La dimensión y naturaleza del perdón
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Héctor Tomás Jiménez
"Con el tiempo aprendes a disculpar, cualquiera lo hace, pero perdonar, eso es sólo de almas grandes".
Anónimo
Leonel Narváez Gómez, sociólogo y Sacerdote de origen colombiano, estuvo el jueves en Culiacán dictando una conferencia sobre el perdón y la reconciliación, como elementos para lograr la paz en los corazones y en las sociedades agraviadas por el odio y la maledicencia. La conferencia fue iniciativa de Noroeste, y pudimos constatar la importancia de reflexionar sobre estos conceptos para no perdernos en la cotidianidad. El conferencista nos llenó con sus ideas y sobre todo, con su carisma ejemplar, que además de sus conocimientos de la naturaleza humana, le han permitido ser un importante negociador de la paz en su país. Estas son parte de nuestras reflexiones y aprendizaje recibido.
El ser humano es el único ser de la creación que anida en su memoria ofensas y agravios recibidos y al mismo tiempo, guarda como si fueran preciados tesoros los resentimientos que dichos agravios propician y que no le permiten crecer como persona en lo emocional y espiritual. Estos resentimientos, al no ser resueltos mediante el diálogo y la comunicación asertiva, pronto se convierten en rencores y éstos a su vez, en un odio acendrado que propicia deseos de venganza contra el ofensor.
Muchas veces la falta u ofensa recibida, es menor, sin embargo, el tono, la manera y el entorno en que se hace, es lo que magnifica en la mente del agredido el resentimiento, el que crece aún más, cuando el ofensor no es capaz de ofrecer una disculpa por el acto de agravio propiciado. Muchos grandes conflictos entre familias, vecinos o comunidades, tienen como origen diferencias de opinión que no fueron dirimidas en tiempo y forma, de ahí que una buena comunicación asertiva sea la mejor arma contra las desavenencias.
El acto de perdonar tiene una dimensión divina y una naturaleza humana. En efecto, los teólogos están de acuerdo en que el perdón forma parte del alma infundida a través del "soplo divino" en el hombre desde la creación, y el acto de perdonar, es una cualidad que el hombre ejerce como virtud humana a través de la voluntad y la libertad.
En términos de la dimensión humana, el perdón es una actitud asumida frente a quienes nos han agraviado y que tiene el poder de restaurar las relaciones y la confraternidad. Jesús habló sobre esta dimensión humana del perdón. La condición firme para recibir el perdón de Dios es el consentimiento de perdonar los otros. Un lugar donde vemos esto es en la Oración del Señor cuando Jesús dice: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mateo 6:12)
Por ser parte esencial de las sagradas escrituras, el perdón ha tenido desde siempre una connotación de carácter espiritual, de ahí que fuese estudiado desde la teología, sin embargo, en los años recientes, quizá desde la segunda mitad del siglo pasado, el concepto ha sido descontextualizado y admitido en los principios de la ciencia, sobre todo en la medicina, la psiquiatría y la psicología, que han demostrado que el acto humano de pedir perdón, libera de cargas emocionales muy fuertes al individuo agresor, y de igual manera el acto de otorgar perdón desencadena y libera a las personas que cargan sobre sus espaldas pesadas losas de resentimientos, rencores, odios y deseos de venganza. De esta manera, el solo acto de perdonar de manera real, sincera y verdadera, propicia una sanación física y emocional en las personas. ¡En esencia, se perdona para ser feliz por la liberación de las culpas!
Cuando se habla de solicitar perdón quién ofende, y de otorgar perdón quién es agraviado, estamos hablando de un acto puro de compasión y misericordia frente al prójimo, sin embargo, debemos tener presentes que posterior al acto de perdonar, debemos de ser capaces de vivir la "reconciliación" como un complemento del acto de liberación, o lo que es lo mismo, el perdón y la reconciliación van de la mano, son dos caras de la misma moneda y deben vivirse como tales.
Sin embargo, ni el perdón ni la reconciliación obligan a continuar la "relación" entre agresor y agredido, pues en ejercicio pleno de la libertad, ambos pueden decidir en un acto de voluntad plena, mantener una sana distancia y una prudente cercanía entre ambos. En pocas palabras. ¡Aprender a llevar la fiesta en paz!
JM Desde la Universidad deSan Migueludesmrector@gmail.com