El efecto Pigmalión
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Sugey Estrada/Hugo Gómez
La conducta, el afecto, la estimación o el rechazo que los padres de familia, maestros y jefes muestren hacia sus hijos, alumnos y empleados serán determinantes para estimular positiva o negativamente su laboriosidad y efectividad, o su pereza y negligencia.
De la actitud y trato que los dirigentes muestren hacia sus subordinados dependerá, en gran parte, su crecimiento o empequeñecimiento, involución o desarrollo, creatividad o escasez de innovación.
Esta correspondencia es conocida como el "efecto Pigmalión", porque de acuerdo a la mitología griega existió un escultor llamado así que se enamoró de Galatea, una de sus esculturas. Fue tanto el amor que le tuvo a esta obra, que en sueños percibió cómo Afrodita le concedió la vida para que se cumpliera su caro anhelo (algo semejante le sucedió a Miguel Ángel con su Moisés, aunque en este caso consideró la escultura tan perfecta que le dio un martillazo en la rodilla derecha, mientras exclamó: "¿Por qué no me hablas?", ya que prácticamente sólo le faltaba este signo vital).
George Bernard Shaw escribió en 1913 una obra de teatro titulada Pigmalión, la cual fue llevada a la pantalla en 1964 con el nombre de Mi bella dama, en la que el profesor Higgins termina enamorándose de la florista que sacó del arrabal para enseñarle a hablar correctamente y hacerla pasar ante la aristocracia como una honorable dama.
El efecto Pigmalión consiste en alimentar las expectativas que se mantienen sobre los demás como si se tratase de una profecía autorrealizada, de manera que se les trata de acuerdo a dichas consideraciones y expectativas para estimular su adquisición y mejorar admirablemente su desempeño, en el caso positivo, o para confirmar el nefasto pronóstico que se ha establecido sobre su labor.
¿Aliento y estímulo con positivas palabras y expectativas?
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