El insomne eco del dolor
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Sugey Estrada/Hugo Gómez
No es placentero experimentar el dolor, pero es necesario soportar su mordedura. Sin esta humana fragilidad el amor no tocaría a la puerta, mancillarían el vestíbulo la soberbia, envidia, orgullo y egoísmo.
El dolor es grito ardiente del cuerpo que se convierte en bálsamo para el espíritu. Es aguda llama que devora y calcina, pero también reposada brisa que tranquiliza y reanima.
El dolor flagela, consume y taladra los huesos a la vez que oxigena y reconforta, transmite paz, mantiene viva la esperanza.
Sin el acicate de la enfermedad y el dolor la vida carecería de señales de urgencia, de alarma, de llamada de atención. María permitió que la angustia y el dolor de la pérdida, incomprensión y martirio hallaran morada en su corazón, pero no les dio asilo permanente, sino que refrescó, lavó y sanó sus heridas en el impetuoso torrente de la Resurrección. El insomne eco del dolor perfora los oídos, inunda los ojos y lacera los tejidos, pero reconforta y regenera el alma.
"Quiero deciros que el dolor es un largo viaje que nos acerca siempre vayas adonde vayas... Las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir, y yo quisiera recordarte, padre mío, que hace unos años he visitado Italia, que Pompeya está quemada por el Vesubio como hay personas que están quemadas por el placer, pero el dolor es la ley de gravedad del alma, llega a nosotros iluminándonos, deletreándonos los huesos, y nos da la insatisfacción que es la fuerza con que el hombre se origina a sí mismo, y deja en nuestra carne la certidumbre de vivir como han quedado las rodadas sobre las calles de Pompeya", escribió el poeta español Luis Rosales.
¿Acallo con amor y esperanza el insomne eco del dolor?