No, Elba Esther no era normalista, no asistió nunca cursos de esa naturaleza, y de allí le viene, acaso, su desdén por esa clase de formación

24 agosto 2008

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Gestionan

Transformar las normales, no sepultarlas

No, Elba Esther no era normalista, no asistió nunca cursos de esa naturaleza, y de allí le viene, acaso, su desdén por esa clase de formación. Al proponer que las normales se conviertan en escuelas para técnicos en turismo y en 'actividades productivas' revela su percepción de que el magisterio no lo es, no es una 'actividad productiva', lo contrario de lo que debe sostener una dirigente a la que se le llena la boca hablando de la relevancia social de la educación y del papel que en ella cumple al sindicato



El lunes 18 de agosto, en la inauguración del curso escolar, la presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Elba Ester Gordillo, decretó la muerte del normalismo, el sistema que por más de un siglo fue la base para la formación de profesores en nuestro país, como lo ha sido en muchos otros:
"Queremos que las instituciones que hasta ayer eran normales, sean instituciones para técnicos en turismo, técnicos en actividades productivas".
La dirigente habló en pasado de esas escuelas, como si ya hubieran desaparecido. Para fundar su petición, que presentaba como un hecho consumado, ante el Presidente de la República y la Secretaria de Educación se había referido al desastre que reveló el examen para obtener plazas de maestros de educación elemental: la muy deficiente formación de los aspirantes, dos tercios de los cuales no pasaron la prueba de ingreso al trabajo.
La cita respeta la sintaxis de quien hablaba:
"Está demostrado que el examen que se ha realizado en estos días, donde se presentó un sinnúmero de compañeras y compañeros para lograr una plaza docente, nos ha demostrado que nuestro sistema de normales ha sufrido un quiebre".
Sin embargo, antes del examen realizado el 11 de agosto, Gordillo tenía ya en mente la supresión del normalismo. En su gira para firmar con los gobernadores los convenios de la Alianza para la Calidad de la Educación, el viernes 8 había adelantado, en Culiacán: "No es justo que el Gobierno federal tenga en operación escuelas normales para generar desempleados". El lunes siguiente insistiría en ese enfoque: "No es posible seguir formando docentes cuando no hay mercado de trabajo. Por eso hemos pedido a la Secretaría de Educación Pública que busquemos vocaciones más cercanas al empleo en lugar de las licenciaturas en pedagogía?"
Al día siguiente, la Secretaria Josefina Vázquez Mota, con los circunloquios que la caracterizan, aceptó el planteamiento de su antagonista en el terreno educativo, diciendo que era necesario hacer "un gran esfuerzo de pertinencia" para ajustar la formación de maestros y el mercado de trabajo.
Habló, sin embargo, no de una medida tajante que de la noche a la mañana eliminara el normalismo, sino de un proceso. Se refirió, como Gordillo, al examen de la semana anterior que, dijo, "ha dejado en evidencia que hay que tomar decisiones de mejora en la formación y en los programas de las normales y que tendremos que ir a esquemas de transición. Son determinaciones muy relevantes que requieren de voluntades políticas y una enorme responsabilidad".
La radical postura de la lideresa magisterial se explica por motivos personales y políticos, y partiendo de una realidad irrefutable, el deterioro de buena parte del sistema de enseñanza normal, concluye en una solución final errada. Su actitud equivale a la de quien necesita tirar el agua sucia de la tina en que se bañó el bebé, y termina arrojando a la calle la palangana y al niño mismo.
Cerrar las escuelas normales significaría cancelar problemas políticos en el SNTE, ya que de su alumnado se ha nutrido la disidencia sin que sea posible a los directores de esos establecimientos, cada vez en menor número adictos al liderazgo sindical, someterlos a control. Por otro lado, las normales están ahora sujetas al poder de los gobernadores y no directamente del sindicato como ocurrió antaño.
De allí la crítica de Gordillo al Gobierno mexiquense que ha consentido la proliferación de normales "patito". En este tipo de establecimientos, creados al vapor para satisfacer demandas coyunturales, es donde se ha acentuado las deficiencias de la educación normal que cuenta, eso no obstante, con instituciones sólidas que merecerían todo, menos ser suprimidas, como la Benemérita Escuela Nacional de Maestros y la antigua Escuela Nacional de Educadoras, hoy de Maestras de Jardines de Niños.
Aunque algunas veces se ha ostentado como tal, Gordillo no es normalista. Como su madre Estela, Elva, así escribía su entonces único nombre, se improvisó maestra cuando cursaba la secundaria: "Estela Morales consiguió una plaza como maestra rural clase A en la sexta zona escolar de Chiapas, en el ejido de Las Margaritas, donde la mayoría de la población era tojolabal.
"Al año siguiente, cito el libro de Arturo Cano y Alberto Aguirre, Doña perpetua, Elba también se incorporó a las tareas docentes. Eran los años de la Campaña Nacional de Alfabetización y Educación Extraescolar y muchos jóvenes letrados, aunque sin habilidades pedagógicas, fueron a los ejidos. Hasta 1960, la adolescente recorrió los ejidos de Los altos, dominados por los chamelas. De alfabetizadora, pasó a ser suplente de maestras con licencia de embarazo".
En esas condiciones, se inscribió en el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, que incluía enseñanza por correspondencia y clases durante las vacaciones de fin de curso. "Así, en el verano de 1960 acudió a la escuela Belisario Domínguez de la capital chiapaneca, para inscribirse en los cursos del IFCM, con la idea de obtener el título de profesora de educación preescolar".
Casada después con el profesor Arturo Montelongo, ambos se trasladaron a Toluca, donde él se hizo cargo del centro estatal de ese Instituto mientras ella se inscribía en tercer año de la formación, que concluyó con la presentación de una "memoria profesional". Por eso, en un discurso ante sus gobernados del SNTE, en el Estado de México en 2004, pudo decir esta verdad a medias: "Aquí me hice maestra por segunda vez, porque entonces ya era normalista titulada y en Chiapas era maestra rural".
No, no era normalista, no asistió nunca cursos de esa naturaleza, y de allí le viene, acaso, su desdén por esa clase de formación. Al proponer que las normales se conviertan en escuelas para técnicos en turismo y en "actividades productivas" revela su percepción de que el magisterio no lo es, no es una "actividad productiva", lo contrario de lo que debe sostener una dirigente a la que se le llena la boca hablando de la relevancia social de la educación y del papel que en ella cumple al sindicato.
Ciertamente, es imprescindible reformar el normalismo, no cerrar sus establecimientos, como ocurrió en julio pasado en El Mexe, una normal rural emblemática. Como dice el doctor Pablo Latapí, sin duda el mayor experto mexicano en educación, "los cambios sociales experimentados por el país en las últimas cuatro décadas han hecho obsoletas en muchos sentidos las instituciones normalistas dedicadas a la formación de nuevos maestros".
Tal obsolescencia debe ser enfrentada con reformas a dicha porción del sistema educativo, como la que intentó en 1983 el Secretario Jesús Reyes Heroles, que no prosperó.
"Tanto por este intento fallido como por la insatisfacción del gremio de profesores al comprobar su rezago en relación con las exigencias de la docencia, era una clara demanda del magisterio atender a la innovación de la formación normalista, aunque había una serie de circunstancias en la estructura de ésta y de los grupos de poder que las controlaban, que lo hacían extraordinariamente difícil", dice Latapí en su libro La SEP por dentro.
En esta obra, cuyo subtítulo es "Las políticas de la Secretaría de Educación Pública comentadas por cuatro de sus secretarios (1992-2004)", el después Embajador ante la UNESCO examina la acción educativa en los tres lustros recientes a partir de sustanciosas entrevistas con Fernando Solana, José Ángel Pescador, Miguel Limón y Reyes Tamez.
Como no podía ser de otra manera, todos ellos enfrentaron el funcionamiento del normalismo. Limón, por ejemplo, estableció el Programa para la Transformación y Fortalecimiento Académicos de las Escuelas Normales. Solana, a su vez, ya fuera del servicio público hace "una propuesta radical" como la califica Latapí, algunos de cuyos puntos principales son "disminuir el ingreso a primer año en todas las escuelas normales", de entre el personal que en ellas enseña "seleccionar a aquellos que posean verdadera vocación y capacidad", y "ratificar a las normales que respondan con un rediseño de su oferta de programas académicos y estimular a otras instituciones de educación superior públicas y privadas a abrir nuevas alternativas de formación magisterial".
Hay que procurar, pues, transformar el normalismo, actualizarlo, no despreciarlo y menos aún sepultarlo.

El pasado presente
Hace dos días, el viernes 22, se cumplió medio siglo de la primera victoria sindical de Demetrio Vallejo, que a partir de entonces y de la bárbara represión de que fue objeto, se convirtió en símbolo de sus gremio, los ferrocarrileros y de la lucha por la libertad en los sindicatos.
Vallejo era empleado de transbordos en el departamento de exprés de los Ferrocarriles Nacionales de México en 1958. Nacido en Espinal, municipio de Tehuantepec, trabajaba en Coatzacoalcos cuando se inició en el sindicato un movimiento en pos de un aumento de salarios, que se convirtió después en lucha por la dirección sindical.
Los objetivos de esta movilización se expresaron en el Plan del Sureste, en cuya redacción participó Vallejo, y que proponía rechazar los 200 pesos propuestos por los secretarios locales y el plazo de 60 días concedido a la empresa, insistir en el aumento de 350 pesos acordado por la Gran Comisión Pro Aumento General de Salarios, deponer en cada sección a los comités locales por haber negociado a espaldas de los trabajadores, y emplazar al Comité Nacional a reconocer a los locales que de ese modo se establecieran.
De no responder a estas peticiones, "se iniciarán paros de dos horas el primer día, aumentándose dos más el segundo, dos más para el tercero, hasta convertirse en paro total de actividades".
Delegado a la comisión salarial, Vallejo impulsó los paros, que comenzaron el 26 de junio de 1958 y se realizaron conforme a lo programado, lo que ocasionó fuertes pérdidas a los Ferrocarriles, motivo por el cual el propio Presidente Ruiz Cortines recibió a los dirigentes en rebeldía, a los que propuso un aumento de 215 pesos, que los sindicalistas rechazaron. Mientras tanto, se reunió la Sexta Convención Nacional Extraordinaria que eligió un nuevo liderazgo provisional, en la persona de Vallejo, tras la revocación de Salvador Quezada Cortés, elegido por la cúpula hasta entonces dominante de acuerdo con la empresa.
Aunque no formalmente, Vallejo fue reconocido por el gerente de los Ferrocarriles, Roberto Amorós, con quien entabló diálogo el nuevo dirigente. Él mismo escribió al respecto:
"Desde las primeras pláticas noté que los objetivos principales que perseguía el licenciado Amorós eran dos: salvar al Gobierno de Ruiz Cortines del desprestigio del 'principio de autoridad', y que no fuera yo Secretario General del Sindicato. Los demás problemas, como el pago del tiempo caído y las indemnizaciones a los familiares de los tres compañeros asesinados por la policía en la manifestación de protesta por los asaltos a las secciones, fueron resueltos sin muchas discusiones.
"La resistencia de la empresa estaba en reconocer de inmediato al Comité Ejecutivo General que yo presidía. Precisamente en este caso argüía el 'principio de autoridad' y proponía que se hicieran nuevas elecciones, pero sin que yo figurara como candidato a la Secretaría General. Nosotros, desde un principio, sostuvimos lo mismo que el Secretario de Gobernación: que se hiciera un plebiscito o en cambio unas elecciones que iniciaran y terminaran en 15 días, excluyendo en forma directa a los directivos del Comité Ejecutivo General Charro y con la intervención de inspectores de la Secretaría del Trabajo".
Esta última posición fue la que tuvo eficacia, pues el gremio había dado muestra de fortaleza y unidad que le hizo resistir el embate gubernamental y las presiones sociales acogidas por la prensa. Juan Sánchez Navarro, por ejemplo, expresaba en nombre de los empresarios:
"Deseamos que la agitación no siga, pero también tenemos confianza en que el procedimiento de los paros para lograr la resolución de los conflictos integremiales no siente precedente. Tal procedimiento es ilegítimo y no es posible esperar que en lo sucesivo los paros sean utilizados para mejores prestaciones. La agitación nunca debe dar pie para alcanzar mejorías de tipo económico ni de otra índole".
Los disidentes acordaron con el gobierno suspender los paros a cambio de elecciones directas de comités general y locales, a celebrarse entre el 7 y el 22 de agosto. Las organizaría un comité compuesto por dos representantes del comité formalmente reconocido, el de Quezada Cortés, dos del encabezado por Vallejo y por un representante de la Secretaría del Trabajo.
El 22 de agosto, el viernes se cumplieron 50 años, se conoció el resultado del arrollados triunfo de Vallejo, que sumó 59 mil 759 votos contra sólo 9 mil de su antagonista, de un total de 100 mil ferrocarrileros en activo más 6 mil jubilados. Vallejo tendría que enfrentar otras elecciones al año siguiente, y después padecer prisión durante 11 años, como punto culminante de la represión contra su gremio y contra movimientos sindicales y sociales, atajados con violencia por el gobierno, lo que marcó el tránsito de la administración de un Adolfo (Ruiz Cortines) a otro (López Mateos).