¿Qué pensaría Jesucristo de nuestro sistema político?
17 enero 2009
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César Peña Sánchez/ APRO
Cristo quería producir una revolución en el interior del ser humano; tenía conocimiento de la miseria social del hombre y de la ansiedad que estaba en la base de su supervivencia.Quería sinceramente aliviar esa carga de ansiedad y tensión que cargamos a lo largo de nuestras vidas. Aunque tenia plena conciencia de la angustia social y del autoritarismo político que las personas vivían en su época.
Él detectaba una miseria más profunda que la sociopolítica, una miseria presente en lo más íntimo del ser humano y fuente de todas las otras miserias e injusticias.
Cristo actuaba poco sobre los síntomas: su deseo era atacar las causas fundamentales de los problemas psicosociales de la especie humana.
Por eso, al estudiar su propósito más ardiente, comprendemos que su revolución era en lo íntimo del hombre, y no en la política. Un cambio que se inicia en el espíritu humano y se expande por toda su mente renovando sus ideas, expandiendo su inteligencia, transformando íntimamente la manera en la cual el ser humano se comprende así mismo y el mundo que lo rodea, garantizando así un cambio psíquico y social estable.
Cristo predicaba que solamente por medio de esa revolución silenciosa e intima seriamos capaces de vencer la paranoia del materialismo no inteligente y del individualismo, y desarrollar los sentimientos más altruistas de la inteligencia, como la solidaridad, la cooperación social, la preocupación por el dolor de los demás, el placer contemplativo y el amor como fundamento de las relaciones sociales.
¿Quién puede cuestionarlo? La historia ha confirmado a lo largo de las sucesivas generaciones, que él tenia la razón, el comunismo cayó, y no produjo el paraíso de los ricos, el capitalismo trajo un gran desarrollo tecnológico y socioeconómico.
Todavía, el capitalismo necesita de innumerables correcciones, pues es sostenido por la paranoia de la competición predatoria, por el individualismo, por la valoración de la productividad por encima de las necesidades intrínsecas de la humanidad.
La democracia, que ha sido una de las más importante conquistas de la inteligencia humana, para garantizar el derecho a la libertad de conciencia y de expresión; no detuvo algunas llagas psicosociales fundamentales de la sociedad moderna, tales como la violencia psicológica, las discriminaciones, la fármacodependencia, la exclusión social.
Ahora vamos a regresar al ambiente en que Cristo vivía. Como se explicó antes, el intento de desarrollar una revolución clandestina en la mente y en el espíritu humano en diversas ocasiones, demostró claramente que su trono no estaba en Jerusalén.
Efectivamente, cuando Pilatos le preguntó a Jesús si era verdad que era el rey de los Judíos, Jesús le contestó, "tu lo haz dicho", la siguiente pregunta que le profirió Pilatos fue: "donde esta tu reino", Jesús le contestó mi reino no esta en la tierra; esta en el cielo, a la diestra de mi Padre.
Para espanto de todos, Jesús también declaró que su reino se localizaba en el interior de cada ser humano. Jerusalén era la capital cultural y religiosa de Israel, donde los escribas y fariseos, que eran los líderes políticos y los intelectuales de la época, amaban como algunos políticos de hoy, los mejores puestos en los banquetes, el estatus y el brillo social.
Cristo sabia que en Jerusalén esos lideres jamás aceptarían ese cambio en la naturaleza humana, esa transformación en el pensamiento y en la forma de ver el mundo.
De hecho, su propuesta, al mismo tiempo bella y atrayente, era osadísima. Conducir a las personas a interiorizar y reciclar sus paradigmas y conceptos culturales, es una tarea casi imposible, cuando ellas son intelectualmente rígidas y cerradas.
Él sabía y preveía que, cuando abriese la boca, los líderes de Israel decidirían aborrecerle, rechazarle y perseguirle. Por eso estuvo por largo tiempo en Galilea antes de ir a Jerusalén.
Israel traicionó su deseo histórico de libertad, siempre preservó su identidad como Nación y valoró intensamente su libertad de independencia.
Su pueblo tiene una historia única y, de cierta forma, poética. Abraham, el patriarca de ese pueblo, dejo valientemente la conturbada tierra de Ur de los caldeos y se fue en búsqueda de una tierra desconocida.
Abraham era un hombre integro y determinado. Él dio origen a Isaac. Isaac dio origen a Jacob, que recibió el nombre de Israel, que significa "príncipe de Dios", Israel tuvo 12 hijos, que dieron origen a las 12 tribus.
De la tribu de Judá salieron los reyes de Israel. El nombre "judío" es derivado de la tribu de Judá. Las raíces milenarias de ese pueblo culturalmente rico impedían que se sometiera al yugo de cualquier emperador.
Solamente la fuerza agresiva de los imperios sofocaba el ardiente deseo de libertad e independencia de esa nación.
A causa de su deseo compulsivo de libertad, el pueblo de Israel sufrió situaciones dramáticas en algunos periodos históricos, como en el tiempo de Calígula.
Cayo Calígula, era un emperador romano agresivo, inhumano y ambicioso. Además de haber mandado matar a varios senadores romanos, destruido a sus amigos y violado los derechos de los pueblos que subyugaba, ambicionaba hacerse pasar por "dios".
Deseaba que todos los pueblos se arrodillasen delante de él y le adorasen. Para el pueblo Judío, ese tipo de adoración era inadmisible e insoportable.
Cayo sabia de esa resistencia y odiaba la audacia e insubordinación de ellos. Los judíos a pesar de estar debilitados, desterrados errantes y amenazados de sufrir una destrucción étnica, fueron prácticamente los únicos que no doblaron rodilla a los pies de Cayo.
La libertad para ese pueblo, no tenia precio. Flavio Josefo, un brillante historiador que vivió en el primer siglo de esta era, nos relata una historia dramática acontecida a ese pueblo de Israel por causa del deseo de preservar su independencia.
El pueblo de Israel era considerado un cuerpo extraño en el inmenso dominio de Roma y tenia frecuentes reacciones contra ese imperio.
En el año 70 a.C. los judíos nuevamente se rebelaron y se situaron dentro de Jerusalén. Tito, general romano, fue encargado de exterminar el foco de resistencia y retomar Jerusalén.
Los judíos podían rendirse o resistir y luchar. Prefirieron la resistencia y la lucha. Tito sitio a Jerusalén e inicio una de las más sangrientas guerras de la historia.
Los judíos resistieron más allá de sus fuerzas, el hambre, la angustia y la miseria fueron inmensas. Murieron tantos judíos que la ciudad quedo impregnada de mal olor.
Se pisaban cadáveres por las calles. Por fin, Jerusalén fue destruida y los que quedaron del pueblo fueron llevados cautivos y dispersados. La toma de Jerusalén por los romanos estaba profetizada por los israelitas, dicha en los siguientes términos: "pobre Jerusalén será tomada y saqueada por bárbaros, y de la ciudad no quedará piedra sobre piedra". La profecía estaba cumplida.
Esos ejemplos muestran el deseo desesperado del pueblo judío por preservar su libertad, su identidad y su independencia. Pero, una época en que los lideres judíos traicionaron su deseo de libertad e independencia.
Es increíble constatarlo, pero Jesús perturbó tanto a los lideres judíos con su revolución interior y sus pensamientos, que ellos prefirieron a un emperador gentil, en ves del liderazgo de Cristo que tenia raíces judías, aunque afirmase no desear el trono político.
Israel prefirió mantener la relación con el imperio romano y no admitir a Jesús como el Cristo.