El chile de la salud
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Con 10 mil años de historia en Centroamérica, el chile es el sine qua non de la comida mexicana, digan lo que digan los chinos que como las vírgenes de la Basílica, son los principales productores de chile a nivel mundial. Se le llama chilli por el náhuatl y ají por el taíno haxi. En las regiones nordandinas se le llamó uchú, pero el chile se impone por popularidad y derecho de antigüedad.
En España recibe dos nombres adicionales, guinda, por una familiaridad aparente con los frutos del guindo cerezas aunque también se llama guinda a la planta del chilpetín, y pimiento, porque Colón, todavía distraído con el tema de la llegada a la India, pensó que se había encontrado un tipo de pimienta. Derivado de pimianta, se le llama pepper en inglés y peperoni en alemán. El gas pimienta, por ende, no tiene nada que ver con la pimienta, sino con la capsaicina, el químico que vuelve picantes a los chiles.
Con el chile, los mexicanos prolongamos la venganza de Moctezuma, pero también nos mantenemos vivos. Adelbert Nelissen, experto en nutrición, decía que los mexicanos seguimos vivos gracias al chile, que nos protege de diversas formas de la contaminación y nuestra agresiva y desnutrida forma de comer (sin demeritar los malos hábitos ajenos). El chile es analgésico, anestésico, tonificante, antibiótico, laxante, nutritivo, exfoliante, anticancerígeno, antiacídico y estimulante. Un tío mío dice que un chile habanero en ayunas ha sido su antídoto contra los doctores desde hace años. Debe ser de gran ayuda para elevar el consumo nacional de chile, que se calcula en 4 kilos y medio per cápita al año.
Pocos saben que el chile no da gastritis, sino que de hecho reduce el riesgo. No daña la mucosa estomacal, aunque ¡ay! de comer chile si está dañada. Es rico en vitamina C, necesaria para el colágeno, y vitamina A, que aumenta las defensas. La capsaicina crea una cascada de producción de endorfinas que conducen a leves estados de euforia y reducen la percepción del dolor. Quizás de ahí derive la alegría espontánea y la paciencia zen del mexicano.
Además, tiene antibióticos y otras sustancias que preservan los alimentos y mantienen sana la flora bacteriana. Estimula el aparato digestivo (cuidado con el chile en una diarrea), la excreción de mucosas, abre los poros y es diurético, lo que quiere decir que saca toxinas por todo hoyo posible. Es la planta con mayor concentración de ácido ascórbico que se conoce, un poderoso antioxidante que redobla su poder de desintoxicación. Los mexicanos, que somos machos orgullosos, negamos siempre que un chile nos pique, pero el sudor y los mocos nos delatan.
El chile también es anestésico. Hay cremas con base de capsaicina que alargan la erección y "duermen" la sensación de placer (y de paso, mata las células que producen cáncer de próstata), pero también es un remedio casero contra el dolor y la comezón en heridas y picaduras. De hecho, la fuerza sedante del chile es tan rápida que deja de picar mientras lo vamos comiendo.
Hay estudios prometedores del uso del chile contra artritis y psoriasis que tienen temas con la tonificación vascular de la dermis. El chile correcto da el toque de perfección a cualquier plato. Después de la sal, ninguna especia ha mejorado tanto la gastronomía mundial (y empeorado tanto nuestro vocabulario) como las más de 70 variedades de chile conocidas.
Es por eso que hoy y ahora, propongo la creación del día Mundial del Chile, que podría coincidir con el 18 de septiembre, fecha en que se independiza el País que lleva al chile por nombre.
jevalades@gmail.com