Somos turistas

29 diciembre 2014

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LORENA AMKIE

Que había bloqueo, que no íbamos a poder pasar. Que pasa muy seguido y se ve ahí a los polis toman­do coca mientras los de las comunidades se agarran a gritos y pancartazos. Luego nos dijeron que había habi­do machetes y un coche en llamas. Este es el México real, DF, Chiapas, da igual. Colombia, Venezuela, tam­bién son el México real. To­dos queremos protestar y no alcanzan las audiencias.
Nos ofrecieron llevar­nos por otro camino, entre poblados, le llamaron, para poder llegar a Palenque; si no, había que volver las tres horas recorridas y llegar por Villahermosa, la "ciu­dad de las dos mentiras", que porque no es ni villa ni hermosa. Serían ocho ho­ras en coche, con la bebé y la embarazada: mala idea. Por 200 pesos nos guiarían hasta rodear el bloqueo en Agua Azul. Pues va.
Seguimos a la pick-up blanca y dejamos atrás la fila estacionada. Prime­ra idea: hacen el bloqueo para ofrecerte esta ruta y sacar 200 por coche. Se­gunda idea: nos llevan tras bambalinas para sacar mu­cho más que 200 pesos. Ni pensar. Eres una estúpida turista miedosa. Adiós pa­vimento; hola terracería inclemente. Ah, la aven­tura. Todo bien. Tenemos agua y luz de día. Hace 50 kilómetros que nadie tie­ne señal; unos caminantes nos dicen que la carretera está a una hora. No dicen a una hora de qué.
Estamos en la sierra. El sendero es tan angosto que las ramas se azotan contra las ventanas. No es terrace­ría; es tierra que podría lle­var a donde sea o detenerse sin explicación y obligarnos a volver en nuestros pasos, al bloqueo, al auto en llamas. Aparece una niña que lleva un bulto. ¿De dónde viene y adónde va? Hay un poblado cerca, con un código postal escrito en una lámina y hay una choza que sugiere votar por el PRI. Alguien pintó la choza y alguien determinó el código postal, ¿pero quién recibe cartas?
Más chozas, tres perras preñadas, polvo y niños que salen al sendero a toda prisa para ver los coches. Un vie­jo nos pide con señas que firmemos un papel antes de abandonar su pueblo: algún famoso o algún político de­bemos traer para ameritar tanta caravana.
No faltaba una hora. Hay más perros, pobres compañeros de miseria, más selva y una choza que dice farmacia. De un jacal sale una niña de 3 ó 4 años, descalza, con un vestido 10 veces heredado. ¿Con quién había discutido? Que decía que todos tenemos las mis­mas oportunidades. Que el mexicano es flojo. La niña corrió a nuestro lado, los pies hundiéndosele en el lodo; floja no era.
Casitas a medio hacer, pollos que ni intentan huir y luego nada. Sí, hay gente que vive aquí, y existen sus ca­sas y sus direcciones, ¿o no? Claro: tienen código postal. Para recibir tarjetas de Na­vidad. O para avisarle a los del poblado de arriba que iban a llegar unas gentes im­portantes en uno o dos años luz, que se prepararan.
Lo hicieron subiéndose a los techos de sus casas: ahí nos esperaban todos, hombres sin camisa, mu­jeres con niños rebozados, perros. ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Para qué? ¿Para quién? Y si pasa co­rriendo un niño, sonriendo, se quiere creer uno que son felices, a su manera, que vi­ven de la tierra y esas cosas. Al fin y al cabo tienen códi­gos postales.
El sol baja y el sendero se angosta más. Hay que bajar de la camioneta para no que­dar atascados en el fango. Hay un cristal roto: ¿nos tiró alguien una piedra o fue la naturaleza? Debe haber si­do una rama, ellos qué van a entender, de qué te van a odiar. Para tirar piedras se necesitan fuerzas.
Miramos pero no fija­mente: no hay que ver a la miseria a los ojos. Ella sí nos mira y se pregunta lo mis­mo al vernos pasar: ¿quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Pa­ra qué? Estamos rodeando el auto en llamas. Queremos salir. Somos turistas.
Saldríamos, pero no to­davía. No hasta estar empa­nizados de polvo, hasta que la idea de racionar la comi­da dejara de ser un chiste. Aquí hay un riachuelo; aquí una vaca. Quizá los turistas sobrevivamos. Llevamos horas internándonos por la selva y no es nuestra sel­va, no son nuestros jagua­res, nuestros tapires. No es nuestro riachuelo.
Tercera idea: desapare­ceremos, sin tener la culpa ni la inocencia. Nos comerá la selva y escupirá nuestros dientes. Y nadie contará nuestra historia que ni es una gran historia. Como tampoco lo es la de la mu­jer que lavaba sus trapos en el charco ni la del niño que agitaba una tortilla en el ai­re, enseñando los dientes. Total: sólo están sobrevi­viendo.