Gabo

14 marzo 2007

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Geovanni Osuna

Estimados amigos, reconozco que a la fecha no me había dado el tiempo de hablar de cosas tan sencillas y bellas como la literatura, y me refiero específicamente a la de ficción, aunque en muchos casos sea más real que cualquiera.
Desde esta silla incómoda veo el rostro de Gabriel García Márquez, en un ejemplar del periódico La Jornada, quien acaba de celebrar el cuadragésimo aniversario de la publicación de su obra cumbre, Cien años de soledad.
Un libro así no merece ni la soledad ni el silencio, porque como ha contado el propio escritor, en 1965 sintió en México la inspiración definitiva para escribirlo, ésta, una de las obras más traducidas y leídas en español que relata la historia de la familia Buendía a lo largo de varias generaciones en el pueblo de Macondo, es también una narración que nos pertenece.
Y así lo detalla García Márquez, quien viajaba en automóvil con su familia desde Ciudad de México a Acapulco, sobre el océano Pacífico, cuando, a la altura de Cuervanaca, tuvo un percance y decidió desistir de la travesía:
Una de las múltiples conjeturas sobre el episodio indica que una res se le atravesó en el camino, le averió el vehículo y le obligó a regresar a casa, pero todas la versiones, incluidas las contadas por él, coinciden en que en ese instante de enero de 1965 vislumbró por fin las claves que andaba buscando para escribir su primera gran novela.
"La tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo, en la carretera de Cuernavaca, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa", diría García Márquez mucho después, al evocar ese momento mágico de iluminación.
Lectores amigos, mis mejores críticos, no sé si coinciden conmigo, pero en mi caso, con el sólo hecho de darle las primeras hojeadas, me di cuenta que estaba frente a una maravilla de la literatura: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".
Claro, y como no, a finales de 1966, la editorial argentina Sudamericana aceptó, deslumbrada, los textos mecanografiados de Cien años de soledad y en 1967 publicó la obra con un éxito descomunal. La novela vendió 15 mil ejemplares en las primeras semanas sólo en la capital argentina; hasta la fecha se han vendido más de 30 millones y ha sido traducida a 35 idiomas.
Desde mi perspectiva, lectoras y lectores, Cien años de soledad es más que el relato de la historia de la familia Buendía a lo largo de seis generaciones en el pueblo ficticio de Macondo.
Es en sí la clasificación, desde una mirada sociológica, de la estructura de un pueblo cuya génesis está en José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, un matrimonio de primos que se casaron llenos de presagios y temores por su parentesco y el existente en la región por el cual su descendencia podía ser seres anormales. Los prejuicios estos, son los mismos que la psicología social nos define.
Esta propuesta, este desafío al destino, es el que da sentido a la obra. Poco a poco llegan los hijos, José Arcadio, Aureliano y Amaranta, y con ellos, el pueblo va creciendo, y con este crecimiento llegan habitantes del otro lado de la ciénaga, tal como llega la vida cada vez que el hombre trabajador se detiene sobre el terreno baldío.
Estimados amigos, como ha macondo también la del y la peste del olvido, llegó a mí. Así como la pérdida de la obligó a sus habitantes a crear un método para recordar las cosas y Aureliano comenzó a etiquetar todos los objetos para recordar sus nombres, yo también hice uso de distintos métodos para no perder la razón y los conocimientos ganados, y más de algún amigo, como lo hizo Melquíades, me ayudó a recuperar la memoria y asumir mi destino.
Soy un fanático de Cien años de Soledad, porque he creído siempre que hubiese estado junto al coronel Aureliano Buendía, para luchar contra el régimen . Y porque he visto, como ocurrió en Macondo, que ha habido "Arcadios" (y me refiero al nieto del fundador e hijo de Pilar Ternera y José Arcadio) que teniendo un puesto otorgado por su "tío" es o son nombrados jefes, y terminan siendo brutales dictadores.
En honor a la causa, la lucha siempre está presente; sin embargo, no es casual que García Márquez, en otro país de violencia, su narración transcurra por lo general en las escasas treguas. Tal vez ello muestre, por parte del novelista, la voluntad de obligarse a ser lúcido en una región donde la calentura y el arrebato han instaurado un nuevo nivel de expiaciones y una nueva ley que no es necesariamente ciega.
García Márquez no es un escritor de obvio mensaje político; su compro­miso es más sutil. Acaso por eso elija las treguas: por­que esos lapsos son probablemente los únicos en que la mirada del colombiano tiene ocasión de detenerse sobre los hechos escuetos, sobre la sangre ya seca, sobre la angustia siempre abierta.
Sólo durante las treguas es posible llevar a cabo el balance de los estallidos. El balance se hace espontáneamente, mediante las duras compensaciones de la vida que vuelve a transcurrir.
Estimados amigos y amigas, si tuviera que elegir una sola palabra para dar el tono de esta novela, creo que esa palabra sería: aven­tura. La aventura invade la peripecia y el estilo, el paisaje y el tiempo, la mente y el corazón de personajes y nosotros los lectores. El autor aparece como un mero instigador de tanta disponibilidad aventurera como posee la historia, como propone la geografía, como tolera la nosomántica.