Don Santiago encontró a un lado de su cajón de bolear una bolsa olvidada con pasaportes estadounidenses y una jugosa cantidad de dólares, pero no se quedó con ella sino que la entregó en una oficina que la haría llegar a sus dueños
19 febrero 2011
""
Noroeste / Pedro Guevara
Noroeste, en la edición de Mazatlán, nos contó esta semana una historia feliz e inusitada. La imagen que vimos del personaje que la encarna fue la de una persona que seguramente rebasa los 60 años. Cabello y bigote totalmente blancos, y una espalda que empieza a curvearse. Es bolero en la Plazuela de la República, justo donde se levanta el edificio del Gobierno Municipal. Durmió en la calle a lo largo de tres años hasta el pasado martes.Ayer viernes debió partir a Pachuca, Hidalgo, donde vive su familia, después de la ayuda que recibió de la Secretaría de Turismo para que probara una cama al menos por dos o tres días, y luego de recibir 4 mil pesos que le entregaron estadounidenses y canadienses que viven en el puerto.
Esperemos que haya muchos hombres como Santiago Nápoles en Mazatlán y todo México, pero si los hay no son pan de todos los días porque, de abundar, el señor Nápoles no sería noticia.
¿Por qué este hombre pobre en los bolsillos pero rico en su conciencia merece que Noroeste le dedique dos notas? Pues hizo algo notable en el México que vivimos: fue honrado.
Don Santiago encontró a un lado de su cajón de bolear una bolsa olvidada con pasaportes estadounidenses y una jugosa cantidad de dólares, pero no se quedó con ella sino que la entregó en una oficina que la haría llegar a sus dueños.
Este pequeño acto que pasaría como hecho común y corriente en un país que tiene en orden sus valores, en México se convierte en un ejemplar acto porque aquí lo que impera es la ley de la selva.
Y sí, en efecto, donde haya diamantes cívicos como el señor Nápoles habrá que presumirlos porque nuestro País parece hundirse en la deshonestidad y el cinismo.
Una muestra de la pobreza moral en la que se regodea nuestra sociedad la vemos cuando a lo largo de varios días el columnista de El Debate, Luis Enrique Ramírez, ha documentado la corrupción institucionalizada en la UAS, que fomentó Héctor Melesio Cuén, y nadie, absolutamente nadie en Sinaloa, salvo un pequeño grupo de universitarios, se ha atrevido a reclamar que se investigue el mal uso de recursos públicos en una institución que debería ser ejemplo de ética y civilidad.
La semana pasada, Ana Luz Ruelas, destacada académica y columnista de Noroeste en Culiacán, reclamó con justa razón que en cualquier ciudad con una opinión pública madura y democrática la corrupción que impera en la UAS se hubiese convertido en un tema de abierta y generalizada discusión. Pero eso no ha sucedido en Sinaloa.
Si esto se conociese en la UNAM sería motivo de escándalo nacional y, lo más seguro, es que el Rector no lo sobreviviera. En nuestro estado, este y otros ejemplos, demuestran que tenemos una enorme tolerancia a la corrupción o, por lo menos, una indiferencia total a los más grandes problemas de las instituciones de educación pública.
Para infortunio nuestro y aumento del escepticismo anidado en nuestras conductas, el nuevo Gobierno estatal en Sinaloa, atrapado entre promesas de cambio y las prácticas políticas de siempre, está cediendo rápidamente a las segundas. Sendos reportajes del semanario Ríodoce y de Noroeste nos revelan un lamentable caso de favoritismo e ilegalidad del nuevo Gobierno a favor del padrino empresarial de Malova.
Tal y como el analista Sergio Aguayo pronosticaba, el Gobernador Mario López Valdez se está "avicenteando"; es decir, al igual que Fox, aceleradamente está decepcionando a los ciudadanos que aspiramos a un profundo cambio en el quehacer político sinaloense cuando da pasos en falso y pasa por encima de la ley. Al igual que el primer Presidente de la alternancia, Malova, el primer Gobernador de la alternancia sinaloense, está frustrando las esperanzas ciudadanas de que las cosas podían hacerse mejor que en el pasado.
Empresarios, políticos, sindicalistas, la mayoría de los periodistas, organismos no gubernamentales, artistas, científicos, estudiantes universitarios, en fin, casi toda la sociedad calla o se agacha ante lo que mal sucede en la UAS y el Gobierno del Estado, dos instituciones centrales de la vida sinaloense. Con notables excepciones, las mayorías callan, por complicidad, miedo o indiferencia ante hechos muy graves.
Ejemplos sobran para ilustrar cómo los responsables de un Estado o de cualquier otra institución pública pueden actuar irregularmente sin hartarse y sin preocuparse por lo que abiertamente digan algunas minorías y, soterradamente, mitoteen las mayorías. Mientras el grueso de los ciudadanos no reclame y actúe, los que abusan del poder lo seguirán haciendo con desenfado. Así, pues, lo más probable es que en Sinaloa las cosas seguirán empeorando porque el valor civil dormita plácidamente.
Ante este gris panorama se entiende porqué Don Gustavo Nápoles es noticia y aparece como un hombre excepcional. Nos da una bella y gran lección de honradez en un País donde, nos dicen los hombres y mujeres de poder, tal exotismo es prescindible.
Para terminar con optimismo, podemos creer que mientras haya personas como este humilde lustrador de zapatos vale la pena seguir deseando y luchando porque México sea mejor.