Sé que a algunos de mis amigos estudiosos del Medio Oriente y del mundo islámico no les va a gustar esta afirmación
28 septiembre 2012
""
Sé que a algunos de mis amigos estudiosos del Medio Oriente y del mundo islámico no les va a gustar esta afirmación. Sé que a muchos estudiosos del colonialismo, postcolonialismo, multiculturalismo y la reivindicación igualitaria de los valores de las grandes culturas les parecerá incluso injuriosa mi argumentación. Sin embargo, me parece que, en momentos como éste, en situaciones como ésta, es cuando podemos hablar, aunque sea en un aspecto específico, de la superioridad del pensamiento occidental. Y, para decirlo también abiertamente, es aquí donde el pensamiento islámico, sobre todo el más ligado a una lectura fundamentalista, muestra sus grandes carencias.La reacción, incluso airada, de buena parte del mundo islámico, a la difamación de su profeta (ni siquiera su Dios) puede ser comprensible. A nadie le gusta que traten mal a los santos, profetas o ídolos de su preferencia. Pero en algunos lugares del planeta, mal que bien se garantiza algo que se define como "libertad de conciencia", "libertad de pensamiento", "libertad de expresión" y "libertad de prensa". En otros lugares, no sólo dichas libertades no están garantizadas, sino que se castiga si alguien pretende usarlas para decir algo en contra del profeta Mahoma (Mujamad), cuya religión admite que se trata no de Dios, sino de un hombre, con todos los vicios y defectos de cualquier ser humano.
El problema va más allá: no sólo en muchos lugares lo que se considera como blasfemia está penado, sino que algunos líderes religiosos intentan llevar su castigo más allá de los límites nacionales; pretenden por lo tanto que pueden extender sus sanciones más allá de sus fronteras, a cualquier lugar del planeta. De esa manera, el Ayatollah Ruhollah Jomeini decidió, mediante un edicto o fatwa hecha pública el 14 de febrero de 1989, que el libro de Salman Rusdhie constituía una blasfemia y una apostasía, porque Rusdhie se atrevió a decir, a través de su novela, que ya no creía en el Islam. Jomeini acusó a Rushdie del pecado de abandono de la fe islámica que, según los hadiz o tradiciones del profeta, debe castigarse con la muerte. Jomeiní no sólo hizo un llamamiento a la ejecución del escritor, sino también a la de aquellos editores que publicaran el libro conociendo sus contenidos. No contento con ello, en una absoluta violación del derecho internacional y los derechos humanos del escritor, días después Jomeiní ofreció una recompensa de tres millones de dólares estadounidenses por la muerte de Rushdie. Como resultado de los más recientes acontecimientos y supongo que para mitigar el fenómeno inflacionario, la recompensa acaba de ser aumentada en medio millón de dólares. Sir Ahmed Salman Rusdhie, quien fue hecho caballero en 2007 por la Reina de Inglaterra (en un clara toma de posición al respecto), ha tenido que vivir bajo la protección de los servicios secretos británicos, llevando una vida semioculto, dando clases en universidades norteamericanas y escribiendo libros, uno de los cuales acaba de ser publicado (de hecho la semana pasada lo presentó en el famoso show de John Stewart).
En otras palabras, el problema no es que haya reacciones airadas a las creencias de algunas personas. El problema es que algunos musulmanes, basados en versos particulares del Corán o en pasajes de la vida del profeta Mujamad, consideran legítimo el uso de la violencia en contra de aquellos que se atreven a blasfemar contra su profeta o contra su Dios y deciden abandonar su religión, por la razón que sea. No se vale salirse del Islam y mucho menos vituperarlo. Y la condena, como lo muestra la realizada por Jomeini a los editores de libros, va a más allá de los propios musulmanes. Alcanza a cristianos, budistas, agnósticos o simpatizantes de cualquier otra creencia. En ese contexto, la violencia con la que se ha respondido a una película sobre el profeta Mujamad, a partir de la cual se cuentan ya decenas de muertos y heridos, incluyendo un embajador norteamericano, es el resultado del imperio de una visión fundamentalista religiosa, característica de muchos países islámicos.
La enorme diferencia con Occidente no es la ausencia de fundamentalistas religiosos. En nuestros países tenemos muchos y más radicales que muchos musulmanes. La diferencia es que en Occidente, gracias al desarrollo del pensamiento secular y laico, ningún líder religioso tiene la fuerza institucional o social para generar un levantamiento popular. Tampoco puede contar con el apoyo o indiferencia negligente de las autoridades políticas. Ni mucho menos puede pretender el erigirse en un juez capaz de declarar la pena de muerte o cualquier otro castigo a quien se declare abiertamente agnóstico o ateo, o se atreva a blasfemar en público. Parece poco, pero es una enorme diferencia que permite el desarrollo de muchas libertades científicas, literarias, artísticas en general, pero sobre todo existenciales.
Así que hay que decirlo abiertamente: cuando un juez en California se niega a restringir el video en cuestión en youtube o un juez en Francia se niega a restringir la publicación de una caricatura considerada sacrílega por algunos, Occidente está mostrando su real superioridad. Por lo menos en este aspecto.
roberto.blancarte@milenio.com