Ocho lecciones

04 julio 2006

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SAÚL VALDEZ / MARIANA LEY

Días de incertidumbre. Semanas de no saber a ciencia cierta quién podía ganar y cómo. Meses de campañas intensas, aguerridas, incesantes. Desembocando el 2 de julio en una elección definitoria de la cual pueden extraerse lecciones que también lo son.
1) En México no existe hoy un consenso claro en torno a la ruta que el país debe seguir. El electorado está genuinamente dividido y la elección apretada lo subraya.
Muchos optan por el cambio y muchos optan por la continuidad. Muchos le apuestan a la incertidumbre de lo desconocido y muchos se refugian en el puerto seguro de lo familiar.
Ni Felipe Calderón logra imponer de manera contundente su visión ni Andrés Manuel López Obrador logra ampliar los cimientos de la suya.
El panista apela a quienes han sido beneficiarios del Gobierno foxista y el perredista encuentra apoyos entre los que se sienten defraudados por él.
Pero ningún bando es mayoría apabullante y eso en si es revelador. En una elección polarizada cada quien se queda con su pedazo del país. Con su porción del electorado. A los demás habrá que convencerlos a partir del 3 de julio.
2) Las campañas negativas funcionan y por ello, han llegado para quedarse. La frase "López Obrador: un peligro para México" le da a Felipe Calderón el empuje que su campaña no había logrado generar. Y con ella, lograr ampliar una coalición electoral que comenzó siendo demasiado estrecha.
Porque el miedo trasciende las divisiones de clase. Se vuelve un corrosivo universal que corta a lo largo y a lo ancho de diferentes grupos y de diferentes regiones. Muchos recuerdan los años de inestabilidad y no quieren revivirlos.
Muchos recuerdan las coyunturas de crisis y no quieren padecerlas. De manera justa o no, el mensaje de Calderón tiene la resonancia buscada y el impacto anhelado. Se vuelve el punto de quiebre y vuelve competitiva a una elección que no lo había sido.
Y lo mismo sucede con el hachazo de Hildebrando. La acusación para el momentum que Calderón había logrado crear. Frena de golpe la estrategia posdebate que el PAN había querido trazar.
3) El electorado mexicano se reencuentra con las urnas. A pesar de las acusaciones, a pesar de las pedradas, a pesar de las guerras sucias que ambos bandos libraron sin cesar. Después de años de altos niveles de abstencionismo, en esta elección aumenta la participación.
Los mexicanos salen a votar porque piensan que es crucial hacerlo. Saben que hay mucho en juego y se comportan así. Se paran, hacen cola, esperan, participan.
Se quejan de la falta de boletas en las casillas especiales. Protestan cuando no pueden votar. Sienten que es su derecho y su responsabilidad hacerlo. Y con ello mandan un mensaje de institucionalidad; envían un mensaje de civilidad.
4) El andamiaje electoral demuestra su solidez. Medio millón de ciudadanos asumen el papel de funcionarios de casilla. Se ponen la camiseta y cumplen con las responsabilidades que entraña. Sólo ocho casillas de 130 mil 480 no se instalan.
A pesar de las críticas y los ataques y los errores y los traspiés, el IFE demuestra que sabe cumplir con la misión que se le encomendó.
La jornada electoral transcurre sin contratiempos, sin violencia, sin muertos o heridos. Una vez más, la ciudadanía opta por la ruta institucional antes que la conducta confrontacional. Tanto la autoridad electoral como los ciudadanos que confían en ella hacen lo que deberían. Se comportan a la altura de las circunstancias.
5) Pero los actores políticos con frecuencia no lo hacen. Allí está la actitud del PRI, desconociendo la validez del conteo rápido. Allí está Mariano Palacios diciendo que el PRI "no ejercerá presión" mientras lo hace. Buscando alargar los tiempos, intentando conseguir a través del chantaje lo que no consiguió en las urnas.
Y los otros también, atribuyéndose la victoria antes de que el IFE la anuncie. Convocando a la celebración antes de que haya motivos para participar en ella. Contribuyendo así a crear un clima de zozobra, de crispación, de confrontación anunciada.
Candidatos y partidos que a veces aceptan las reglas del juego y a veces las doblan. Con agendas y conductas lejanas a las de una ciudadanía que dicen representar.
6) La temporada electoral concluye con una sensación de hastío, de cansancio. Y quizás por ello el alto porcentaje de "no respuesta" en las encuestas de salida. En una elección polarizante, muchos simplemente ya no quieren hablar.
En una elección aguerrida, muchos sencillamente ya no quieren pelear. No desean ser vituperados por su voto y ser condenados por la afiliación política que revela. El miedo promovido por las campañas tiene un precio y allí está.
El odio auspiciado por ambos bandos tiene consecuencias. Produce electores que huyen a la salida de la casilla en lugar de revelar qué decisión tomaron dentro de ella. Produce encuestas de salida con poca capacidad de revelar lo que realmente está ocurriendo en las urnas.
7) Ese hastío generalizado es resultado de campañas demasiado largas. De contiendas que parecen durar una eternidad y se perciben así. México lleva años hablando de los candidatos y padeciéndolos. Lleva años presenciando sus "spots" y pagando por ellos. Con costos a la vista. Un país donde se deja de gobernar para contender.
Un país donde los contribuyentes financian la guerra sucia de la cual después se quejan. Un país donde no importa qué partido gane, las televisoras lo hacen. Ordeñando al erario a través de lo que se embolsan a partir de las pre-pre-precampañas y a partir de allí.
Aprovechándose de la longitud de las campañas y el presupuesto destinado para ellas. Una forma de competir que México debe cambiar; una manera de elegir representantes que México debe reformar.
8) Una contienda tan cerrada exhibe un país dividido. Un electorado partido. Una realidad política ríspida con la cual el ganador tendrá que lidiar, llamando a la concordia. Convocando al consenso.
Entendiendo que no recibe un mandato amplio o un apoyo generalizado. Y que para gobernar con éxito tendrá que armar una carpa amplia, abierta, multicolor, donde quepan incluso sus peores adversarios. Un techo capaz de cobijar a todos los mexicanos.