Dentro de los aciertos históricos de gran estadista, el General Cárdenas apoyó hasta donde pudo a la República Española y le abrió magnánimamente las puertas a su exilio.

23 julio 2005

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Noroeste / Pedro Guevara

...Y México abrió sus puertas. De par en par abriste tu puerta México, has abierto tus puertas y tus combatiente y se llenó de extraños hijos manos errantes, al herido, al desterrado tu cabellera y tú tocaste con tus duras al héroe. manos las mejillas del hijo Siento que esto no pueda decirse en otra que te parió con lágrimas en la tormenta del forma y quiero que se peguen mis palabras mundo. otra vez como besos en tus muros. Canto general, Pablo Neruda Ayer viernes, invitados por el empresario Julio Berdegué, Cuauhtémoc Cárdenas y su hijo Lázaro develaron una estatua del General Cárdenas en el Fraccionamiento de El Cid, en Mazatlán (aunque confieso que escribo este artículo antes de que eso sucediera), en una época en la que ya muy pocos le rinden honores a los nacionalistas y defensores de las causas populares. La iniciativa de honrar la memoria del presidente mexicano que expropió la industria petrolera a empresas extranjeras no nació del Gobierno estatal o municipal, ni tampoco de la Cámara de Diputados o cualquiera otra instancia de poder público. La verdad es que ni para el priismo dominante ni para el panismo, el General es un hombre al que hay que rendirle honores. La figura de Lázaro Cárdenas, un nacionalista y populista, es en estos días globalizados un personaje de modé, por no decir repudiado, por los adoradores del dogma mercantil. El Tata Lázaro, fue un populista en el sentido sociológico e histórico del término; es decir, fue un estadista que impulsó un desarrollo económico, social y educativo que tenía como objetivo central el fortalecimiento de los intereses nacionales y populares, pero que no excluía de sus beneficios a las clases altas y medias urbanas. En la actualidad, con una ligereza intelectual y clara intencionalidad ideológica, suman legiones los intelectuales y comentaristas que hablan de populismo cuando un gobernante se excede en el uso de los dineros públicos, sobre todo en el gasto social, y no lo invierte en el apoyo del desarrollo de la economía privada. En todo caso, habrá que decir, si se habla de populismo, que no hay una sola acepción del término, y que el del General Cárdenas no tiene nada que ver con el uso simplista que se le da hoy en día. El nacionalismo y el populismo de Lázaro Cárdenas fueron de la mano para sentar las bases del desarrollo económico más prolongado y exitoso de la historia mexicana. El crecimiento de los capitales industrial, comercial y financiero mexicanos en gran medida fue resultado de la nacionalización del petróleo, la reforma agraria y el inicio de un desarrollo empresarial que se empezó a orientar al mercado interno. En realidad, el General Cárdenas no hizo otra cosa más que impulsar, en su modalidad mexicana, la etapa nacionalista y de inclusión social por la que pasaron casi todas las economías desarrolladas del mundo. Cierto es que el general revolucionario no impulsó un régimen político democrático sino, al contrario, fortaleció el corporativismo y el presidencialismo mexicanos; es decir, su impulso a un modelo de desarrollo que benefició a las clases obrera, campesina y media, y a la larga, las empresariales, no incluyó las libertades individuales de afiliación política, expresión y elección de autoridades, aunque no impidió el surgimiento del PAN, una clara reacción anticardenista, ni del Partido Comunista Mexicano, que fue legalizado durante su gestión. Vistas bien las cosas, ninguno de los grandes revolucionarios mexicanos de principios de siglo, ofrecía la necesaria doble oferta que necesitaba este pueblo de maíz. Francisco I. Madero, el gran liberal democrático, no fue capaz de cumplir con las reformas sociales que ofreció en el Plan de San Luis, y por las cuales lo siguieron en un principio los zapatistas; y por otro, los reformadores sociales, como Cárdenas, no eran unos convencidos del liberalismo democrático al estilo de Madero. Cárdenas fue un gran reformador social pero no un demócrata liberal; no obstante, el General si era un convencido republicano y un gran humanista. Dentro de los aciertos históricos de gran estadista, el General Cárdenas apoyó hasta donde pudo a la República Española y le abrió magnánimamente las puertas a su exilio. Si alguna huella en el universo democrático dejó el General Cárdenas fue esta. Cuando cayó la República en 1939 centenares de miles de españoles quedaron en la incertidumbre y el desamparo. "Ser español fue, entonces, escribió el fino y entrañable periodista Francisco Martínez de la Vega, quien de joven vio llegar a los exiliados como ser peregrino de la libertad y misionero de la justicia de los hombres. Y la mayor parte de ellos sintió un día el alborozo y la satisfacción de saber que no estaban solos. En América, y en México muy especialmente, se les brindaba un refugio con dignidad y libertad. Un hogar para que los derrotados se sintieran hombres y mujeres libres, un refugio donde no se preguntaba a nadie cuales eran sus ideas políticas ni sus creencias religiosas. La emoción de este hallazgo, percibido por Pedro Garfias desde el Siania, una de las épicas embarcaciones que navegó a los exiliados, frente al puerto de Veracruz, quedó sellada en ese poema en el cual los republicanos "mostraban a sus hijos como racimos tiernos" y comprendían que México sería su hogar, su taller, su oportunidad de reivindicación moral". "Ahora, hijos y nietos de esos peregrinos de la dignidad, nacidos y formados en México, se han integrado plenamente a nuestra comunidad y a ella aportan también su capacidad y esfuerzo". ("El Exilio Español en México", FCE, 1982, p.16). Entre los exiliados estaban muchos de los hombres y mujeres más importantes del Siglo 20 mexicano, tales como María Zambrano, Marta Palau, José Gaos, León Felipe, Wenceslao Roces, Adolfo Sánchez Vásquez, Antonio Sacristán Colás ( padre de la señora Dolores Sacristán de Berdegué) Ángel Palerm, Vicente Rojo, Luis Recasén Siches, Ramón Xirau, etc., etc. En realidad, la ciencia, las artes, las letras, la filosofía, las ciencias sociales, la educación y la empresa moderna de México no se explican sin centenares de destacadas figuras del exilio español. El hombre que hizo posible esa realidad fue Lázaro Cárdenas, mexicano de excepción. Julio Berdegué, uno de aquellos niños mostrados "como racimos tiernos" por sus padres al llegar al puerto de Veracruz, le rinde su tributo personal al gigante que encabezó una de las epopeyas solidarias más grandes del Siglo 20, y lo hace en compañía de su hijo y nieto, dos de los protagonistas del México contemporáneo que se debate en una de las épocas más inciertas de la historia nacional. Y seguramente lo hace por el inmenso agradecimiento que le profesa al presidente mexicano que les regresó la vida y les abrió las puertas a su familia, y a decenas de miles de españoles republicanos. Pero, además, Berdegué, quien llegó a los cuatro años de edad a México en manos de un padre que había combatido por la república y la democracia española, se reclama un empresario de izquierda y nacionalista, algo realmente inusual en un hombre de negocios de su envergadura. Es cierto que ya es importante el grupo de empresarios que se han acercado a López Obrador y apuestan a su fórmula, pero no son muchos los que asistieron a mítines para defenderlo, como lo hizo el dueño de El Cid, ni tampoco son muchos los empresarios, aun proviniendo del exilio español, que preserven su fidelidad al General Lázaro Cárdenas. Y que, por otra parte, le expresan también abiertamente su amistad, apoyo y solidaridad a Cuauhtémoc Cárdenas, un dirigente fundamental de la izquierda mexicana contemporánea, quien experimenta uno de los momentos más complejos de su vida: se consolida como un personaje histórico contribuyendo a que el partido que él fundó llegue a la Presidencia de la República, o salga por la mezquina puerta de atrás. Por lo pronto habrá que decirle que en Sinaloa hay muchos, como se la demostrado en Mazatlán, que no olvidan a su padre y no quieren olvidarlo a él tampoco.