La fuerza de la noticia contra la fuerza de la censura._ En un día claro del 6 de agosto de 1945, a las 8:16 de la mañana, una explosión equivalente a más de 15 mil toneladas de TNT destruyó en un instante...
18 noviembre 2004
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Jaime Félix Pico
Censura La fuerza de la noticia contra la fuerza de la censura._ En un día claro del 6 de agosto de 1945, a las 8:16 de la mañana, una explosión equivalente a más de 15 mil toneladas de TNT destruyó en un instante una superficie de poco más de mil hectáreas, es decir, la ciudad japonesa de Hiroshima. La fuerza del fenómeno acabó o dañó al 67 por ciento de las estructuras de la urbe, mató inmediatamente a 66 mil de sus habitantes e hirió a otros 69 mil: más de un tercio del total. Tres días más tarde, otra explosión similar tuvo lugar sobre Nagasaki, otra ciudad japonesa pero más pequeña, ahí causó la muerte instantánea a 39 mil personas e hirió a 25 mil más. Al día siguiente, el gobierno imperial de Japón empezó a negociar su rendición a los americanos, misma que anunció cuatro días más tarde. De esa manera espectacular y monstruosa se inauguró la era atómica. Desde entonces y hasta hoy la energía nuclear sigue identificada con el brutal legado de Hiroshima. Por la magnitud del hecho y por sus implicaciones, simplemente no hubo otra noticia más importante en el Siglo 20 que la que surgió de la destrucción masiva que experimentó Japón hace 58 años. Y sin embargo, una fuerza política tan o más poderosa en su ámbito que la liberada por la reacción nuclear, impidió que esa noticia se pudiera analizar, difundir y evaluar en toda su impresionante magnitud. Al final, la que debió ser la gran noticia del siglo, simplemente no lo fue tanto porque la censura y la manipulación la distorsionaron al punto en que aún hoy no es posible abordarla sin toparse con una enorme carga y con los obstáculos de los intereses creados. Un libro._ El libro que acaba de aparecer de la doctora en estudios japoneses y periodista mexicana, Silvia Lidia González, Hiroshima: la noticia que nunca fue. ¿Cómo se censura la información en tiempos de conflicto?, (Mérida: Editorial Venezolana, 2004), toma como caso de estudio el tratamiento que se dio en Estados Unidos y en Japón a la noticia sobre lo ocurrido en Hiroshima ese 6 de agosto de 1945. La investigación expone, analiza y explica la forma como norteamericanos y japoneses manejaron la información sobre el ataque atómico, para luego discutir a fondo un tema siempre relevante: la noticia política en tiempos de guerra. Esta obra, cuya base es la tesis doctoral que la autora presentó en El Colegio de México, es un perfecto ejemplo de cómo, en un momento extraordinario, dos sistemas políticos diametralmente distintos y en guerra, convergieron en un punto: en la voluntad de controlar la información en función de los intereses de sus gobernantes sin importar que eso afectara los intereses más amplios de la sociedad. El concepto y su evolución._ La censura es la prohibición o supresión por parte de la autoridad, de ciertas expresiones escritas, orales o de imágenes en nombre del interés general, del bien común, de la salud o la seguridad de la nación. Históricamente, la censura ha buscado menos la defensa del supuesto interés general y más la del interés del poder. La institucionalización de la censura viene de muy atrás. El registro histórico nos muestra que el control de la difusión de ideas y noticias ya era una práctica bien establecida en la antigüedad, lo mismo en Grecia que en Roma, en Israel que en China. Desde luego que la censura fue parte integral del cristianismo (ahí está, para probarlo, el Index Librorum Prohibitorum). En Occidente, la lucha contra la censura, y específicamente a favor de la libertad de imprenta, coincide y se explica por la idea que la Ilustración formuló de la libertad en general. Fue en la constitución americana, especialmente en su primera enmienda de 1791, donde se consagró la libertad de prensa como un derecho fundamental. Y sin embargo, la censura y su fiel compañera, la manipulación de la información, la distorsión del sentido de la noticia para modificar el impacto en el receptor, se han seguido dando, entre otros lugares, en Estados Unidos, especialmente en tiempos definidos como extraordinarios, es decir, los de guerra, los actuales. Pero volvamos a Hiroshima. La mecánica de la censura._ Fue en el caso de Japón donde la situación se movió entre los opuestos. El 7 de agosto de 1945 el público japonés apenas encontró en un diario, Asahi, tres líneas que informaban que había tenido lugar un bombardeo contra Hiroshima, aunque, finalmente, la acción sólo había causado unos cuantos daños. Se trataba de no alarmar ni desalentar a la población, aunque la guerra ya estaba perdida. Sin embargo, una vez decidida la rendición y sólo después de que el Emperador mismo hizo referencia a que los norteamericanos habían usado la bomba atómica, la prensa japonesa informó sobre un arma cruel e inhumana y cuyos efectos eran tan brutales que sólo los bárbaros se habían atrevido a usar. En medio del enorme impacto de la derrota, esa prensa acusó a Estados Unidos de haber echado mano de un arma prohibida por el derecho internacional y de haberse convertido, por ello, en enemigo de toda la humanidad. Sin embargo, en cuanto se materializó la ocupación norteamericana del Japón, el nuevo poder ordenó que toda publicación relacionada con la energía y el bombardeo atómico fuera sometida previamente a la revisión de las oficinas de los censores, que para 1946 eran toda una burocracia de más de seis mil funcionarios. A partir de entonces lo que destaca, de acuerdo con el minucioso examen de Silvia Lidia González, es el silencio escandaloso sobre lo sucedido y lo que estaba ocurriendo con los sobrevivientes, afligidos por lo que alguien llamó, a falta de mejor nombre y datos: la plaga atómica. En Estados Unidos y por las tradicionales y obvias razones de seguridad, las noticias sobre la construcción de la bomba atómica y sus posibles efectos fueron mínimas. Antes de las explosiones sobre Hiroshima y Nagasaki, las noticias al respecto fueron censuradas de manera casi perfecta. Sin embargo, tras las explosiones del 6 y 9 de agosto, se desató un verdadero boom informativo sobre el átomo y sus posibilidades. Ahora bien, esa información estuvo sesgada; se le manipuló para establecer muy bien la agenda de lo que el público norteamericano y mundial debía de conocer y pensar al respecto: que la nueva y formidable arma era producto de la supremacía científica norteamericana, que Hiroshima había sido borrada de la faz de la Tierra pero a cambio se había ganado la guerra e incluso se había minimizado la pérdida de vidas y, finalmente, que con el control del átomo se había abierto una nueva e inagotable fuente de energía para toda la humanidad. Donde la censura y sobre todo la manipulación de la información, tuvieron su efecto mayor y contrario al interés general, fue en la discusión sobre las consecuencias negativas y de largo plazo de la radiación. Éstas se minimizaron de manera escandalosa. Y es aquí donde la autora de La noticia que nunca fue pone el acento sobre las consecuencias perversas del control de la información: la ignorancia, aunada al silencio de las fuentes potenciales de la información y la minimización oficial del daño de largo plazo, impidieron tratar de mejor manera a los miles de sobrevivientes del bombardeo, pues ni a ellos ni a los médicos se les dio acceso a la información e incógnitas disponibles sobre la forma en que la radiación podría haber dañado a quienes estuvieron expuestos sus efectos. Más aún, si las víctimas japonesas fueron ignoradas, el público norteamericano tampoco fue realmente informado sobre los efectos de largo plazo del arma que se acababa de inventar. Se hizo lo posible por evitar tener una discusión técnica y moral de fondo sobre la naturaleza de la guerra atómica. Claro que para ser justos, debe de admitirse que la mezcla de secreto e irresponsabilidad con que se manejó el asunto de los efectos de la radiación, también afectó a los soldados norteamericanos que posteriormente fueron deliberadamente expuestos a los efectos letales de la radiación en el atolón de Bikini, sitio de prueba de bombas atómicas de Estados Unidos entre 1946 y 1958. La Guerra Fría que se inició en 1947, más los accidentes en reactores nucleares como el de la Isla de las Tres Millas en Estados Unidos, el que tuvo lugar hace cinco años en el propio Japón, en Tokaimura, pero sobre todo el de Chernobil, en Ucrania, en 1986, mantuvieron el tema del peligro nuclear envuelto en los velos del secreto, la censura y la manipulación de la información por parte de los diversos gobiernos en detrimento ya no sólo de un país, sino del conjunto de la comunidad internacional. Pero volvamos al corazón del problema, el de la relación entre la política de guerra y el control de la información, que ha vuelto sobre el tapete de la discusión en relación a la guerra en Iraq. Iraq.- Con el final de la Guerra Fría en 1989, la democracia pareció consolidarse como la única forma legítima de gobierno. Democracia y libertad se suponen que son ya dos caras de la misma moneda. Y entre las libertades que la democracia propicia y requiere, está la libertad de información. Aún cuando los medios de información en Estados Unidos son de los más libres y relativamente plurales, la lógica de la guerra ha vuelto a imponerles restricciones a la libertad de información. Desde el inicio de la invasión norteamericana a Iraq en 2003 hasta la actual toma de la ciudad de Falluja a sangre y fuego, el ejército de Estados Unidos ha tratado de controlar la naturaleza de la información que difunden los medios haciendo que los únicos reporteros que pueden ver de muy cerca los acontecimientos e informen al público mundial, sean los que hacen su trabajo empotrados (imbedded) en los diferentes cuerpos del ejército norteamericano. Es decir, el punto de vista que se trasmite al grueso del mundo sobre el conflicto de Iraq, es básicamente el que surge de los reporteros y camarógrafos norteamericanos la mayoría, pero no todos-- que siguen a los marines en sus operaciones de limpieza de insurgentes en las ciudades iraquíes. Buscar la información de manera independiente resulta muy peligroso o imposible, y no sólo porque los insurgentes han tomado prisioneros a reporteros occidentales (franceses), sino porque desde el inicio de las hostilidades los norteamericanos también actuaron contra los que reportaban por su cuenta (recuérdese la acción letal en Bagdad contra los reporteros de televisión españoles). La información controlada permite saber cuantas bajas mortales han tenido las fuerzas ocupantes norteamericanas (mil 194 hasta el 15 de noviembre) pero impide tomar fotos de sus ataúdes y no facilita conocer el número de heridos pero, desde luego, lo que mantiene en el misterio es al otro: a los iraquíes. Como en Hiroshima y Nagasaki tras el bombardeo, prácticamente no sabemos nada del costo que ha pagado la sociedad iraquí por su supuesta liberación. Los ocupantes simplemente no han contado las bajas nativas con la minuciosidad con que lo han hecho con las propias, y muchos de los cálculos que se han aventurado desde los medios norteamericanos no pasan de los diez o doce mil. En una publicación médica británica, The Lancet, la que en septiembre del 2004 llevó a cabo, no sin riesgo para sus equipos, una investigación propia con una muestra de hogares y concluyó que las posibilidades de muerte violenta aumentaron para la población en general en 58 veces respecto de las que se tenían antes de la invasión norteamericana del 2003. Hasta la fecha de la encuesta, el cálculo dio por resultado un aumento neto de muertes violentas en Iraq que puede superar a cien mil. De ese total, la mayoría han caído víctimas del fuego de las fuerzas ocupantes y en todo caso el grueso de los afectados han sido mujeres y niños (ver www.thelancet.com, 29 de octubre, 2004). Esta información no es la que circula en las grandes agencias de prensa ni en las cadenas de televisión norteamericanas, donde sistemáticamente se minimiza el número de víctimas. En la acción militar de estos últimos días en Falluja, las fuentes norteamericanas ponen en mil 200 el número de insurgentes muertos, pero no se da ningún dato similar sobre los civiles, argumentando que la mayoría de éstos habían abandonado el sitio antes del gran asalto. En cualquier caso, las fuerzas de ocupación han impedido que la ayuda de la Media Luna Roja entre en la ciudad, argumentando que no es necesaria su presencia, pero las pocas imágenes y noticias que llegan de los hospitales desmienten abiertamente dicha afirmación. Organizaciones internacionales en Iraq han calificado de desastre lo que está ocurriendo en Falluja. En suma, en tiempos de guerra se ha vuelto a manifestar el síndrome de Hiroshima.