Indignantes
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Geovanni Osuna
El mundo está aterrado ante los crueles acontecimientos que han tenido lugar en Guerrero y el Estado de México; la opinión pública internacional que no estaba al tanto de la violencia que se ha instalado en los últimos ocho años en nuestro País, no acaba de concebir cómo pueden suceder tan indignantes hechos de tanta barbarie como el de Tlataya, en el Estado de México; y Ayotzinapa, en Guerrero, y que, dentro del Estado o con su complicidad, existan almas con semejante crueldad para llevarlos a cabo.
Desde los años 30 las escuelas normales en Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán se han caracterizado por ser semillero de apóstoles de la educación básica nacional. La presencia de estas escuelas en estados que sufren altos índices de pobreza y marginación ha trazado el camino generacional de padres e hijos en busca de mejores condiciones educativas, sociales y económicas.
Lo sucedido el 26 de septiembre pasado, con los seis estudiantes muertos y los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, y los hechos en Tlatlaya donde perdieron la vida 22 civiles a manos de militares, no tiene nombre, y además los hechos se agravan al ser realizados por agentes del Estado.
En el primer caso, la desaparición de 43 normalistas fue obra de policías movilizados a través de la corrupción que ha permeado a la seguridad publica en todo el País, y son hechos que rebasan la imaginación y dejan pasmada a la sociedad nacional y extranjera.
Seguramente en el exterior no se conocía el grado de impunidad y corrupción a que se ha llegado en nuestro País, porque como dice el dicho popular, somos "candil de la calle y oscuridad de la casa"; pero el País en los últimos sexenios ha venido viviendo sin duda una desFONSECAcomposición de los valores para una sana convivencia, se ha lacerado a tal grado el valor de la vida que no hay punto de referencia.
La saña y brutalidad ejercida por la policía municipal de Iguala sorprenden incluso en un país como México, en donde la violencia se ha banalizado, aún cuando ésta ha aumentado con índices impresionantes en todo el territorio nacional, cuestión de observar las estadísticas que publican los medios para darnos cuenta lo patético de la violencia. Los mexicanos tenemos que convivir en un medio violento y esa es una de nuestras más lamentables realidades.
Tampoco podemos comprender cómo con lo que ha pasado en Iguala y después de más de un mes, el Gobierno federal no haya podido dar un informe conciso sobre los terribles hechos, no es entendible bajo ningún punto de vista que el Estado no dé una respuesta consistente, en particular a los padres de los jóvenes (algunos aún menores de edad) desaparecidos y a la sociedad en general, que se encuentra sumamente agraviada por tan detestables acontecimientos.
En lo sucesivo todo lo que se diga y se haga, si no se va a fondo en extirpar la impunidad en el País, será en vano; se requiere una sacudida verdadera a las instituciones, que termine con las dos pandemias endémicas que laceran a la sociedad: la impunidad y la corrupción, ambas van de la mano destrozando el entramado social de esta gran nación.
Mientras esos males que tienen al País sumido en la debacle más aguda no se eliminen de raíz, seguirá el pueblo viviendo las calamidades a que se ha llegado con la maldad a extremos increíbles, predominado la ausencia de un estado de derecho que lo primero que debería hacer es garantizar y no amenazar la seguridad de sus ciudadanos.
Por eso el País no puede seguir en ese desfiladero, con actos tan aterradores que ni en la edad primitiva se dieron; la impunidad y la corrupción acercan al México a un abismo peligroso donde puede producirse una ruptura social de grandes dimensiones, muy difícil de sanar las heridas del cuerpo social de la República.
Estamos en un punto de inflexión en el que el Estado tiene que reformar las instituciones de manera radical para dar certidumbre a la sociedad y construir una vida como País, en donde exista una paz real y una concordia social; no un estado cavernícola y una sociedad de respeto profundamente artificial, donde predomina la maldad y sus expresiones más dantescas por donde se le mire.
Para más o menos limpiar el rostro de la nación se tienen que tomar medidas de un profundo calado, en los dos puntos que señalamos como nodales, intentar dar salidas cosméticas a la realidad es muy riesgoso dado el ofuscamiento social. Nadie podría aceptar que no se dé el pleno esclarecimiento de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, esta atrocidad tiene que ser plenamente esclarecida, con castigo ejemplar a los involucrados.
Ha quedado hecha añicos toda la propaganda que el Gobierno federal ha venido haciendo en el extranjero de que se tiene un País en paz, un nicho para las inversiones. La impunidad ha marcado la historia nacional con las monstruosidades que se han dado en el País desde, por poner una fecha simbólica, el 68 hasta el presente, pero las exigencias por la verdad y justicia siguen latentes en una sociedad que vuelve a recordar sus muertos y su historia; también para darse cuenta que se recrudece la situación y que es necesario actuar a través de la solidaridad nacional e internacional, la denuncia y la movilización social.
Hacer memoria en medio de la violencia, reclamar justicia, y extender lazos de solidaridad siempre serán los mecanismos más idóneos para buscar la justicia y recuperar la dignidad. Terror o democracia es la alternativa que se le presenta en estos momentos a los mexicanos. Que la fuerza de las ideas prevalezca y no las ideas de la fuerza, que para eso no estará más disponible el pueblo mexicano.
lqteran@yahoo.com.mx