La dimensión y naturaleza del perdón

28 junio 2014

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Héctor Tomás Jiménez

"Con el tiempo aprendes a disculpar, cualquiera lo hace, pero perdonar, eso es sólo de almas grandes".
Anónimo 

Leonel Narváez Gó­mez, sociólogo y Sacerdote de origen colombiano, estuvo el jueves en Culiacán dictan­do una conferencia sobre el perdón y la reconciliación, como elementos para lograr la paz en los corazones y en las sociedades agraviadas por el odio y la maledicencia. La conferencia fue iniciati­va de Noroeste, y pudimos constatar la importancia de reflexionar sobre estos con­ceptos para no perdernos en la cotidianidad. El conferen­cista nos llenó con sus ideas y sobre todo, con su carisma ejemplar, que además de sus conocimientos de la naturale­za humana, le han permitido ser un importante negociador de la paz en su país. Estas son parte de nuestras reflexiones y aprendizaje recibido.
El ser humano es el único ser de la creación que ani­da en su memoria ofensas y agravios recibidos y al mis­mo tiempo, guarda como si fueran preciados tesoros los resentimientos que dichos agravios propician y que no le permiten crecer como per­sona en lo emocional y espi­ritual. Estos resentimientos, al no ser resueltos mediante el diálogo y la comunicación asertiva, pronto se convier­ten en rencores y éstos a su vez, en un odio acendrado que propicia deseos de ven­ganza contra el ofensor.
Muchas veces la falta u ofensa recibida, es menor, sin embargo, el tono, la ma­nera y el entorno en que se hace, es lo que magnifica en la mente del agredido el re­sentimiento, el que crece aún más, cuando el ofensor no es capaz de ofrecer una dis­culpa por el acto de agravio propiciado. Muchos grandes conflictos entre familias, ve­cinos o comunidades, tienen como origen diferencias de opinión que no fueron diri­midas en tiempo y forma, de ahí que una buena comunica­ción asertiva sea la mejor ar­ma contra las desavenencias.
El acto de perdonar tie­ne una dimensión divina y una naturaleza humana. En efecto, los teólogos están de acuerdo en que el perdón for­ma parte del alma infundida a través del "soplo divino" en el hombre desde la creación, y el acto de perdonar, es una cualidad que el hombre ejerce como virtud humana a través de la voluntad y la libertad.
En términos de la dimen­sión humana, el perdón es una actitud asumida frente a quienes nos han agravia­do y que tiene el poder de restaurar las relaciones y la confraternidad. Jesús habló sobre esta dimensión huma­na del perdón. La condición firme para recibir el perdón de Dios es el consentimien­to de perdonar los otros. Un lugar donde vemos esto es en la Oración del Señor cuando Jesús dice: "Perdona nuestras ofensas, como también no­sotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mateo 6:12)
Por ser parte esencial de las sagradas escrituras, el perdón ha tenido desde siempre una connotación de carácter espiritual, de ahí que fuese estudiado desde la teología, sin embargo, en los años recientes, quizá desde la segunda mitad del siglo pasado, el concepto ha sido descontextualizado y admitido en los principios de la ciencia, sobre todo en la medicina, la psiquiatría y la psicología, que han de­mostrado que el acto huma­no de pedir perdón, libera de cargas emocionales muy fuertes al individuo agresor, y de igual manera el acto de otorgar perdón desencadena y libera a las personas que cargan sobre sus espaldas pesadas losas de resenti­mientos, rencores, odios y deseos de venganza. De esta manera, el solo acto de per­donar de manera real, since­ra y verdadera, propicia una sanación física y emocional en las personas. ¡En esencia, se perdona para ser feliz por la liberación de las culpas!
Cuando se habla de soli­citar perdón quién ofende, y de otorgar perdón quién es agraviado, estamos hablando de un acto puro de compasión y misericordia frente al pró­jimo, sin embargo, debemos tener presentes que posterior al acto de perdonar, debemos de ser capaces de vivir la "re­conciliación" como un com­plemento del acto de libera­ción, o lo que es lo mismo, el perdón y la reconciliación van de la mano, son dos caras de la misma moneda y deben vivirse como tales.
Sin embargo, ni el perdón ni la reconciliación obligan a continuar la "relación" entre agresor y agredido, pues en ejercicio pleno de la libertad, ambos pueden decidir en un acto de voluntad plena, man­tener una sana distancia y una prudente cercanía entre ambos. En pocas palabras. ¡Aprender a llevar la fiesta en paz!
JM Desde la Universidad deSan Migueludesmrector@gmail.com