ángela Peralta. Jorge Luis Borges, "Historia universal de la infamia", 1935, lo llama "El asesino desinteresado Bill Harrigan", "el casi niño que al morir a los 21 años debía a la justicia de los hombres 21 muertes,'sin contar mejicanos'".
Y cuenta que "hacia 1859 el hombre que para el terror y la gloria sería Billy the Kid nació en un conventillo subterráneo de Nueva York. Dicen que lo parió un fatigado vientre irlandés, pero se crió entre negros.
En ese caos de catinga y de motas gozó el primado que conceden las pecas y una crencha rojiza. Practicaba el orgullo de ser blanco; también era esmirriado, chúcaro, soez. A los 12 años militó en la pandilla de los Swamp Angels, Ángeles de la Ciénaga, divinidades que operaban entre las cloacas.
En las noches con olor a niebla quemada emergían de aquel fétido laberinto, seguían el rumbo de algún marinero alemán, lo desmoronaban de un cascotazo, lo despojaban hasta de la ropa interior, y se restituían después a la otra basura Tales fueron los años de aprendizaje de Bill Harrigan, el futuro Billy the Kid. No desdeñaba las ficciones teatrales; le gustaba asistir, acaso sin ningún presentimiento de que eran símbolos y letras de su destino, a los melodramas de cowboys
(Y como) el Oeste llamaba, hacia 1872, allá fue el siempre aculebrado Bill Harrigan, huyendo de una celda rectangular La Historia propone ahora la imagen de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el preciso lugar, el Llano Estacado, New Mexico.
La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna.
Adentro, acodados en el único mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta impasiblemente.
Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto.
Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho.
Ha entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo.
Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran temerosamente que el Dago, el Diego, es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del puño de Villagrán; después, el hombre entero.
El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De veras?", dice. "Pues yo soy Bill Harrigan, de New York". El borracho sigue cantando, insignificante. Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies.
Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora, ostentosamente
De esa feliz detonación, a los 14 años de edad, nació Billy the Kid el Héroe y murió el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del cascotazo ascendió a hombre de frontera Nunca
se pareció del todo a su leyenda, pero se fue acercando. Algo del compadrito de Nueva York perduró en el cowboy, puso en los mejicanos el odio que antes le inspiraban los negros, pero las últimas palabras que dijo fueron (malas) palabras en español. Aprendió el arte vagabundo de los troperos. Aprendió el otro, más difícil, de mandar hombres; ambos lo ayudaron a ser un buen ladrón de hacienda.
A veces, las guitarras y los burdeles de Méjico lo arrastraban Con la lucidez atroz del insomnio, organizaba populosas orgías que duraban cuatro días y cuatro noches. Al fin, asqueado, pagaba la cuenta a balazos.
Mientras el dedo del gatillo no le falló, fue el hombre más temido, y quizá más nadie y más solo, de esa frontera. Garrett, su amigo, el sheriff que después lo mató, le dijo una vez: "Yo he ejercitado mucho la puntería, matando búfalos". "Yo la he ejercitado más, matando hombres", replicó suavemente.
Los pormenores son irrecuperables, pero sabemos que debió hasta 21 muertes, "sin contar mejicanos". Durante siete arriesgadísimos años practicó ese lujo: el coraje". Recuerdo el tono de aquella lejana película de Arthur Penn: heroico. Me es imposible empatarlo con el de este relato de Borges: patético.



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Consultas: www.buhedera.mexico.org