Porque así estamos hechos, los seres humanos juzgamos de manera diferente nuestro comportamiento del de los demás.

24 abril 2009

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Blanca Rosa Hernández

Porque así estamos hechos, los seres humanos juzgamos de manera diferente nuestro comportamiento del de los demás.
La frase bíblica de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio no es gratuita, es reflejo de mecanismos sicológicos, fisiológicos incluso, que todos conocemos pero olvidamos. Lo que sabemos al respecto lo resume recientemente Emily Pronin en Science, 320,1177.
El 90 por ciento de las personas se considera más agraciada que el promedio, y una proporción similar de los maestros piensa lo mismo acerca de sus habilidades docentes.
Como es evidente, al menos uno de cada tres maestros se equivoca al respecto, y a pesar de considerarse buen docente, no lo es. Lo mismo ocurre con una de cada tres personas, que resulta ser más fea que el promedio, aunque no se considere así.
Pero esta asimetría en nuestro juicio no se queda en estos datos anecdóticos y por lo general inofensivos. También consideramos que somos más objetivos que los demás.
Son los otros los que están sesgados. Más aún, debido a esto consideramos inteligente y objetivo a quien coincide con nuestro punto de vista, y sesgado e incapaz a quien difiere.
Todo esto, reitero, porque así estamos hechos, porque así funciona nuestro cerebro. O si prefiere: de manera inconsciente, sin darnos cuenta de ello.
Esta característica sicológica es hoy particularmente relevante porque frente al proceso electoral reaparece una idea extraña: el abstencionismo activo.
De acuerdo con quienes proponen esto, los políticos son personas que están abusando de nosotros, y que han construido un tramado institucional que impide, por medio del voto, terminar con el abuso.
En consecuencia, lo que se debe hacer es no votar, para que les quede claro a los políticos cuánto se les desprecia y, por tanto, se sientan obligados a modificar ese marco institucional para permitir que otras personas, se entiende que menos malas, puedan tener acceso al poder.
Hay varios problemas con esa idea. Primero, apelar a la vergüenza de personas que de entrada se califican como extremadamente cínicas no parece tener mucho sentido.
Segundo, para que la abstención lograse este propósito debería entenderse como voto de castigo, lo que implica un movimiento político de gran tamaño.
Una elección intermedia puede tener una votación de 40 por ciento del padrón, o poco menos, sin ninguna promoción activa.
Para que se considerara la abstención como voto de castigo, ¿a cuánto hay que reducir la participación? ¿A 20 por ciento?
En tercer lugar, pero más importante, está el fenómeno sicológico que le platicaba al inicio.
Hay el supuesto de que los políticos son personas menos honestas, menos capaces, o con menos vergüenza que los demás. Son peores que nosotros, y por eso hay que cambiarlos.
Pero este argumento, popular sin duda, no tiene ninguna evidencia que lo respalde. Es fácil recopilar ejemplos de la maldad, incapacidad o corrupción de los políticos, pero eso no demuestra nada.
Lo que habría que mostrar es que esos ejemplos son más comunes entre políticos que entre el resto de la población, y eso, aunque cueste trabajo aceptarlo, no es nada evidente.
José Woldenberg, en respuesta a José Antonio Crespo, refiere un trabajo de Andreas Schedler sobre los partidos políticos antiestablishment, que se presentan como diferentes de la clase política establecida, a quienes acusan de monopolizar el espacio.
Estos partidos, siguiendo a nuestras referencias, se presentarían a sí mismos como diferentes, como representantes del "pueblo bueno" que enfrenta a los "malos políticos".
Esta operación resulta muy sencilla, precisamente por el mecanismo sicológico que hemos comentado. Si alguien me confirma en mi creencia de que los políticos abusan de mí, de inmediato sentiré simpatía por esa persona.
Es más, lo consideraré objetivo y acertado. Este proceso, dice Woldenberg, implica "homogeneizar a los políticos, verlos como un bloque indiferenciable, como una 'clase' ". Son todos iguales, unos corruptos, bandidos, incapaces, y ahí sígale poniendo lo que guste.
Pero ni todos los políticos son iguales entre sí, ni creo que podamos demostrar que son diferentes al resto de los mexicanos. Dicho de otra manera, no hay "pueblo bueno" ni "políticos malos".
Hay un grupo muy amplio y variado de personas que se dedican a la política que, a grandes rasgos, son muy parecidos a los demás.
Porque encuentra usted con mucha facilidad a corruptos, bandidos, incapaces, y lo que haya puesto en el párrafo anterior, en otras actividades sociales, así como encontrará, si quiere hacerlo, a magníficas personas sobreviviendo en esa difícil actividad que es la política. En México y en cualquier parte del mundo.
Hay que tener mucho cuidado con los defensores del "pueblo bueno", que suelen ser enterradores de instituciones.
A veces inadvertidamente, pero siembran vientos que al convertirse en tempestades suelen cobrarlos entre las primeras víctimas.

www.macario.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM