Dándonos tiempos de vivir

20 mayo 2006

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Héctor Tomás Jiménez

A lo largo del tiempo, los hombres de ciencia se han preocupado por definir de distintas maneras la noción del tiempo, valga la redundancia; y han encontrado, según los distintos enfoques de pensamiento, que el tiempo es un concepto absoluto, relativo, matemático, imaginario, psicológico, cosmológico, entre otros, y además, ligado a otro concepto también igualmente concebido, como es el espacio, de tal manera que hoy en día es común hablar del concepto "espacio-tiempo" en la vida del hombre; siendo precisamente en este punto, donde quisiera reflexionar un poco dado que es fácil percibir que hoy en día, vivimos en una era de lo inmediato, de lo urgente, de lo aparentemente impostergable, llenos de prisa por hacer cosas, dejando de lado el tiempo para vivir.
Por las ansias de alargar el tiempo, nos olvidamos que esto es algo imposible, pues inexorablemente nuestro cuerpo-mente, que contiene nuestro reloj biológico, nos marca los momentos o instantes que requerimos para nuestro desarrollo y sobrevivencia; tiempo de vigilia, tiempo de descanso y tiempo de sueño.
En el tiempo de vigilia, nuestro cuerpo-mente esta condicionada para el trabajo productivo, y se alterna con el tiempo de descanso, que consisten en lapsos o instantes que por lo general utilizamos para la ingesta alimenticia de nutrientes que nos permiten renovar las energías aplicadas en el periodo de trabajo productivo, en tanto que el tiempo de sueño, es, de acuerdo a los expertos, el más valioso, pues nos permite la renovación de nuestras células cerebrales, sobre todo las que nos permiten la lucidez de nuestra inteligencia tanto racional como emocional y sobre todo, la que nos ordena la vida interior y nos impulsa a la meditación frente a nuestro ser superior.
No hay duda alguna, hoy en día estamos viviendo la era de la inmediatez, donde la prisa es unos de los signos de nuestra época, y donde el estrés, la ansiedad y la angustia, se convierten el los enemigos silenciosos que minan las capacidades innatas del individuo y por lo mismo su capacidad de desarrollo integral. Ese es realmente el dilema que nos presenta el vivir de prisa, el no darnos tiempo para vivir nuestra propia vida.
El hombre moderno vive apresuradamente, corriendo de acá para allá, devorando el tiempo, situación que se hace más notoria en la medida en que vive y actúa en una ciudad grande y cosmopolita, y que contrasta con la forma en la que se vive en espacios (ciudades) más apacibles y pequeñas, donde aparentemente el tiempo rinde más y en consecuencia la vida humana adopta un ritmo menos trepidante.
Dice un autor, terapeuta de una de las grandes ciudades de España, que hoy en día "...estamos en la sociedad del vértigo, del mando a distancia, de la velocidad institucionalizada, de la comida rápida. Todo se ve envuelto por una atmósfera urgente, apresurada, veloz. Hablar de la prisa de la vida es hablar del tiempo.
"Pero mientras hay personas que necesitan matar el tiempo, hay gente que no tiene tiempo para nada. Lo que es evidente es que todos contamos con 24 horas al día, pero el rendimiento que se da de ellas es muy distinto según el estilo personal de cada uno."
En resumen, podemos decir que vivir de prisa nos mata lentamente, nos resta calidad de vida y sobre todo, no nos permite disfrutar de las cosas bellas de la naturaleza y nuestro entorno. Debemos hacer un alto en nuestro camino, dejar fuera de nuestra vida la prisa y la velocidad, y adoptar la paciencia y la tranquilidad.
Debemos dejar de correr sin saber hacia adónde ni para qué, y debemos centrarnos en distinguir lo urgente de lo importante. Debemos de hacer de nuestra vida un continum de reflexión sin perder de vista que somos seres finitos frente a la existencia infinita de Dios y sus vasallos, el espacio y el tiempo.
Debemos aprender a vivir la vida, planificando nuestros objetivos, valorando las cosas y engrandeciendo nuestro proyecto personal de vida. Tener objetivos significa saber hacia adonde vamos, y sobre todo el para que de las cosas, situación que nos genera mucha paz interior.
Darles su justo valor a las cosas, significa tener una jerarquía clara y una visión de la importancia de las cosas que se nos presentan en la vida cotidiana. Y finalmente, el no perder de vista el proyecto personal, significa la felicidad como proyecto de vida, con objetivos atractivos e incitantes y sobre todo, sin recurrir a las fatuidades que el entorno nos presenta y que resultan perniciosas para la salud física y emocional, pues el organismo, en este estado de euforia efectiva, logra producir las endorfinas que nos producen el mejor estado emocional y el disfrute por la vida.

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